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23 de octubre de 2014

LOS MADRILEÑOS EN EL PUEBLO




LOS MADRILEÑOS VERANEANDO EN EL PUEBLO

Dice una canción popular:

 

Madrizz creía, creía,

 que los de Segovia no éramos así, 

pero cuando vino Madrizz a Segovia 

vaya desengaño que llevó Madrizzz”.

 

Nota del autorSi los rapazuelos castellanoviejos trataban, de la forma que se explica más abajo, a los hijos  visitantes – nacidos en Madrid – y vástagos de los familiares del pueblo que, en su día, emigraron a la capital del ahora Reino, no me extraña que se desengañara Madrid. 

 

    Mediada la década de los años cincuenta y sobre todo en las de los años sesenta y setenta, del ya tan lejano siglo XX, en nuestro pueblo castellanoviejo, como en tantos otros por aquella época, era costumbre, huyendo del mucho laborar y del poco ganar (básicamente para subsistir) en aquellos lares, el que los destripaterrones emigraran (hasta a nuestro amigo Rebocato le llegó, afortunadamente, el turno de emigrar interiormente, primero a estudiar y regreso en vacaciones al pueblo para ayudar a los quehaceres campestres familiares; más tarde currando y siguiendo estudiando) a la capital, es decir a Madrizz, desertando del arado y del azadón, herramientas, entre otras existentes en la casa de nuestro labriego al igual muy poco gratas, aunque bastante tradicionales pero malas socias de labor, con el fin de currar mucho menos y de conseguir bastante más peculio, donde va a parar, que en el pueblo.

 

    Luego, al llegar el verano, los emigrantes interiores volvían unos días de vacaciones al pueblo en agosto. Cuando los hijos, ya nacidos en Madrid, de estos emigrados tenían cumplidos unos añitos y con las vacaciones escolares en marcha, los  padres les llevaban al pueblo y les dejaban con los abuelos para que pasaran el verano y , de paso, que adquirieran color campestre con el aire sano y el sol de justicia que caía durante el estío por la meseta castellana.

    El choque de estos endebles, descoloridos y delicados muchachos de la capital, al entrar en contacto con los chicos autóctonos del pueblo, era brutal. Para empezar carecían de la pillería de los chicos campestres bregados, entre ellos, en las mil y una batallas cotidianas propias de aquellos duros tiempos del ámbito rural. Por otra parte ya era un hándicap el que los capitalinos tuvieran problemas al pronunciar la “LL” (expresaban, por ejemplo en palabras del sector avícola, “poyo” en lugar de pollo, “gayo” en lugar de gallo, etc.) lo cual era objeto de burla y befa por parte de la jarca de desarrapados  pueblerinos. Daba igual el que la mayoría de los niños visitantes fueran familia directa de muchos de la perenne chiquillería aborigen del pueblo; cuando se prestaban, aquellos, a participar en los juegos de la chavalería campesina no había compasión alguna para con los perdedores forasteros. 

 

    Los juegos de entonces de los chicos eran variopintos y bastante bestiales, se ejercitaban prácticamente a pelo, es decir, muchos de ellos sin artilugio alguno del que valerse o en que apoyarse; a enumerar: El escondite (escondítele), tres navíos en el mar, la dola, la mula, las mañas corridas, zapatilla por detrás, la gallina ciega, el burro, cinco dedos, los hincos, las pozas, el peón, las chapas, la hosca, etc., etc. En la mayoría de estas recreaciones al que le tocaba palmar se llevaba una considerable tunda, propinada por el resto de participantes durante el acto del juego, con la que se iba calentito a casa.

 

    Estos chicos foráneos y aún sin malear (la verdad es que no espabilaban mucho ni progresaban adecuadamente de un verano para otro), casi siempre estaban dispuestos a jugar con sus colegas del pueblo a esos juegos ancestrales (dada su dureza y bestialidad debieron de introducirlos los bárbaros del norte) con los que se entretenían a diario en sus ratos de asueto, los cuales no eran muchos sobre todo en verano, ya que al ser un pueblo meramente agrícola todos, desde abuelos hasta los nietos, habían de arrimar el hombro en las tareas de recolección de la cosecha. Sin embargo al caer el sol y volver de las tierras de labor, o de la era, a las respectivas casas del pueblo castellanoviejo siempre se encontraba un rato para jugar, sobre todo después de cenar y antes de acostarse, mientras las personas mayores del vecindario tomaban el fresco y charlaban contemplando las estrellas a las puertas de las casas.

 

    Lo normal, dada la candidez y falta de picardía para esos lances del juego de los muchachos de la capital, tenia como consecuencia que estos casi siempre palmaran y que, al cabo de cierto tiempo del transcurso del juego, se aburrieran y que trataran de escabullirse y abandonar el juego, cosa que no permitía la prole lugareña sin que el causante del desplante recibiera el castigo pertinente que era lo que más entretenía y lo que provocaba más mofa y escarnio, a expensas del perdedor, en la mencionada prole.

 

    Existían unas reglas básicas para los que participaban en los juegos, y la principal, y quizás la más cruel, era que una vez que uno se prestaba al juego, si perdía, no podía irse, así sin más, hasta que todos los jugadores dieran el juego por finalizado. En el caso de que el perdedor quisiera abandonar tenia que pasar por el trance de cumplir el castigo pertinente que se le impusiera, como mandaban los cánones vigentes e imperantes en nuestro pueblo castellanoviejo.

 

     Uno de los castigos a aplicar era “la pajilla” (que no malpiensen los de ciudad desviando la atención hacía el aliviarse en plan onanista, no es el caso), se sujetaba al sujeto perdedor, que ya aburrido de palmar quería evadirse del juego e irse a casa, y se le colocaba una paja seca de cereal sobre la frente y con una piedra pequeña, o bien con un trozo de teja o similar, se procedía a aplicarle pequeños golpecitos en la frente sobre la paja hasta que esta se partía, con lo que se daba el castigo por finalizado y el condenado se iba para la casa de sus abuelos jimplando desconsoladamente, eso sí, oyendo las risas y aguantando el regodeo de los niños lugareños y compañeros de juego.

 

    Otra cosa era la era, ahí ya cambiaba el tema al haber personas mayores colaborando en la faena de la trilla. 

      El montarse y sentarse en el trillo tirado por machos, por bueyes o por burros y dar unas vueltas a la parva era bastante entretenido (a falta de parques temáticos o de atracciones) y hasta flipante, si me apuras, para los chicos de la ciudad e incluso para los del pueblo, si era durante un rato, claro; ahora bien, la cosa cambiaba cuando se revolvía con las horcas la parva –con el fin de facilitar la trilla–, entonces los chicos de Madrid se bajaban raudos y veloces del trillo con el fin de no recibir el tamo que se levantaba al remover la mies y ocupaban su puesto en el trillo alguno de los vástagos (hijo o hija) del labrador dueño de la parva. Los de Madrid huían a buscar cobijo a la sombra de la hacina y a pimplar agua clara del botijo, y a esperar que la polvareda cesara para retornar de nuevo al trillo, caso de apetecerles.

 

     Otra ventaja de ser de Madrid por lo que respectaba a la hora de trillar en la era, era que no te daba tu primogenitor con el mango de la horca en la cabeza aunque los machos siguieran la misma secuencia (mismo carril a la enésima vuelta) alrededor del montón de la mies ya trillada y amontonada de las parvas de días anteriores; es decir a la yunta enganchada al trillo había que dirigirla con los ramales y hacer cambios de sentido, de vez en cuando, para que el trillo no pasara siempre por el mismo sitio lo que conllevaba a que la parva no se trillara uniformemente, entonces, si no cambiabas de carril,  el padre o algún hermano mayor te atizaba un golpe con la horca en toda la mocha para que hicieras un cambio de sincronismo, sin necesidad de pérdidas de tiempo con palabreríos, que como decía el otro: “Son voces hueras y ociosas que retrasan la faena al tener que dedicarles tiempo”.

      Ya un poco más mayorcitos todos (chicos rurales y madrileños) y dejados atrás los cándidos jueguecitos de la niñez, y en el caso de que en las fiestas mayores del pueblo aparecieran o apareciesen algunos adolescentes madrileños y no estando, estos, habituado a la ingestión de cantidades ingentes de alcohol, se les hacía coger en las peñas de las diferentes cuadrillas unas cogorzas de limonada (sangría) bastante considerables, eso sí, al menos se tenía la deferencia de acompañarles hasta las casas de sus abuelos respectivos y dejarles tirados en el portal con sus vomitonas (ventajas de los añorados tiempos aquellos en que, prácticamente, no se cerraban con llave las puertas de las casas en los pueblos) hasta que eran llevados a la cama por sus antiguos.

 

     Otro manera de pasar el tiempo, a modo de juego, consistía en lanzarse desde el buquerón del pajar y caer en el corral sobre los agujos (agujas de los pinos que hacían la función de lecho diurno para los bichos del corral tales como: las gallinas, los pavos, los conejos, etc.) que amortiguaban las caídas y ejercían de pista de aterrizaje de los osados saltadores.

 

    Metidos en esos bretes de saltos sin red se encontraban una bonita tarde de verano asomados al buquerón de uno de los pajares de la casa de nuestro labriego castellanoviejo, Rebocato, sus hermanos anterior y posterior por fecha de nacimiento respecto a aquel, junto a un primo hermano veraneante de Madrid, este con menos intención de saltar que nuestro amigo  Rebocato, que ya era decir. El hermano más mayor allí presente de Rebocato, salto al corral y a continuación lo hicieron sus otros dos hermanos, no obstante el primo vacilaba, es decir, no lo tenia claro, entonces el hermano (que precedía en edad a Rebocato  y que era un zarria y un revoleara) subió de nuevo al pajar le arreó un empujón al primo y este cayó de mala manera al corral, con tan mala suerte (posiblemente a causa de su inexperiencia y falta de arrojo voluntario) que se dislocó un brazo en la caída y comenzó a berrear de forma bastante poco bizarra para su edad  (unos 10 años en canal, los que tenia su primo el que le empujó, los otros dos primos calzaban 2 y 3 años menos, respectivamente) aunque harta fuerte de pulmón.

    Apenas que principió a gritar el damnificado el empujador saltó de nuevo desde el boquerón al corral y abriendo la puerta de entrada de personal, y de animales en fila india, de las puertas carreteras, despareció como alma que lleva el diablo, con su hermano más pequeño detrás, de tal forma que, cuando, ante la escandalera que formó el primo madrileño con sus alaridos, apareció la madre de los tres hermanos a ver lo que acontecía, allí solo quedaba su lastimado sobrino de Madrid y su hijo Rebocato para dar novedades acusando al revolera del empujador del primo a traición. 

    No piense el lector (caso de que haya alguno despistado ahí delante de la pantalla) que Rebocato era acusica de nacimiento, ni mucho menos, su forma de actuar, en estos casos, era a causa de su miedo latente al infierno (arder durante toda la eternidad en el fuego eterno) inculcado por la educación religiosa imperante en aquel tiempo y lugar. Ya se sabe que se puede pecar de pensamiento, palabra, obra u omisión. Por lo tanto, Rebocato pensaba que si no dices lo que has visto estas pecando (mintiendo en este caso) por omisión (por no contar lo que has visto).

 

    Y mira que al primo de Madrid, tanto Rebocato como los hermanos de este presentes en el pajar, le iniciaron en el rito de saltar al vacío tanto en la teoría como en la práctica y que, además, le conminaron a que antes de lanzarse tenia que pronunciar las palabras mágicas que te protegían de posibles lesiones en la caída, que eran:

–“Que me mate, que me muera, que sea lo que Dios quiera”.

 

    Pero ni por esas, el salto obligado del primo madrileño fue un rotundo fracaso.

 

    El primo madrileño no llegó a perniquebrarse las piernas ni partirse la crisma y se le arregló el brazo –sin necesidad de ir al médico local de iguala, ni colapsar urgencias que no existían por allí– gracias a que la abuela materna, del primo dolorido y, a su vez, de Rebocato y de sus hermanos, sabia solucionar disloques y torceduras de extremidades, cualidad que aprendió de su padre (bisabuelo del primo blandengue dislocado y de Rebocato) ya que, este, de forma innata y sin necesidad de tirar de extraterrestres –Rebocato, años después, cuando se enteró de las cualidades de su desconocido bisabuelo, empezó a creer en ellos–, ni de pasar por universidad alguna, ni de disponer de personas que le iniciaran en el arte de arreglar disloques de huesos, tendones y articulaciones, el hombre componía las patas de las caballerías de la comarca, sin ejercer como veterinario ni nada parecido. A veces cuando volvía de darse la huebra diaria de labrar las tierras centeneras o de cavar lo que fuere menester en el campo, al llegar a casa podía encontrarse con algún que otro macho o burro lesionado, con su dueño esperando a la puerta de su casa o dentro del corral, venido de algún pueblo de los alrededores. El bisabuelo de Rebocato actuaba en consecuencia y el ganado y su dueño volvían a su pueblo con el problema resuelto, tan campantes ellos.

 

    El asunto de la minuta (no como abogado pero si como curial –sin pertenecer a la curia–) era la voluntad, normalmente plasmada en forma de especies o como buenamente podían los asistentes a la consulta, con el fin de agradecer los arreglos de sus caballerías.

 

    Todos estos avatares ocasionados por los choques de culturas entre los chicos de la ciudad y los de los pueblos le causaban a nuestro amigo Rebocato una cierta lástima y un inquieto pesar por los padecimientos de los muchachos foráneos. 

 

En fin: “Era lo que había”.

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 Una noche de verano, muchos años después, a unos 3.000 Km. de su pueblo castellanoviejo, Rebocato y acompañantes (su mujer y otra pareja heterosexual) acabaron su consumición se levantaron de la mesa y, al irse, Rebocato le soltó: “Suerte”a un turista inglés, de unos treinta años, que consumía en una mesa adyacente a la de ellos, en la terraza de un bar ubicado en una plaza de Vilna (Vilnius en lituano para los bilingües) y que parecía sufrir, el inglés, un acoso continuado por parte de tres mastodontes lituanos, aparentemente homosexuales de alquiler. El británico le respondió: “Es lo que hay”. Pero esa ya es otra historia que se relatará en otra ocasión si procede.

 

HistoriasdeRebocato@octubre-2014

14 de octubre de 2014

EL SANTO ROSARIO

 

             


                EL ROSARIO Y LA MADRE DE REBOCATO

 

 

     El demonio a la oreja te está diciendo: 

     "No vayas al Rosario sigue durmiendo".

     ¡Viva María! ¡Viva el Rosario!

     Viva Santo Domingo que lo ha fundado.

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     -¡Chica..! ¡chica..!

 

    La llamada resonó en la amplia casa de nuestro labriego castellanoviejo, ya pasado este a mejor vida, años ha, y emanaba de una de las dos alcobas anexas a la sala. Desde esa sala se accedía a aquellas y se preservaba la intimidad de los pernoctantes con unos gruesos cortinones colgados en la entrada de cada una de las alcobas. 

 

  La sala era el lugar donde, antaño, se celebraban los grandes  acontecimientos familiares, tales como: bautizos; comuniones; cumpleaños; amonestaciones de bodas; comidas importantes de familia: tales como las de la matanza del cerdo y las de las fiestas mayores del pueblo; recibir las visitas, sobre todo en verano, de familiares de la capital; celebraciones todas que, dicho sea de paso, no eran muy asaces a lo largo del año a causa de la precaria economía familiar y de la puesta en escena de la consabida austeridad castellanovieja de antaño y tornada ahora, con renovados brios, con la pertinaz crisis económica (antes, pertinaz sequía) que nos atosiga tan galantemente en estos tiempos.

 

     La llamada no tardó en escucharse en la alcoba de al lado, de donde se levantó de la cama una mujer, la cual  accedió a la sala y entró en la alcoba adyacente a la suya.


    -¿Qué quiere? -le preguntó, medio adormilada, a su suegra que era la que emitió la llamada, y que ya había entrado en los noventa (años de edad, no en la década del siglo pasado) y yacía enferma en cama.


     - Dame un rosario.

     - ¿Un rosario, a estas horas de la madrugada? -le inquirió la nuera

     - Sí, un rosario, quiero rezarlo ahora.

     La mujer volvió a la alcoba donde se encontraba su marido, conocido como Rebocato, durmiendo placidamente en el lecho recientemente abandonado por ella, y le masculló:

      -Tu madre quiere un rosario.

  -¿Un rosario? ¿Estás segura? -dijo el hombre de mediana edad revolviéndose entre las mantas.

     -Sí, eso dice -le contestó su contraria contrariada.

 

    El esposo, un tanto indolente debido a la somnolencia, bajó de la cama, salió de su alcoba, se adentró en la sala y entró, apartando los gruesos cortinones, en la alcoba anexa donde se encontraba su madre acostada en el catre (es un decir, en realidad yacía en la clásica cama alta castellanovieja de barrotes metálicos con remates dorados, jergón con muelles  de los de antes y colchón forrado con lona rojiblanca, relleno de lana esquilada a mano procedente de oveja churra, la cual se lavaba y se vareaba –la lana, no a la oveja aunque, esta, también recibía en el rebaño lo suyo cuando se terciaba- cada fin de verano, después de toda la cosecha puesta a buen recaudo en los sobraos, desvanes y pajares, a la vez que se enjalbegaban las paredes interiores de la casa hechas de adobe y enlucidas con cal. También se aprovechaba para orear los armarios y baúles roperos).

 

     -Madre, ¿qué quiere un rosario? -la preguntó.

     -Sí voy a rezarlo -respondió ella.

     -¿Ahora? -la indagó el hijo.

     -Si ahora -contestó la madre.

  -¿Y de donde saco yo un rosario? -la interrogó de nuevo el hijo (acordándose, de paso, de santo Domingo de Guzmán nato de Caleruela -Burgos-, e instituidor del Santo Rosario, por orden de la Virgen María, aparecida, que le enseñó a recitarlo).

      -Por ahí, en el trinchero de la sala, habrá más de veinte -zanjó la madre.

 

    Rebocato, condescendiente y con ademán un tanto cansino, se dirigió al trinchero de la sala y, hurgando en los cajones vio, en uno de estos, un par de cajas conteniendo rosarios. Trincó una de ellas que era de forma redonda y de plástico rígido  transparente, en cuya tapa aparecía, atrapada entre dos plásticos, una estampa de la Virgen de Fátima, y se la llevó a su madre. 

 

     Esta, al recibirlo, le espetó: 

     -¿Y para que quiero yo un rosario ahora? 

    El hijo, armándose de paciencia, la respondió:

    -Mire aquí se lo dejo encima de su mesilla cuando quiera rezarlo estire la mano y lo coge, yo me vuelvo a la cama.

 

     Dicho esto regresó a su tálamo y comentó con su mujer lo acaecido. 


Pie de foto.- Tal que así era el rosario con el que rezó, cientos de veces, Rebocato, tanto en la Iglesia parroquial ante el público cundo era monaguillo, como en su casa, en familia.

   Al rato, poco antes de quedarse dormido o ya, cuasi, de nuevo, en los brazos de Morfeo, a Rebocato le pareció oír un sonido como de la caída de un pequeño objeto al suelo, pero no le dio mayor importancia, quizás estaba soñando.

 

   Un par de horas después, el hombre, sintió la necesidad de miccionar (mear o sacar la chorra al fresco -en el argot de antaño castellanoviejo- en la cuadra, en el corral, o en el campo,) se levantó y, obviando el cuarto de baño, con el fin de rememorar viejos tiempos, se encaminó a las cuadras de la casa ya vacías y, otrora, habitadas por bestias variopintas.

 

    Al salir de su alcoba se asomó a la de su madre y aparentemente, esta, por la respiración fuerte y acompasada que emitia, manifestaba que dormía placidamente. Luego, cruzando la sala, se dirigió a la puerta de salida de aquella, la cual permanecía abierta, y cruzando el umbral, enfiló adentrándose en la penumbra del portal, con el fin de acceder, al fondo y a la izquierda, a las cuadras. 

 

     Una vez en el portal, fue a encender la luz, buscando a tientas la llave (interruptor) que se encontraba un tanto alejada de la puerta de entrada a la sala. De pronto, oyó un chasquido producido al pisar algo con su pie izquierdo. Cual no sería su sorpresa, al encender la luz y contemplar lo que había pisado, allí mismo estaba la Virgen de Fátima. Era la segunda vez, a lo largo de su vida, que se le aparecía la virgen a Rebocato.

 

   Dirigió su mirada hacia el suelo del portal y vio la tapa redonda de la caja del rosario que había facilitado a su madre. La estampa de la Virgen yacía en el suelo entre trozos de plástico arpados por el pisotón. 

 

    ¿Cómo había llegado la tapa hasta el portal? Su madre no podía levantarse sola de la cama (hacia meses que estaba impedida en ella) y la esposa de Rebocato tampoco se había movido de la suya después de la entrega del rosario por parte de su querido esposo. 

 

    Tal vez el beato Santo Domingo nos sacaría de dudas, al menos de los laísmos.

 

PD.Primera aparición mariana: unos años antes, Rebocato, en compañía de unos amigos en tierras mediterráneas orientales de la península, visitó el santuario de la Virgen de la Balma (nombre céltico de cueva). El  pseudo ermitaño que vigilaba el lugar y que regentaba el pseudo-bar, ante el comentario de aquellos de que se les había aparecido una virgen barbuda y pelirroja (en realidad era un amigo barbudo de Rebocato) en uno de los recodos de la cueva y que les conminó voz en grito: “Pecadores arrodillaos y arrepentíos”, comentó: “La Virgen solo se le aparece a los tontos y a los pastores; nunca a boticarios, ni a sacamuelas, ni a notarios. Pero esa ya es otra historia que se relatará en otro momento, si procede.

 

 

           HistoriasdeRebocato@octubre-2014

 

22 de septiembre de 2014

LA TONTUNA DEL G&T

                            

                             LA TONTUNA DEL GIN TONIC


NOTA.-Este escrito nada tiene que ver con Historias de Cronopios y de Famas, aunque vaya usted a saber.

         Relata nuestro amigo Rebocato:
        Muy buenas.
   Pero, ¿estamos tontos o qué?. Siempre lo he dicho, cuando yo era más joven, es decir, cuando iba de marcha por el barrio de Salamanca de Madrizz (Madrit para los bilingües) los viernes y sábados –tarde y noche desde las 17:ooh. hasta las 03:30h.– me tomaba unos 8 o 10 cubatas y los domingos, solo tarde –desde las 17:00h hasta las 22:00h– de discoteca, algunos menos. Entre semana a dieta. 

    En aquellos primeros años de nuestra Transición política las discotecas solían abrir desde las 18:00 hasta 22:00h. y, algunas, más tarde, desde las 00:00h. hasta las 03:30h. Los pub´s cerraban sobre las 02:00h. Después de esta hora el único garito abierto al público, en todo Madrid, era el Drugstore de la calle Fuencarral) y, si ya metido en faena, al quinto o sexto cubata trasegado al coleto (de ron cola, o gin coca, o gin limón), me sentía un tanto quillado de la quijotera, era el momento de endilgarse un gin tonic con el fin de que la tónica me despejara.

Pie de video.- Burning lanza un canto (que no piedra) a la fauna femenina que frecuentaba, con nocturnidad y sin alevosía manifiesta, el Drugstore de Madrid
      ¿Como se servía en los tiempos de mi juventud el gin tonic?. Pues así de simple: vaso de vidrio de tubo largo en el cual se introducían, eso sí con pinzas, dos cubitos de hielo (decir que estando yo de jarana en abril de 2009 en Ámsterdam en un garito de moda de la plaza Rembrandt observé –sin estar aún, yo, muy colocado– como un camarero detrás de la barra pillaba un caldero metálico –tipo de los de sacar, antaño, agua del pozo sácala tú que yo me mojo– lo llenaba de cubitos de hielo y a la vista de todo el público, sin recato alguno –eso lo vemos hacer en España y tienen que cerrar el garito– repartía los cubitos con las manos en los vasos de combinados), de los de entonces (poco mas grandes que un dado del parchís), una rodaja de limón, ginebra (a veces de garrafón que colocaba más, con 20 años tu hígado aguanta todo lo que le eches) sin escatimar –sin el actual cubilete ridículo de capacidad escasa– y tónica Schweppes de tal forma que a duras penas entraba la mitad del contenido de la botella del agua tónica en el vaso de tubo de marras.
      Mano santa, te tomabas el gin tonic y se te iba la modorrera “ipso facto”. Además, en 20 segundos te lo servían; no como ahora que empiezan que si enfrían la copa (más bien copón); que si te la llenan de hielos (grandes como ellos solos)  hasta desbordarla; que si te miden en un dedal el contenido de ginebra –no digo que no sea superbuena pero apenas la catas–; que si bolitas de enebro (cuales cagarrutas de conejo); que si pepino; que si regaliz –cualquier día nos sorprenderán con una pluma de gorrión dentro de la copa, en plan última usanza chit/snob-; que si aromatizantes servidos en frascos tipo spray, cual colonia de alto standing; que si hierbabuena; que si macarrón espiral con el fin de que las burbujas de la tónica no se te descogorcien al caer desde la botellita hasta la copa, etc., etc.
    Gilipolleces a mansalva, y lo más chocante: la gente se lo bebe cual bálsamo de fierabrás o similar.
    Con la cantidad de ginebra que cabe en el austero/rácano cubilete dichoso, veinte G&T (sin ánimo de impresionar) de ese tipo, necesitaría yo, antaño, para ambientarme con vistas al ligoteo.
     Vas hoy en día a un Pub y como entres tú al garito detrás de una panda de 3 o 4 parejas que pidan gin tonic para todos, mejor te vas al bar de al lado porque pasarán 20 minutos y aún estará el grupito gintonero eligiendo la marca de ginebra, el tipo de tónica, los añadidos a la copa, etc. Y se tiran con los gin tonic toda la puta noche, calentando copa y asiento. La mayoría de estos ¿bebedores?, casos que conozco de buena tinta, en su vida se han tomado un cubata y ahora, ya en edad de aguantar –perdón, de disfrutar– nietos, te disertan sobre los diferentes tipos de ginebras, sobre los sabores de las tónicas y de los añadidos variopintos.
      Encontrándome yo, de visita, un fin de semana del mes de octubre de 2013 en Cuenca capital, una tarde, a resguardo  en un Pub de nombre “La Edad de Oro” (muy majo por cierto y que os lo recomiendo)  sito en la Plaza Mayor (otrora de la Picota) donde se encuentra la inacabada catedral y el peculiar (por sus diferentes problemas de obras, ampliaciones y derribos) Ayuntamiento de dicha capital de provincias, me llamó la atención el gran número de botellas de diferentes marcas de ginebra que concurrían por las estanterías del local. Tal era mi curiosidad e inquietud por tamaña concentración de botellas (yo estaba bebiendo un tercio de cerveza mahou cinco estrellas – de paso, decir a los bilingües que no se sienten queridos que, no le hago ascos a la Woll-Damm o a la Estrella Damm–) que no pude por menos que preguntarle al barman: “Perdona, por curiosidad ¿cuantas marcas de ginebra distintas tenéis en las estanterías?”. Ni corto ni perezoso y rezumando satisfacción ante mi pregunta me contesta el preguntado: “Unas 200 marcas diferentes”. Yo, prolongo: “y ¿cuántas marcas de tónicas”. Me responde: “Pues…unas 30”.
    Increíble pero cierto, y nuestro amigo Mariano sin tomar medidas de recortes al respecto (se conformará con los puros que se nos fuma y con los que nos mete, a los de a pie).
   Yo, ya obnubilado ante las respuestas, le conmino: “Por favor, sírveme otra Mahou” (cinco estrellas, la verde es un timo).  Mi hígado es mi mejor amigo y ya a estas edades de decrepitud, con todo lo que filtró en su día, se ha ganado un merecido descanso de bebidas espirituosas, con la cerveza va que chuta y me lo agradece al día siguiente.
    Ese mismo “findé” (cada día estamos mas tontos con la palabrería) estando una noche a buen recaudo en otro Pub de Cuenca pedí una cerveza (ahora mismo no recuerdo la marca) para mi y un cubata de Ballantine’s con Coca-Cola para mi contraria, la cual, al entrar al garito se fue directa al servicio a empolvarse la nariz (en sentido figurado, nada que ver con estupefacientes blancos aspirados), el local estaba bastante despejado de parroquianos y el camarero, ante mi demanda, me sirve el tercio de cerveza y observo la martingala de preparación del cubata: echa un capazo de hielos en la copa, tengo que decirle: “para el carro” con el fin de que el total del contenido de la cubitera no pase a la copa; sirve, a continuación, una cantidad generosa de whisky y al echar la Coca-Cola observo que mete un artilugio en la copa, como un serpentín con embudo, y empieza a escanciar el contenido de la Coca-Cola en la copa a través del cachivache. Yo que veo la maniobra le inquiero: “¿Pero, muchacho, que haces?”
     El muchacho camarero servidor (luego me confiaría –ya roto el hielo para con el trato personal, y cuasi derretido el del cubata, y en el trance de metidos en conversación harta coloquial– que procedía de la zona de los pueblos negros de Guadalajara, él, no el cachivache que seguro que era de los chinos) me responde que escanciaba así la Coca-Cola con el fin de que no se rompieran las burbujas. Yo le manifiesto: “No hombre, no, si mi mujer siempre se ha tomado el cubata caigan como caigan las burbujas, se revienten o no dentro de la copa, anda quita el artilugio antes de que venga ella y nos las tengamos tiesas.”
     En fin, Cuenca, su Ciudad Encantada y sus camareros encantadores, doy fe de ello, en un pasado “findé”.
   Saludos y disfrutad del vídeo ( de lo más "in" y de lo más "cool," más incluso que el Artur, nuestro amigo caudillo con apellido de adverbio insaciable) que me ha enviado hace un rato un amigo mío gallego de Galicia residente en el Levante Español y que no rezuma demasiada morriña de su terruño, cosa rara para ser gallego.


Pie de video.- Visto el video se llega la conclusión de que o bien, están muy cocidos (los entrevistados, no los garbanzos, que pu´que que también) o lo que parece más nomotético: la tontuna no tiene límites.

      Voime ya mismo de carallada y espero no coincidir, a la hora de pedir en la barra, con los gintoneros de “sábado noche ya cobré”. Miedo me da, hoy en día, hasta el salir de copas y no solo por la que me espera a la mañana siguiente si me paso de calibre de jarro.


     HistoriasdeRebocato@septiembre-2014


28 de agosto de 2014

LA CODORNIZ


                                   

                               LA CODORNIZ

        Este escrito nada tiene que ver con la revista más audaz para el lector más inteligente.

         


Pie de foto.- El gran Gila –que sobrevivió, en nuestra última guerra civil, a un fusilamiento de los nazzionales en El Viso de los Pedroches (Córdoba)– "haciendo de las suyas" en La Codorniz.




     Se comentaba en nuestro pueblo castellanoviejo algo que aconteció en el término municipal una tarde de verano, ya muy metidas sus gentes en las faenas de la siega en uno de los tantos veranos de, por aquellos entonces, años 60, en los tiempos en los que, aún, la recolección de la mies se llevaba a cabo de forma meramente artesanal y familiar, salvarguando la tradición ancestral, de por aquellos lares, de siglos atrás como mandaban los cánones. 

       Recordaban las gentes del lugar que, hallándose una tarde un vecino en el rastrojo (sin llegar, aquel, a hijodalgo pero si palmario cristianoviejo, limpio sin tocarle raza mala alguna, ni secta reconvenida por el Santo Oficio), en el receso de la siega, a la sombra del carro y metido en el brete de acabar de merendar junto a toda su prole, la cual, era bastante considerable en número pero sin igualar –donde va a parar– a la de nuestro  ya conocido labriego castellanoviejo –el de los 13–, y que estando, aquel labriego, tratando de comer el pseudo postre, el cual solía consistir en las clásicas sopas en vino y azúcar, compuestas de unos trozos de pan candeal de hogaza sumergidos en vino y azúcar, y todo ello dentro de una fiambrera metálica (el tupperware ya estaba inventado pero, aún, tardaría en llegar a nuestro pueblo castellanoviejo –los adelantos se resistían a visitar aquellos lares de gentes tan bizarras–), tras haber dado buena cuenta del jamón, del pan y del tomate (imitación de la versión, más europeísta, del “pa amb tomaca” del litoral de más arriba del Levante peninsular español), cayó en la cuenta de que tenia escasas posibilidades de catarlas.

       Era la aplicación sobre el terreno de la optimización de recursos, tan en boga hoy en día, sin embargo en nuestro pequeño pueblo castellanoviejo ya estaba, por aquel tiempo y lugar, la cuestión en marcha desde hacía tiempo, pues la fiambrera se utilizaba para meter el chorizo, torreznos y tajadas de la olla y, una vez zampados, en la misma fiambrera se hacían las sopas de pan con vino de la bota y añadiendo azúcar para el remate del buen yantar de los segadores pertinentes.

      Antes de la merienda, esa tarde, los hijos del mentado labriego, estando segando, habían capturado una codorniz y la pusieron a buen recaudo, con el fin de llevársela después a casa, debajo del sombrero del padre –este continuó tirando de hoz con la boina calada en la cabeza- con unos terrones de tierra compacta encima para evitar que se escapara la gallinácea.

      Viendo, el padre, que sus hijos se encontraban dando buena cuenta del contenido de la fiambrera, es decir, de los tacos de pan que trataban, estos, de seguir manteniéndose a flote en el vino, y ante el temor de quedarse sin catar trozo alguno (las sopas se pinchaban con un trozo de paja, agenciada del propio rastrojo del cereal que se estaba segando) ya que con tanto aspirante a pillar cacho, no había forma humana de meter baza, optó por tirar de recurso levantando su sombrero de paja (pajero) del suelo y gritando a su vez: “A por la codorniz”.

      Una vez alzada la improvisada jaula, al vuelo evasivo de la gallinácea respondió toda la recua de los chicos del labrador saliendo disparados en pos de ella, dejando tranquilas las sopas y al padre, este mientras tanto dio buena cuenta del sobrante de la fiambrera.

         De la codorniz nunca más llegó a saberse.


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25 de agosto de 2014

TEREVINTO Y CUTEPLA

         

            TEREVINTO Y CUTEPLA O ¿EL FUTBOL ES CULTURA?

      " N Lazlos, ni Incitatus, ni Othar, ni Genitor, ni Strategos, ni Bucéfalo, ni Siete leguas, ni As de oros, ni Marengo, ni Palomo, ni tan siquiera Babieca. Si acaso Rocinante que solo existió en la cabeza de Cervantes a no ser que, este, plagiara de la vida real. Nada que ver, ninguno de todos ellos, con los sin par Terevinto y Cutepla, y sin rancios abolengos equinos pues no llegaban, ni tan siquiera, a ser caballos. Eran simplemente acémilas, entregadas a sus labores, no a las de casa de las mujeres de entonces, sino a las agrícolas, a saber las de:  arar, arrejacar, acarrear, trillar, etc., en la Meseta castellanovieja".

        Nuestro labriego castellanoviejo encontrábase sentado, junto a parte de la prole de sus hijos residentes en el hogar, en el comedor de su casa alrededor de la alargada mesa de fabricación casera  (a pesar de que ya existía IKEA desde 1958, pero que, como que, a nuestro labriego, no le pedía el cuerpo el uncir a los machos al carro, subirse a este y, aplicando la tralla sobre los lomos de su yunta, cubrir mas de 2.500 Km., ferry incluido, para acercarse hasta la primera tienda de IKEA instalada en la localidad de Älmhult en el sur de Suecia, a feriarse –gastándose tontamente los cuartos– una mesa de "diseño, calidad, bien de precio y funcional") resuelta con madera de pino resinero y con su enorme tablero horizontal de tablas de pino negral y forrado con chapa de cinc y claveteado. Estaba a la espera de que su mujer, y madre de sus vástagos, trajera, de la cocina anexa, el cocido del mediodía.




        Contempló, dispuestos sobre el hule, los esmorroñados platos metálicos, esmaltados en porcelana, esparcidos sobre la mesa, y, a su vez, los cubiertos desgastados (cucharas y tenedores) a resultas del uso y de los sucesivos restregados a los que se les sometía a diario, con arena fina y estropajo de esparto, después de las comidas y cenas, en un balde metálico lleno de agua, calentada esta en calderos sobre la lumbre baja.

         Andaba barruntando, el hombre, en como bautizar al pareo de machos que había adquirido recientemente, aunque no nos consta si la compra se realizó en la feria del pueblo de al lado, o bien, a los ya conocidos tratantes de etnia gitana que periódicamente, a lo largo del año y desde tiempos inmemoriales, se dejaban caer, por nuestro pueblo castellanoviejo, para ejercer los tratos de caballerías con los lugareños que estuvieran interesados en la compra y/o venta de ganado de labor.

    Por aquellos contornos las yuntas de machos iban suplantando, paulatinamente, a las de bueyes (al igual que las grandes y ruidosas ruedas de llantas de los carros eran reemplazadas por las más pequeñas y silenciosas provistas de cubiertas de caucho y cámaras de aire) y aunque los empleados bueyes eran físicamente mucho más fuertes, los machos suplían esa escasez al ser bastante más rápidos y por ello a la hora de trasladarse, para laborar, a las tierras dispersas (pequeñas parcelas de secano -bien propias del labrador o bien, en su mayoría, arrendadas- en las cuales se cultivaba, básicamente, cereales, sembrando a barbecho alternando en dos hojas, año si, año no) del término municipal, se economizaba mucho tiempo en los desplazamientos, ya fueran los machos libres, uncidos al carro o con el arado; además con la particularidad de que podían los individuos encabalgarse a sus lomos para efectuar dichos recorridos, facilidad que no se contemplaba, por razones obvias, en poder aplicarla sobre la grupa de los bueyes. Ya entonces, apenas mediado el siglo XX, el factor tiempo empezaba a tener un cierto peso específico, al menos en aquel pueblo castellanoviejo meramente agrícola y resinero donde acaecían estos aconteceres.

        El hombre, durante la espera del cocido, a resultas de tanta entrega a la cavilación ya le barruntaba la idea por la cabeza: cuchara, tenedor, plato…, cuchara, tenedor, plato…, cuchara, tenedor, plato…

          -Ya lo tengo (comentó a sus hijos), un macho se llamará Cutepla, cuyo nombre lo formarán la primera sílaba de las palabras: cuchara, tenedor y plato… .
           - Cutepla está bien -repitió triunfal.

      Al otro macho se le acabó llamando Terevinto pero, nuestro labriego, que se sepa, nunca comunicó a su prole el origen de dicho sustantivo o bien, si lo declaró, no trascendió su raíz y por lo tanto cayó en el olvido con el suceder de los años.





Pie de foto: Los machos parecen auténticos como los Terevinto y Cutepla, aunque con recargo de atalajes y demasiada miramiento y fijación, de ellos, hacia el realizador de la instantánea. El pseudo labriego daría el pego si no fuera por los tirantes, la barba y la gorra que calza tipo confederado negrero del sur de USA, aunque parece que lleva los gavilanes colgando del brazo derecho para desbrozar el arado caso de pillar cesperones de grama arando. Por otra parte el arado se nos antoja demasiado moderno, no es el clásico romano con el que labraba nuestro labriego castellanoviejo.

      La yunta de machos se hizo muy popular (a pesar de que, aún, no existía el partido de la gaviota azul, aunque el exceso de grajos en el término no barruntaban, ya, compasivos augurios venideros por lo que respectaría a símbolos pajareros de partidos políticos) en nuestro pueblo castellanoviejo, debido a lo poco común de sus nombres, nada que ver con los clásicos y habituales de la comarca que solían ser los de: Tordo, Mohíno, Lucero, Voluntario, Pinto, Moreno, Bragado, etc. Incluso a dos de los hijos del labrador les apodaron, los propios amigos de aquellos, como a los machos, o sea: Terevinto y Cutepla.
En la localidad era costumbre ancestral, a partir del día de San Isidro (patrón de los labradores y de Madrid -festividad del 15 de mayo-), el sacar a las vacas, a los machos y a los burros (a los Equus africanus asinus) del pueblo a la dehesa para que carearan o careasen.

        Con el fin de que las bestias tuvieran más campo de acción a la hora de pastar se les maneaba (a las vacas no), es decir, en lugar de estacarles con soga y estaca, se les colocaba una cuerda o una cadena, aparentes para ese fin, justo por encima de los cascos de las patas delanteras, para que no pudieran correr al cuatropies (galope) y con ello escaparse del recinto de la dehesa, la cual no estaba vallada. Además, para dar más aliciente al asunto, la carretera comarcal cruzaba y partía en dos a la dehesa, y aquella disponía de las clásicas hileras de chopos, dispuestas aparentemente, a ambos lados del asfalto, más que nada por si algún coche se salía del firme el poder retenerlo contra los chopos y evitar así el atropello del indefenso ganado. Era la puesta en acción del ecologismo puro y duro, en defensa de los pobres animalitos, que ya rezumaba adecuadamente en aquellos tiempos y lugares, anteponiéndolo a la propia seguridad de las personas contaminantes y conductoras de los vehículos a motor.

       Por la tarde al ponerse el sol empezaban a pulular por la dehesa los tábanos (para alimentarse, principalmente, en  salva sea la parte, es decir en los bajos de las caballerías donde estas no podían maniobrar con la cola para espantarlos y con ello evitar picaduras y absorbidas de sangre) y las zamarriegas (que no se ofendan las mujeres de Zamarramala, pero resulta que en el municipio castellanoviejo donde estamos ubicando la acción se les define así a los escarabajos peloteros) para hacer sus correspondientes bolas rodantes con los moñigos y boñigas evacuados por los animales que pastaban. Era aquel el momento (en el sobrevenir del ocaso) de reunir a las bestias y de conducirlas a las cuadras respectivas de cada parroquiano y dueño de ellas.

        El Terevinto era un macho muy, pero que muy,  falso, no era mucho de fiar. Si estaba careando y trataba alguien de atraparle, a pesar de estar aquel maneado, cuando "atervaba" (en palabraria de la gacería: "miraba") a un individuo que se le acercaba, agachaba la cabeza, plegaba las orejas para atrás (lo cual, en estos animalitos, significa cabreo y posible avecinamiento de mordisco; orejas hacia adelante demostración de afecto y simpatía) y enfilaba hacia el incauto dando saltos y enseñándole los dientes. Ya podías dedicarle, al animal, todo tipo de garatusas que se te antojaran que todo era en vano. Ante el peligro inminente había que desistir del intento y salir por piernas. Metidos en estos bretes existían otras dos opciones: acercarse al animalito ofreciéndole un trozo de pan (hierba ya había comido bastante, y las zanahorias y los terrones de azúcar brillaban, entonces, por su ausencia, por aquellos lares, y ante tal carencia, caso de poseer alguien esos manjares, un humano daría buena cuenta de ello antes que ofrecérselo al bicho) o llamar a su dueño para que lo asiera, porque la guardia civil no estaba para esos menesteres de detención de bestias. En cambio, si en la Función (Fiesta Mayor de la localidad) se escapaba un toro, la benemérita, no le hacía ascos a la hora de abatirle de un tiro de mosquetón. ¿Aplicación de la tan nuestra, traída y llevada, antaño, ley de fugas? (leer “Luces de Bohemia” de Valle-Inclán).

        Al macho Cutepla una temporada le dio (en la cuadra y de noche) por la tontuna de emprenderla a coces (notábase que no araba en demasía o, en su defecto, que estaba sobrado de energías), con uno de los tramones de adobe que ejercía la función de separación de la cuadra con respecto a la alcoba donde el matrimonio, dueño del animal, ejercía la labor de dejarse caer en los brazos de Morfeo, entre otros menesteres que ahora no vienen a cuento el mentar. El labriego, temiendo que el animal acabara agujereando la pared a golpe de coz, hubo de clavar unas ripias en la pared de la parte de la cuadra, con el fin de que desistiera el mulo en su empeño y les dejara dormir en paz; no obstante fue peor el remedio que la enfermedad debido a la mayor murga causada por el repiqueteo nocturno de los cascos del macho, ahora, contra las tablas. Con el paso del tiempo el Cutepla cesó con el trajín del sacudimiento, de la misma forma que cuando lo comenzó: sin  motivo aparente. Es lo que tiene el ser bestia que no has de dar explicaciones sobre los inicios y finales de tus acciones o antojos.

        Resaltar, por extraño que parezca, que los machos suelen dormir de pie, y que empiezan a levantarse, caso de estar tumbados, por las patas delanteras, en cambio las vacas emprenden el “Alzamiento” (palabra que, precedida de “Glorioso” fue usada como bandera de “nuestros salva patrias”, dejando huella trágica en nuestra, no tan lejana, historia) por las patas traseras. (Rebocato da fe de estos procederes de elevaciones, por presenciarlos, “in situ”, muchas veces. No obstante, los escépticos, que lean, si no han tenido el placer de hacerlo aún,: Las aventuras de Huckleberry Finn” de Mark Twain; donde Huck, una vez que por necesidad, en sus correrías, necesita disfrazarse de niña, responde, a estas dos cuestiones de levantamientos, a una mujer que le somete al tercer grado en un interrogatorio ante las dudas que se le presentan, a esta, de que, Huck, sea una niña de verdad (va disfrazada de una) y no un rapazuelo como era el caso, y en que la escena, finalmente, concluye desfaciéndose el entuerto del sexo).

    El macho Cutepla se dejaba coger en la pradera de manera mucho más fácil que su compañero de yugo (dejemos tranquilas a “las fechas de mi haz”, no despertemos a la bestia) y de cuadra llamado Terevinto, y era mucho más noble que este, dentro de lo que cabe, pues estamos tratando de unos cacho pedazo de acémilas considerables.

     Cuando los inquilinos de la casa tenían la necesidad de miccionar, o de otras causas fisiológicas más intempestivas y no por ello menos naturales y urgentes, iban a las cuadras y al pasar por detrás de los machos, que estaban atados al pesebre, tenían que andar, sobre todo con el Terevinto, ojo avizor por si te soltaban una coz; aunque no nos consta que se produjera esta acción jamás, pero, por si las moscas, más valía prevenir que lamentar.

       Dicen que si recibes una coz de cualquiera de estos bichos no te curas ni ingiriendo el bálsamo de Fierabrás que, según la leyenda épica, era con lo que embalsamaron el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo y lo que sobró del ungüento, aventuraban que, curaba al que lo bebía. Una vez Don Quijote se jactó ante Sancho de que conocía la forma de preparar dicho bálsamo: “Se hierve vino, aceite, romero y sal, y se rezan 80 padrenuestros, 80 avemarías, 80 credos y 80 salves”. (Como para ir con prisas para aliviarte). Don Quijote lo bebió una noche y le produjo sudores y sopor y se levantó, al día siguiente, tan campante. En cambio a Sancho, el ingerirlo, le provocó un efecto laxante y menuda nochecita de visitas a las cuadras tuvo el hombre. Don Quijote lo achacó a que Sancho no era caballero andante, o quizás ¿era por trotar en burro en vez de en caballo? Valga el símil para aplicarlo con lo que actualmente ocurre con los subsaharianos: estos desembarcan en costas mediterráneas europeas en pateras, cayucas u otros medios rudimentarios de navegación en lugar de hacerlo en yate. Es lo que tiene el pertenecer a la plebe, la gente de a pie no escarmienta.

     Aunque no todas las coces son dañinas, por ejemplo: De la coz que propinó el caballo alado Pegaso a una roca brotó una fuente en la que se inspiraron los dioses. Moisés fue un tanto más delicado, a la hora de sacar agua, que el alado, pues golpeó con su báculo pastoril a una roca y el agua brotó milagrosamente, aunque en este caso había truco pues la mano de Dios le echó una mano (valga la redundancia) para que impresionara a la muchedumbre hebrea que ya andaba un tanto soliviantada con lo de la Tierra Prometida que no llegaba. En realidad era un báculo multiusos (lo mismo los suizos se inspiraron en él para asacar la famosa navaja d€ su ejército) ya que lo mismo lo transformaba en sierpe, que convertía el agua en sangre, que separaba las aguas del Mar Rojo y otros efectos de magia nada desdeñables, que ni el Cirque du Soleil (Circo del Sol para los no bilingües), oiga. Moisés podía haber tenido el detalle de haber dado en donación dicho báculo a los judíos negros etíopes, ya que muchos siglos después, cuando una de las clásicas hambrunas en el cuerno de África, el Estado Judío (ya impuesto en Palestina, después de la II Guerra Mundial,  como cabeza de puente por “gringolandia”, para tener acceso a los pozos petrolíferos cercanos, sitos en los países árabes) fletó aviones para rescatar a sus correligionarios. Al subir, los de la hambruna, a las aeronaves no había forma humana de que se desprendieran de sus sucios y malolientes odres de cabra que utilizaban para tener, a mano, el agua de consumo propio. Para ellos eso era la vida, no sabían nada sobre el agua corriente existente en su nuevo destino con solo abrir una simple espita.

     Después de la inevitable publicidad religiosa volvamos de nuevo a las crónicas de los cuadrúpedos de nuestro pueblo castellanoviejo.

     Hubo un tiempo en que algunos mulos del pueblo contrajeron una rara enfermedad, y se manifestaba en que una de sus ancas traseras perdía volumen, es decir, iba menguando poco a poco, y en el caso de nuestro macho Cutepla le afectó al pernil derecho y andaba, el animal, “orejeando cual borrico sardesco” (podéis encontrar esta frase en la novela de nuestra picaresca: “La vida de Estebanillo González”. –de autor anónimo-). Aunque, a duras penas, el macho seguía laborando, anca con anca, con el Terevinto para la tirada del carro y confección de surcos, tirando de arado romano, por los campos de secano de la Meseta.

       Ante la inoperancia, con esta pandemia, del veterinario local, el cual no daba con la terapia adecuada al mal de las caballerías del lugar, nuestro labriego optó por obviar  (que no de seguir pagándole) al albéitar (vasco para más señas) de la iguala, y después de dar dentro de su cabeza más vueltas y revueltas que las que tenía el laberinto de Creta, púsose a tirar de empirismo, es decir, a aplicar fomentos al caso. Por la noche, en un caldero de cinc (no es que por aquellos lares se estuviera en contra del progreso, pero las ensayos con los nuevos calderos de plástico traídos al pueblo –con sus gentes ya un tanto contaminadas e influidas por los adelantos- por el cacharrero ambulante evolucionado, aunque más estéticos y llamativos que los de toda la vida, no dieron el resultado apetecido a resultas de que no soportaban el contacto directo con las llamas y brasas de la lumbre, bien se colocaran, aquellos, sobre las trébedes, bien se colgaran de los ganchos y cadenas fijados al humero) calentaba agua, con los añadidos de sal gorda y vinagre, en la lumbre baja y, cuando estaba bien caliente el líquido elemento, retiraba el caldero, se dirigía a las cuadras y mojaba unos paños en el preparado y los aplicaba directamente sobre la zona afectada del animal.

       Un tiempo después del tratamiento, el Cutepla empezó a recuperar, poco a poco, la masa muscular de su anca derecha trasera, al igual que el resto de los mulos afectados por el mal en nuestro pueblo castellanoviejo. Más o menos se recuperaron todos al unísono: tanto los de los fomentos, como los tratados por el veterinario, como los que no recibieron método terapéutico alguno. Aquello denotaba mal de ojo, no obstante, ante el acontecimiento enfermizo mular, cundió la cordura y no se realizaron, afortunadamente, quema de brujas. No hay tampoco constancia, al menos de forma escrita, de la existencia de brujas declaradas en aquel entonces y lugar, aunque rumores al respecto, sobre “haberlas, haylas” (parafraseando al dicho gallego), en los pueblos siempre los ha habido, meigas reales no se nos antoja posible.

      Dicho sea de paso, la terapia de aplicar fomentos también se empleaba sobre las personas con el fin de tratar de aliviar ciertas enfermedades tales como: dolores musculares, inflamaciones, cólicos, reumatismos, lumbagos, etc.; y solían ser eficaces, más que nada porque cuando eras niño y te lo aplicaban, rápidamente apuntabas que ya estabas curado con el fin de que desistieran en seguir administrándote el tratamiento, pues los fomentos te dejaban la piel, de la zona tratada, en carne viva. A nadie le embelesaba aquella experiencia. Otra de las ventajas era que, en aquellos entonces y gracias a los remedios caseros (o de la abuela que decimos ahora), los Servicios de Urgencias no se colapsaban. Aunque, pensándolo bien, en aquellos vetustos tiempos, los labradores no tenían acceso a la Seguridad Social, la atención médica la ejercía el médico del pueblo, al cual se le retribuía, como al veterinario, mediante iguala. Una simple apendicitis podía ser la ruina económica de cualquier familia, del ámbito rural, que no dispusiera de Seguridad Social y eso que dirigía el timón de la nave patria el Vigía de Occidente, aquel que velaba y decidía, nunca mejor dicho, sobre nuestras vidas y destinos. Recordad la leyenda, urbana o no, de la perenne lucecita nocturna que se vislumbraba en aquella famosa ventana del Palacio de El Pardo. Es lo que tiene el ser Dictador que aunque consumas muchos kilovatios y no pagues el recibo de la luz, nadie se va a atrever a cortarte el fluido ni a exigirte el pago. Actualmente algunos de nuestros Padres de la Patria dejan hacer a las compañías eléctricas porque saben que acabarán colocados en ellas y no haciendo botellón barato, precisamente.
 
        Los machos son animales muy asustadizos y escrupulosos. Cuando salías de casa para ir a las tierras a pasar el día (lo de pasar es un  decir) con el carro y los machos uncidos a él, si transitabas por calles sin asfaltar iban divinamente, siempre y cuando, en ellas, no hubieran objetos extraños, pero si entrabas en una calle adoquinada se asustaban del ruido que provocaban sus propios cascos y herraduras, y tocaba bajarse del carro cogerlos del ramal e ir a su lado para evitar que hicieran patas, es decir: ambos machos formaban una “V” con sus cuerpos, o sea, se ladeaban con el lomo hacia afuera y los cascos de las cuatro patas hacia el interior de la vara central del carro y sujetándose en el yugo, colleras y ventriles avanzaban a duras penas o mejor dicho a centímetro por hora. Aquello era un espectáculo y ya podías matarles a varazos y/o trallazos (en aquellos tiempos eso era muy normal y cotidiano, aún no nos habían traído los chinos las tiendas de “Todo 100”, ni el “tai chi chuan” y por lo tanto, el personal autóctono rural tenía que relajarse de alguna manera) que ellos “impasible el ademán”, tan tercos como una mula. Si en el camino había un charco de agua procedía el bajarse del carro y cogerlos del ramal. Si en el camino había un papel, un trozo de saco, un plástico o algo que enturbiara la senda, procedía el bajarse del carro y cogerles del ramal, y si el plástico o papel salía volando aquello ya era el acabose pues iniciaban una estampida, y si ibas sin carro y a lomos de las bestias fijo que acababas en el suelo, siempre y cuando no fueras capaz de montar tipo John Wayne, Roy Rogers o El Llanero Solitario, entre otros. Eso sí, a la hora de abrevar, tanto en los pilones municipales, como en la pila del corral de la casa en que la hubiera, si había algo flotando sobre la superficie del agua no bebían, o si lo hacían, en caso de sed extrema, primero resoplaban a través de sus ollares con el fin de apartar las brozas.

      A Los machos y a los burros al sacarles de las cuadras  les encanta el soltar coces al aire (conviene no arrimarse mucho a ellos cuando ejercitan  estas maniobras) y el revolcarse sobre la tierra, incluso había revolcaderos varios en nuestro pueblo castellanoviejo.

    Llegado el buen tiempo aparecían esquiladores por el pueblo y  se aprovechaba la ocasión para trasquilar a las caballerías. Se les solía esquilar una vez al año. Para saber la edad de estas bestias (nos referimos a los mulos, no a los pobres esquiladores) se les mira principalmente el dentado, se les observan las piezas que tengan y su tamaño. Se completa el examen con la revisión del belfo y del pelaje.

       Dicen que el macho, mulo o acémila es un animal, cuasi siempre estéril, resultante del cruzamiento entre asno y yegua o entre asna y caballo. La consecuencia resultante del cruce entre estos dos últimos, mire usted por donde, recibe el nombre de burdégano, según la RAE.

     Muchos años después de su adquisición, y una vez que su amo, ya casi setentón, colgó el arado quedando, aquel, sin homenaje ni premio a los servicios prestados, los machos de nuestra historia fueron vendidos, con gran pesar de nuestro labriego, ya que, la venta se llevó a cabo sin su consentimiento. La transacción se realizó con los gitanos ambulantes (posiblemente los mismos que le vendieron los machos, años ha, a nuestro labriego) que periódicamente visitaban nuestro pueblo castellanoviejo para el trato de machos y burros como se ha dicho anteriormente.

       Años después de dicho venta (realizada con nocturnidad y alevosía -es un decir con el fin de evitar enfados y malos quereres, aunque era lo que procedía hacer y en aquel momento-) de la yunta, Rebocato se imaginaba la desolación de nuestro labriego cada vez que entrara en la cuadra y no viera al Terevinto y al Cutepla atados al pesebre, después de más de 25 años de convivencia laboral con ambos. Pensaba en el labriego accediendo a la cuadra, dirigirse instintivamente a la pajera, coger la criba, cargarla de paja de trigo trillada, cribar para que cayera el tamo y repartir su contenido en los pesebres respectivos de las bestias, para después trincar el harnero echar en él unos puñados de cebada y añadirlos sobre la paja, con el fin de que la pareja de acémilas saciara su gana.

      Una vez acaecido el fallecimiento de nuestro labriego, seguía en el olvido el origen del nombre de Terevinto, incluso ni buscando en Internet (ya en plena era cibernética donde tenía computadora –que diría un sudamericano- “toquisquiviviente”) aparecía explicación alguna, pero, hete aquí que, en el año 2011 (casi 20 años después del deceso reseñado) unos días antes del partido de una eliminatoria de futbol entre el Sevilla F.C. y el Real Madrizz, en una entrevista escrita realizada al Presidente del Sevilla don J. Mª del Nido (antes de ser encausado, esperemos que si nos le condenan los jueces nos lo indulte el Gobierno –como se hace con tantos otros poderosos– al pobre hombre), este, espeta que, en la batalla futbolística podría ocurrir lo que en el valle de Terebinto (con B) y que como en el bíblico combate entre David y Goliat, continuaba el susodicho, podría resultar vencedor el que a priori era el más débil, es decir en este caso su equipo. No obstante, en ese duelo futbolístico, ocurrió lo que suele ocurrir casi siempre: Goliat aplastó a David. Don José María, después, no dijo: “Esta boca es mía”, que canta el Sabina.

        Digamos que el macho Terevinto al no disponer de DNI, ni tan siquiera de NIF (ni falta que le hacían los papeles para trabajar), ni estar inscrito en registro oficial alguno, a causa de ello Rebocato siempre pensó que el nombre del macho se escribía con V, por similitud de ese nombre con el de los Reyes Godos, ya católicos, Recesvinto y Chindasvinto. Es posible que el dueño castellanoviejo del macho, por su especial devoción a la doctrina Católica y, a su vez, estar suscrito a cuatro revistas religiosas: “El Mensajero del Corazón de Jesús”, “El Mensajero Seráfico”, “El Promotor” y “De bromas y de veras”, que asacara el nombre del macho de una de una de estas revistas, la cual relatara el enfrentamiento entre David y Goliat  a dirimir en el Valle de Terebinto (con “B”), con el desenlace final que todos conocemos: El ñarra del pastor de David le pega un cantazo en toda la morra al gigante filisteo Goliat y con la espada, de este, le corta la cabeza (optimización de recursos o daños colaterales por portar armas aunque no fueran de destrucción masiva como las que se inventaron, años después, el trío de Las Azores –pedazo de yunta y media, con perdón, de los cuadrúpedos– para defender los intereses de los de siempre, con los “satisfactorios” resultados que todos conocemos para los de a pie de toda la vida).

     “Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen”. Como dijo un dirigente político (izquierdista de los de antes) al comunicarle (con cámaras de televisión por delante al estar, él, dando una conferencia) la noticia de la muerte de su hijo acontecida en la guerra que montó en Irak el trío de la foto de las Azores, que, lamentablemente, llego a superar en fama a nuestro trío “La, la, la” de Eurovisión-68 donde la Massiel  (La tanqueta de Leganitos) venció en tierras de la Pérfida Albión. No se conocía un logro similar, por estas latitudes, desde el gol de Zarra ante Inglaterra (Mundial de futbol de 1950), si acaso el de Marcelino a la Rusia comunista (Eurocopa de 1964).

      Leído esto (los que hayan resistido hasta aquí) llegamos a la conclusión –a pesar de los pesares de ciertos recalcitrantes anti futboleros que, jamás de los jamases, se apearán del macho– de que el futbol es cultura.

      Dicen que el Terevinto y el Cutepla acabaron convertidos en salchichón, porque ya no estaban para trotes, ni para espantamíentos camínales y menos aún para desempeñar funciones de tirar del carro o del arado, ni para que se montaran a su grupa, a pelo, clavándose su raspa, en salva sea la parte, el montador ocasional. Pero también se comenta que cumplieron con creces la labor que se les confió, aunque a veces hubiera que motivarlos a base de varazos y/o trallazos varios. Dicen que en la variedad, valga la animalada, está el gusto.

    En fin son cosas que no se comprenden si no se han vivido “in situ” aquellos ¿maravillosos? años, cuando se vivía tan divinamente, según algunos nostálgicos olvidadizos, siempre y cuando en las casas de los de a pie existían, apenas, más que cuatro sillas, alguna banqueta, una mesa y unos pocos camastros; ropajes de domingo y de diario; “ni más ni menos” (como entonaron años después Los Chichos), ni menos ni más; y no hablemos de las magníficas infraestructuras existentes a lo largo y ancho del suelo patrio (perdón, nos olvidábamos de la pertinaz sequía que nos asolaba y de su antídoto, no del todo aliviador: “Queda inaugurado este pantano”).

       Dicen que en el inicio de los 70 llegó el progreso a este país, es decir, las familias de a pie empezaron a comprar, en cómodos plazos, la lavadora y el televisor, este con acceso a cadena y media: la Primera y el UHF. Todos las noches sobre las 00:00h. aparecía en pantalla, en blanco y negro, la bandera nacional ondeando al viento, con el himno, también nacional, sonando de fondo y era la hora de acostarse todo el mundo, los niños mucho antes si el programa, la película o el “Estudio 1” eran calificados con uno o dos rombos. Ante todo moralidad oficial dirigida, ya que el pecado de la carne (según la Biblia uno de los tres enemigos del hombre) acechaba constantemente.

       Para sentimentalismos y pamplinas estábamos para con los animalitos antaño, siempre y cuando, en aquellos tiempos, una persona era peor tratada, incluso por sus ancestros, que cualquier perro comunitario de hoy en día. Había otras prioridades. Éramos tan felices cantando aquella canción (con frases como “Volverá a reír la primavera”) que todos nos aprendimos de memoria para entonarla los días de “efemérides”, recordando las “grandes gestas imperiales” y que tantos años permaneció como "number one" en la lista del hit parade nacional, incluidas Euskadi y Catalunya, en donde, dicho sea de paso, no le hacían muchos ascos a las visitas del Caudillo. Bien que les fue a sus burguesías durante esos casi cuarenta años de vellón de “pazyciencia”, al igual que a las del resto del país, luego, aquellas, tan progres en los estertores de la dictadura.

    "Ni Mahoma, ni Calígula, ni Atila, ni Julio Cesar, ni Aníbal, ni Alejandro Magno, ni Pancho Villa, ni Zapata, ni Napoleón, ni Simón Bolívar, ni tan siquiera El Cid. Si acaso don Quijote que solo existió en la cabeza de Cervantes a no ser que, este, plagiara de la vida real. Nada que ver, ninguno de todos ellos con nuestro sin par labriego castellanoviejo, y sin rancios abolengos pues no llegó nunca a pasar a la Historia. En su haber los dos premios de natalidad de su provincia. Tuvo una animalada de hijos y se dedicó toda su vida a la labranza y de niño al pastoreo, a ratos. Eso sí, fue a la escuela pública hasta los 12 años y fue siempre un lector empedernido de todo lo que caía en sus manos, a pesar de que por aquellos años no era demasiado fácil el acceder a material de lectura. Para vivir nunca necesitó mucho, simplemente aplicó la austeridad castellanovieja, es lo que había"


         HistoriasdeRebocato@febrero-14