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14 de agosto de 2017

REBOCATO EN EL PAIS DE LOS SOVIETS (1ª Parte)



       REBOCATO EN EL PAIS DE LOS SOVIETS (1ª Parte)

      ARRIBADA:

     T ratando de emular a Tintin –en el titulo de su primer álbum (editado en 1930) de Las aventuras de Tintin, escrito e ilustrado por el belga Hergé, y que le fue encargado, al historietista, por su abate jefe con el fin de posteriormente utilizarlo como propaganda antimarxista dirigido a los mas pequeños de cada casa– nuestro amigo Rebocato, al igual que Tintin, decidió aventurarse en las Rusias del ahora zar Putin.

    Al aeropuerto de El Prats de Barcelona se dirigen en bus nuestro amigo Rebocato y acompañantes turistas desde la ciudad del Levante español, donde moran, para subir al avión con el que cruzarán toda Europa hasta llegar a Moscú.

     En el aeropuerto catalán andan estos días con una huelga de celo de los empleados de la empresa de seguridad que se dedica a controlar el acceso de los viajeros a la zona de embarque. Parece ser que el Gobierno de la Generalitat y muchos independentistas ven en dicha huelga algo así como el enésimo ataque a Cataluña, por parte del Gobierno Central, ya que una alto cargo de la empresa de seguridad es hermana del Presidente de la Junta de Galicia y puede estar azuzando a los empleados a la huelga salvaje. Al final la Guardia Civil (“cuerpo represor” obedeciendo al “opresor” Gobierno Central actualmente en manos de Mariano) se dispone a tomar el control del aeropuerto catalán. En fin, conspiraciones judeomasónicas del “Estado autoritario y opresor” que es España, versus Pep (José en casa, según su padre) Guardiola (futurible y posible superguay Ministro de Cultura y Deportes de la venidera República Catalana) lector de comunicados denunciando al mundo los atropellos del Gobierno Central contra el pobre, vilipendiado y desvalido pueblo catalán.

     Una vez embarcados, el avión despega sin novedad hasta que 3 horas y media mas tarde el comandante de vuelo dice que en 20 minutos aterrizarán en el aeropuerto internacional de Moscú -Sheremétievo. Los 20 minutos se convierten en 50 de marras sobrevolando la ciudad. Por fin el avión comienza a descender, con el pasaje un tanto mosca por la tardanza, y de pronto la nave inicia unas subidas y bajadas bruscas, amenizadas con el peculiar griterío de la gente que piensa que en vez de aterrizar se van a estrellizar todos juntos, tripulación y pasaje. Afortunadamente el avión se estabiliza (Rebocato piensa que han estado todo ese tiempo dando vueltas a lo tonto sobre el cielo de Moscú con el fin de que la torre de control les diera pista para aterrizar, y que la maniobra violenta –­la cual ha provocado el acojone general– habrá sido porque el comandante ha dejado los mandos al copiloto becario) y aterrizan sin más novedad, ante el aplauso nervioso de parte del pasaje. Ya lo dice el dicho: “La tontuna humana no tiene límite”

    Va saliendo la gente del interior del avión, Rebocato observa que en la puerta de salida no están formados y sonrientes, como suele acontecer, el personal auxiliar de vuelo; al contrario, andan cerca de la cabina disimulando como que hacen algo. La contraria de Rebocato, al salir, le espeta a un auxiliar de vuelo:

    “Por favor dígale al comandante de vuelo que mal, muy mal”.

    El muchacho no sabe donde meterse.


EL CONTROL:

   Ya son las 00:30h. (hora local) y Rebocato y acompañantes, acompañados por la guía, se dirigen a las ventanillas de control de pasaportes. En la zona reina el caos, hay un rebaño de personas variopintas esperando turno para las ventanillas, por lo que la guía preguntando a un policía dirige a la tropa a otra sala de control, Les toca esperar una hora y media hasta que todo el grupo pasa los controles de identificación. A Rebocato le cierran hasta tres ventanillas cuando le iba a tocar turno (palabrita del niño Jesús) de tal forma que su mujer ha pasado el control hace rato y él continua probando suerte y poniéndose en cola de nuevo y barrunta que está gafado. 

     Hay por allí un personaje el cual a un niño díscolo le coge de la oreja y casi le levanta en vilo tirando de ella, Rebocato al contemplar la escena se traslada 50 años atrás cuando eso era cotidiano en nuestro pueblo castellanoviejo. Mas tarde, verá a una madre, con tres hijos pequeños que no paraban de enredar a su alrededor, sacudir –sin recato alguno­– una colleja monumental a uno de ellos. Mano santa en ambos casos, efectividad plena con la aplicación de la psicología infantil.

    Una vez pasados los controles, recogen el equipaje facturado y sale todo el grupo y la guía del aeropuerto en busca del bus que les trasladará hasta el hotel ubicado en el centro de la capital moscovita donde, por cierto, no se vislumbran moscas.


LA PERTINAZ PUERTA:

   Ya en el hotel, son las 03:30h cuando reparten habitaciones al grupo y las castigadas gentes suben, tarjeta/llave en mano, a las habitaciones asignadas.

  Rebocato y señora llegan a su habitación y aquel introduce la tarjeta/llave en la ranura aparente de la puerta de la habitación, saca la tarjeta, se enciende el led verde, se oye el ruido característico de cerradura abierta y con su mano derecha bascula el picaporte de la puerta y…..¡sorpresa! la puerta no se abre. Repite la operación de nuevo y el led piloto se queda en rojo y la puerta no se abre. Prueba con la otra tarjeta y todo va perfecto hasta que acciona el picaporte y la puerta permanece impasiblemente cerrada. Lo intenta de nuevo y led rojo.

  Le dice a su santa que espere allí con las maletas y él baja a recepción donde se encuentran las dos guías (la nacional de aquí y la rusa de por allí) departiendo animosamente con los dos muchachos de recepción. Rebocato expone su problema en castellano (no lo intenta en ruso porque lo desconoce y escribir en cirílico le cuesta) y acto seguido le vuelven a activar las dos tarjetas/llaves y enfila hacia los ascensores deseando pillar la piltra de una maldita vez.

   Llega a la puerta de la habitación prueba con una tarjeta y la puerta sigue sin abrirse, prueba con la otra y lo mismo. Ya un tanto soliviantado vuelve a bajar desde el piso 12 a la planta 1 (En Rusia la planta baja no existe) cruzando los dedos para que, ya puestos, no se quede encerrado en el ascensor. En recepción vuelve a decir que no se abre la puerta y que si se va a pasar, lo que queda de noche, viajando en ascensor.

   Uno de los tovarich descuelga el teléfono y habla con alguien, el otro vuelve a activar las tarjetas a Rebocato.

   Al rato aparece un muchacho de unos 25 años que Rebocato interpreta que es el botones Sacarino. Aunque físicamente nada se asemeja a este ya que mide casi dos metro, tiene un pelo negro espelujado, chaqueta mal abotonada, corbata torcida y cara de recién despertado por teléfono y, por lo tanto, de pocos amigos.

   Le dan al desastrado una tarjeta/llave maestra y se dirige con nuestro amigo al ascensor. Ya delante de la puerta recalcitrante Sacarino le hace gestos a Rebocato para que haga la maniobra de apertura, nuestro amigo mete una de las tarjetas en la ranura, la saca, se enciende el led verde y se oye el sonido de la cerradura. El botones con cara de triunfo intenta abrir la puerta y se queda con un palmo de narices, la puerta no cede. Prueba con su tarjeta maestra y ocurre lo mismo. Se la tiene que enfundar, coge una maleta, Rebocato la otra y se bajan los tres a recepción. Maldito viaje, rumia para sus adentros nuestro sufrido y ya casi irascible amigo.

   En recepción buscan por el ordenador habitaciones libres y asignan a nuestra pareja amiga una habitación en la planta 13 (menos mal que Rebocato no es supersticioso). Suben con Sacarino y esta vez la puerta de la habitación se abre.



                 Pie de foto.- Hall y aparatos elevadores del hotel de Moscú donde Rebocato se pasó una bonita madrugada viajando en ellos arriba y abajo.


   Rebocato reza con el fin de que, para rematar la noche, no se prenda fuego el hotel.

   Son las 04:00h y casi empieza a amanecer.

PD.- Días después las fuerzas de ocupación de la Guardia Civil toman El Prats y, ni el Govern de Catalunya (en occitano: Govèrn de Catalonha) ni los independentistas, se quejan al respecto. Barruntamos que los de la CUP andarán de vacaciones y por principios no volarán desde El Prats, campando allí, a sus anchas, la Benemérita.

          HistoriasdeRebocat.o@agosto-2017






29 de julio de 2017

LA EXTREMAUNCIÓN Y EL VIATICO


            
           
             LA EXTREMAUNCIÓN Y EL VIATICO


             Queridos todos: 

Nueva entrada en el blog de nuestro amigo Rebocato, en la que nos habla de nuevo de sus experiencias cuando laboraba de monaguillo y acudía a dar la Extremaunción y el Viático a los enfermos terminales de nuestro pueblo castellanoviejo. La verdad que para ser unos niños no era muy agradable el acompañar y asistir al cura para dar esos sacramentos por mucho que se ayudara a la salvación eterna del alma del candidato a pasar a mejor vida, pero en fin, peor era lo de los entierros.

Salud y tratad de sobrevivir al tórrido verano.



     Cuando profesaba Rebocato de monaguillo (ver los peñazos de entradas de este blog, que llevan por titulo: “Rebocato monaguillo 1” y “Rebocato monaguillo 2”) una de las funciones a ejercer como tal, era el de acompañar –junto a otro acólito– al señor Cura hasta la casa del vecino moribundo (hombre o mujer), para darle la Extremaunción (posteriormente definida como Unción de los enfermos) y, ya, de paso, el Viático. Decir al respecto (para los neófitos y los cómodos y desviados practicantes católicos aspirantes a arder eternamente en las calderas de Pedro Botero) que, el Concilio Vaticano II acordó que la Unción de los enfermos debía ser administrada después de la confesión del afectado (al sentir de Rebocato, para confesiones estaban ellos, según observaba, él, en aquellas oscuras y austeras alcobas, de nuestro pueblo castellanoviejo  con moscas veraniegas pululando por doquier, donde los agonizantes trataban de pasar a mejor vida conducidos en su ultimo viaje por la vieja dama, la de guadaña en mano).

     La Unción de los enfermos, no es cosa baladí, es un Sacramento de personas vivas y no debe administrarse a semimuertos, con el fin –como se decía antaño después de la Reforma protestante y de la Contrarreforma católica– de que no pudiera decir Lutero –el de las 95 tesis (que dicho sea de paso, ya podía haberse esforzado un poquito mas, el Lutero. y redondear a 100 las tesis de marras) que promulgó hace 500 años y que aparte del Cisma de la Iglesia Romana trajo como consecuencia los casi 200 años de guerras en Europa entre cristianos católicos y los nuevos protestantes– que los católicos engrasábamos a nuestros cuasi ya cadáveres con tanta unción de oleos. 

      Cuando se activaba el protocolo local para administrar los sacramentos de marras, el Cura y los dos monaguillos iban a la iglesia. Una vez dentro, ya en la en la sacristía, el párroco se ponía encima de la sotana el sobrepelliz, se apropiaba de una estola morada y un pequeño maletín con todos los bártulos colocados en su interior de forma aparente para celebrar la ceremonia.




       PIE DE FOTO.- Maletín con los cachivaches para administrar la Extremaunción y el Viático a los enfermos que se encontraban más lejos de aquí que de allá.


    Uno de los monaguillos llevaba la esquila (la que se tocaba en misa durante la Consagración), y el otro el maletín y la gaveta con agua bendita y el hisopo sumergido en ella.

     Salían de la iglesia y, los tres en perfecta formación, se encaminaban hasta la casa del moribundo. El cura llevaba cubierto, y sujeto con ambas manos, un pequeño copón con las hostias santas y benditas ya que, de paso que administraba la eucaristía al enfermo, también, se la daba a algún familiar del enfermo, que estuviera allí presente y que lo solicitara, siempre y cuando se encontrara en gracia de Dios, porque no era plan de que el Cura perdiera allí tiempo confesando a pecadores, en esos momentos, aparte de que, el otro monaguillo y Rebocato –caso de coincidir la ceremonia con el horario escolar– no estaban para perder muchas horas lectivas).

     Durante el trayecto el monaguillo que llevaba la esquila, si veía acercarse a algún que otro parroquiano, la hacia sonar y los hombres se arrodillaban a su paso y se santiguaban. Caso de que los que se cruzaran en el camino de la pequeña comitiva fueran mujeres, estas se santiguaban y ponían cara de fervor espiritual, pero no se solían arrodillar (Rebocato pensaba que sería para no romperse las medias a la altura de las rodillas o para no mancharse los manteos. Que decir si en la calle hubiera nieve o charcos de agua o boñigas de vaca).



      PIE DE FOTO.- Camino a casa del enfermo para suministrarle los sacramentos. Rebocato no aparece en el encuadre porque está con su móvil (Iphone rústico, última generación de entonces) plasmando la instantánea para la posteridad. De ahí el dicho de: "No se puede estar en misa y repicando", y aunque nuestro amigo sabia repicar a clamor, lo de replicar, en aquel tiempo y lugar, se nos antoja que conllevaba daños colaterales en forma de mamporros varios.

      Una vez en la puerta de la casa del enfermo el sacerdote clamaba, voz en grito: 

           “La paz sea en esta casa”. 

   Y los monaguillos al unísono: 

          “Y a todos que habitan en ella”. 

    El cura dejaba los bártulos sobre una mesa que encontrara aparente para ello, se colocaba la estola, le arrimaba una cruz al enfermo para que la besara y a continuación trincaba el hisopo y rociaba con agua bendita la alcoba y alrededores mientras musitaba:

        “Asperges me Domine hyssopo, et mundabor
         lavabis me et super nivem dealbabor….. Etc, etc.”

     Que para los no bilingües (gracias Wikipedia) significa en cristiano (no nos referimos al Ronaldo –el de los líos actuales con la Hacienda Pública, que posiblemente alcance, superando al Messi, el balón de oro del fraude fiscal futbolero en Spain, menos mal que el Madrid, no ha sacado la tonta campaña que lanzó el Barça para apoyar a su crack de Rosario con lo de "todos somos Messi", que rezaría, en el caso del Madrid: "Todos somos Ronaldo") lo siguiente:

          “Rocíame señor con el hisopo y quedaré limpio
           lávame y quedaré más blanco que la nieve…Etc, etc….”

    Después continuaba con una oración en latín, mojaba su dedo pulgar derecho en el Santo Óleo y ungía al enfermo haciendo cruces de forma sucesiva en: los ojos, las orejas, la nariz, la boca, las manos y los pies. A la vez que rezaba:  

     "Por esta Santa Unción y su benigna misericordia, te perdone Dios de todo lo que has pecado con: la vista, el oído, el olfato, el gusto y la palabra, el tacto y el andar".

      Los monaguillos, atentos al guión, respondían: 

       “Amén”.

   A continuación todos los presentes, en la sala y alcoba rezaban, el Padrenuestro. El Cura entonaba oraciones varias y, para finalizar, le daba al enfermo la comunión y a besar la estola diciendo: 

       “El céntuplo recibas y alcances la vida eterna”.

    El otro monaguillo y Rebocato contestaban:

       ”Amén”.

    Y el Cura remataba:

      “ Kyrie eleison, Christe eleison, Kyrie eleison”.

     El párroco presentaba, de nuevo, la cruz al enfermo ungido en su hocico y le bendecía con la mano derecha (aunque el cura, que no era el caso, fuera zocato, que no de izquierdas) diciendo: 

    “La bendición del Señor omnipotente, Padre, Hijo y Espirito Santo descienda sobre ti y permanezca siempre".

      Y los monaguillos: 

        “Amén”.

      La ceremonia se daba por finiquitada quedando el enfermo en gracia de Dios y un tanto aliviado (barruntamos) cuando se largaba la comitiva.

    Por lo que recuerda Rebocato –cuando él era monaguillo en nuestro pueblo castellanoviejo– solo una persona –después de recibir la Extremaunción y el Viatico– burló a la muerte durante al menos treinta años más (ya sabemos que todo es cuestión de tiempo ya que, cuando uno nace, nace un nuevo muerto y que todo el mundo sabe que se va a morir algún día, pero casi nadie se lo cree) Normalmente, una vez administrados ambos sacramentos (unción  con óleo sagrado y Eucaristía) al moribundo, este, no tardaba mucho en que le colocaran el traje de madera respectivo y, posteriormente, recibir cristiana sepultura.

     La mencionada persona, era una mujer ya entrada en los 50 (en edad), con 8 hijos paridos, y marido –con boina de serie incluida–, de los de antaño– Rebocato vio como el párroco le administraba (a la mujer, no al de la boina despojado de ella para la ocasión) los sacramentos y, una vez acabada la pequeña ceremonia, se largaron con viento fresco: él, el cura y el otro monaguillo a llevar los avíos a la iglesia. La mujer ungida en vez de palmarla y aprovechar la coyuntura para subir al cielo sin mayor esfuerzo al estar ya en gracia de Dios, se aferró a la vida y aún dio la tabarra por nuestro pueblo castellanoviejo, con ligeras recaídas, durante 30 años mas. En fin, una pena porque el trabajo de ese día del cura, y de ambos monaguillos, fue en vano, es decir, se atarearon a lo tonto para nada.

   En aquellos tiempos los comulgantes no podían tocar las hostias consagradas (era pecado mortal), ni roncharlas cuando el párroco te la introducía en la boca durante el sacramento de la eucaristía. El cura de nuestro pueblo castellanoviejo recomendaba, en las platicas formativas dentro de la iglesia a los aspirantes a recibir la primera hostia en el día señalado de tomar la Primera Comunión, que momentos antes de recibir el Cuerpo de Cristo, dieran una buena capa de saliva con la lengua en el paladar e la boca, con el fin de lubricarlo y evitar así que la Sagrada Forma se te pegara en él, porque caso de que eso ocurriera no había cristo que la despegara en un tiempo considerable y lo mismo la tenias como una lapa hasta la hora del cocido, y claro, uno no podía ayudarse con el dedo, era pecado mortal el tocarla. Estando un día de Viático, Rebocato pensaba en ello, y sufría al barruntar que, como el pobre enfermo se encontraba en fase terminal, de que manera se las apañaría para humedecerse el paladar y lograr tragarse la Sagrada Forma sin masticarla, sin que se le adhiriese en el cielo de la boca y con el riesgo añadido, posiblemente, de que algún enfermo pasara, antes de hora, a mejor vida por atragantamiento de pan ácimo consagrado.

     Muchos años después, a finales de octubre de 1975, encontrábase Rebocato viendo en un cine de la posterior Capital del Reino (no recordamos en compañía de quien o quienes, pero puede que hubiera algún demonio en forma de persona dentro de la sala pues por aquellas fechas le ocurrían a nuestro amigo y al país cosas muy raras) la película de El Exorcista, que como recordarán nuestros lectores trata sobre la posesión por el diablo de una niña de 12 años y los exorcismos a la que le someten para expulsar al maligno de su cuerpo. Pues bien, cuando llegó el momento de los exorcismos Rebocato se removió en su butaca debido a que, con tanto rezo, agua bendita hisopada, oraciones exorcistas en latín –dicen que al diablo no le gusta ese idioma, pero, Jesús parece ser que hablaba en Arameo y en Koiné, y Rebocato ignoraba si esas oraciones de la película eran de: San Miguel arcángel, San Benito, Santiago Apóstol, Santa Teresa de Jesús, San Jerónimo o san Padre Pío– le vino a parecer que, en lugar de en una sala de cine, estaba ubicado en nuestro pueblo castellanoviejo en una alcoba –donde yacía un guiñapo de persona– ayudando al cura párroco a administrar la Extremaunción y el Viático al moribundo.

PD.- Dicen que no hay exorcismo mas difícil que aquel que se hace a un poseído por un demonio mudo.


              HistoriasdeRebocato@julio-2017

29 de junio de 2017

LA COCIDA DEL PAN




                   LA COCIDA DEL PAN



         Hola, a todos todas:

       Hay una nueva entrada en el blog de Rebocato. En esta ocasión se habla de la cocida del pan en la casa de nuestro labriego castellanoviejo, cuando las gentes que moraban por allí, en aquellos bonitos tiempos de penuria (sin la necesidad de recargar tantos tontos aparatos electrónicos todas las noches ya que, con echar de comer al ganado y a los bichos de las cuadras y corrales antes de acostarse, ya iba uno cumplido) eran cuasi autosuficientes.

    Posiblemente, la poca sustancia del escrito sea a causa de los daños colaterales de estos días tórridos que nos están machacando la sesera (esto si que está siendo una cocida de las que dejan huella) y que, en el caso de Rebocato, tiene como consecuencia el atrofiamiento de las ya de por si cortas entendederas de las que dispone actualmente. Es lo que hay.

        
        INTRODUCCIÓN

    En la casa de nuestro labriego, como en tantas otras del pueblo castellanoviejo donde vio por primera vez la luz del sol nuestro amigo Rebocato, se elaboraba  y se cocía, periódicamente, el pan para consumo propio de toda la prole de la casa. Todo ello a pesar de que en la localidad existiera panadería dispensadora de pan cara al público, el dueño de la cual suministraba el pan que demandara cada cliente, y la contabilidad de las hogazas se realizaba previa presentación de la tarja respectiva de cada vecino con la que acudían a comprar el pan de forma fiada.



         LA TARJA

      En nuestro pueblo castellanoviejo "La tarja" era, físicamente, un prisma triangular (como una especie de toblerone, pero de madera en lugar de chocolate) y de unos 30 cm. de largo, en la cual el panadero hacía, con un cuchillo, una muesca (diente) por cada hogaza que despachaba al cliente, hasta completar las tres aristas de la tarja con los sucesivos dientes de sierra.

       El labrador, después de recogida la cosecha, al final del verano, ajustaba cuentas con el panadero y en función del número de dientes que figuraran en la tarja respectiva, pagaba al panadero bien en metálico, bien en especies en forma de trigo o con harina.

     Solo existía una tarja custodiada por cada comprador respectivo de hogazas, y este era el más interesado en que no aparecieran dientes adicionales marcados en ella. Ningún diente de la tarja se caía, con lo cual mal negocio para el ratoncito Pérez que, dicho sea de paso, Rebocato perdió todos sus dientes de leche y el ratoncito de marras brillaba por su ausencia en nuestro pueblo castellanoviejo, por allí no aparecía ni sabían de su existencia. Las tontunas, al igual que los adelantos, estaban por llegar.


      Resumiendo, en aquellos tiempos de niñez (en que no había tiempo para ejercer la ñoñez) de Rebocato, la tarja era la manera de realizar en nuestro pueblo castellanoviejo (con sus gentes plenamente integradas –y sin ningún miembro de la unidad familiar en paro, léase: niños, mozos, padres o abuelos– en aquella sociedad agraria preindustrial) las transacciones comerciales cotidianas sin necesidad de usar el vil metal, al menos en la panadería de por aquellos lares.

     Años después, cuando empezaron a llegar algunos adelantos a nuestro pueblo castellanoviejo, la cuenta de las hogazas que se despachaban se transformó en anotaciones a bolígrafo en unas cartulinas de imprenta, en las cuales, aparecían reflejados los 12 meses del año y los días respectivos de cada mes, con lo cual –tontunas de la evolución– se perdió algo del encanto con respecto a la, otrora, contabilidad artesana y medioambiental en forma de madera, como quien dice: la de toda la vida. A partir de ese momento la contabilidad se llevaba por partida doble, es decir, en la cartulina mensual de cada vecino que se llevaba a su casa en una carpetita y en la global de clientes que se quedaba en la panadería.



         EL HORNO


          Tal como canta el Víctor Manuel en su canción “Todos tenemos un precio”:

      ….Y en el horno se verá

          Que todos somos igual....



     Las casas disponían de un horno aparente –tipo iglú, sin esquimales dentro, obviamente– elevado del suelo, tampoco vamos a entrar en polémicas de que si, el horno de marras, era de procedencia romana o moruna– de forma semiesférica, construido con ladrillos de adobe y recubierto con una capa de barro, y piso de baldosas recias. Se ubicaba bien en la cocina o en algún anexo del corral, en este caso el habitáculo recibía el nombre de: “El cocedero”. En la casa de nuestro labriego castellanoviejo el horno se encontraba aparentemente ubicado en el humero de la lumbre baja de la cocina, con la boca un poco más baja que la campana de la chimenea, y la cúpula salía al corral, adentrándose en uno de los gallineros, el cual disponía de calefacción central, al menos los días de la cocida, fuera la estación del año que fuera.





                  Pie de foto.- Horno de cocer de a saber de donde.


   En el horno se introducía leña de pino (en nuestro pueblo castellanoviejo, como ya saben los lectores de este blog, abunda/ba por el la término municipal el pino resinero o negral, arraigado en tierras, antaño, centeneras) y se le prendía fuego. Cuando el horno alcanzaba la temperatura optima para la cocción (calculando su graduación –no académica– de forma empírica “a ojo de buen cubero” sin ayuda de termómetro alguno) se procedía, valiéndose de un largo gancho de hierro, a sacar todo de dentro del horno: tizones, ascuas y cenizas, y se dejaba caer todo a la lumbre baja. A continuación, ayudándose de un hurgonero, que venia a ser un palo de pino, largo y redondo, con un trapo (a modo de bayeta) mojado y anudado en uno de sus extremos (el que se introducía en el horno) con el fin de limpiar las baldosas del piso del horno de los restos de cenizas que quedasen sobre ellas y así al depositar las hogazas sobre él para que se cocieran o cociesen –lo cual viene a ser lo mismo– no se adhiriera en su base resto alguno de ceniza.

       Después, con una pala plana de madera, provista de largo mango, se iban metiendo, una a una, en el horno, las futuras hogazas que va a amasar, a continuación, la mujer de nuestro labriego castellanoviejo, ayudada por sus hijas. Cuando estaban cocidas en su punto, se procedía a sacarlas con la susodicha pala. A medida que se iban sacando del interior del horno, se limpiaba con un trapo los posibles restos de ceniza de la base de las hogazas y, una vez estas frías, se almacenaban en un arcón de madera sin llave (nada que ver con el arcón de los panes, provisto de ella, perteneciente al clérigo  de Maqueda, uno de los ocho amos a los que sirvió Lázaro/ lazarillo de Tormes) y se cubrían con paños de tela.

       Decir que, Lázaro tuvo peor suerte ejerciendo de monaguillo con dicho clérigo, que Rebocato haciendo lo propio con el cura de nuestro pueblo castellanoviejo.  Se relata en la novela, de autor anónimo (conocida como “El Lazarillo de Tormes” y que está considerada como la precursora de la novela picaresca, decir que, el que no haya leído alguna de nuestras novelas picarescas quizás nunca llegará a entender el porqué somos así–) que para matar, el pobre Lázaro, el hambre que le hacia pasar el clérigo, se hizo con una copia de la llave del arca –en la que guardaba los panes el clérigo– y esto le acarreó graves consecuencias debido a que, una noche, el silbido que salía de la copia de la llave que era en forma de canuto, y la cual escondía Lázaro en su boca, mientras dormía, con el fin de que el clérigo no la encontrara, delató a Lázaro, ya que, el clérigo al oír por la noche el silbido causado por la respiración de su lazarillo, al adentrarse el aire por la copia de la llave en forma de canuto en su boca,  pensó que era el sonido que emitía la culebra y que el clérigo barruntaba que era la que se comía sus panes en lugar de Lázaro; y, a oscuras, le atizó un garrotazo a Lázaro en toda la cabeza –que era la zona de donde procedía el silbido–. Después, el clérigo al descubrir la copia de la llave en la boca de Lázaro entre sus dientes rotos, comprobó que abría el arcón de las provisiones y puso al maltrecho Lázaro de patitas en la calle. En cambio, Rebocato, en nuestro pueblo castellanoviejo dejó de ejercer de monaguillo por voluntad propia y sin reprimenda alguna por parte de nuestro labriego castellanoviejo.




          LA AMASADURA Y LA COCIDA

    La mujer de nuestro labriego castellanoviejo al ponerse en faena para amasar y cocer el pan se ponía un pañuelo en la cabeza para evitar la caída accidental de pelos y de gotas de sudor sobre el pan (a Rebocato le parecía, tal cual, una pirata de El Caribe, aunque ignoraba, en aquel entonces, donde estaba El Caribe).










        
 Pie de foto.- Artesa.


     A la hora de ponerse manos a la masa (y nunca mejor dicho), se disponía todo en la cocina, se cernía la harina de trigo y la sal en los cedazos, se mezclaba con la levadura en agua tibia, se amasaba todo a mano en la artesa y luego, cogiendo porciones adecuados de la masa, se daba forma a las futuras hogazas.


        Pie de foto.- Cedazo.


     Acto seguido se metían en el horno, una a una, con la pala de madera depositándolas sobre las limpias baldosas.


                  Pie de foto.- Pala de panadero.



    Las hogazas ya cocidas, las cuales pesaban más de dos libras (aunque entonces por aquellos lares nadie sabia platicar ingles, ni falta que les hacia para desenvolverse en su vida cotidiana, y por lo que respectaba al viajar, aparte de a las tierras de labor del término municipal, si acaso, una vez al año a las fiestas de los pueblos de al lado, lo cual no era moco de pavo y pare usted de contar, en los cuales se hablaba la misma jerga, pero el Sistema Métrico Decimal no acaba de cuajar en el día a día de las buenas gentes que habitaban aquellas latitudes, a causa del tradicional uso de: las romanas, las libras, las onzas, las leguas, los celemines, las arrobas, las varas –no las de arrear a las bestias o a los propios hijos de cada cual, que también–, las medias -no las de vestir piernas de féminas-, las fanegas, las cuartas, las obradas, las cántaras, los azumbres, los cuartillos, etc.) se conservaban en plan óptimo para el consumo diario durante unos 15 días, transcurridos los cuales, en el caso de no haberse agotado antes las provisiones del arca en forma de pan, se procedía a cocer más pan o, en su defecto, acercarse a la panadería del pueblo a comprarlo.

     Cierta vez, con el horno preparado para cocer el pan, una hija de corta edad de nuestro labriego castellanoviejo cogió en brazos a uno de sus hermanos nacido días atrás e intentó meterlo en el horno. Cuando abortaron su intento, alegó, como justificación a su acto, que su hermanito era muy feo.

                       
          EPILOGO

     A nuestro labriego castellanoviejo no le gustaba el pan reciente, es decir, recién cocido. Caso de traer pan de la panadería, y si a la hora de comer, al partir la hogaza, la miga se presentaba rugosa al corte, comenzaba a renegar (nuestro labriego, no la hogaza) y a lanzar algún que otro improperio sobre el hijo que hubiera ido a comprar el pan y no demandarlo, en la panadería, como “no reciente”, lo que hacía que el hijo acarreador de hogazas se pusiera en guardia por si recibía algún mosconazo de su progenitor, lo cual, pensaba Rebocato –caso de haber sido él el circunstancial porteador de panes– que dentro de lo malo, era mucho mejor que recibir “una panadera como para ti solo”.

     Quizás, a causa de esto, desde entonces a Rebocato nunca le ha gustado el pan caliente, reminiscencias de los daños colaterales que le produjo antaño, y cuando hoy en día, que está tan de moda el que te sirvan los bocatas con el pan caliente, rellenos de salsas y metiendo, dentro del pan, todo lo que pillan a mano en la cocina del local restaurador donde te dejes caer, ante esto, Rebocato se pone de los nervios, ya que sabe por experiencia que el pan caliente no le va a traer nada bueno, aparte de que él es de bocatas puros y simples, es decir no con mezclas variopintas de reutilización de alimentos varios que tendrían que acabar directamente en el cubo de la basura.

       En la hogaza de pan antes de empezar a partirla se hacia sobre ella, con el cuchillo y de forma gestual, la señal de la cruz; asimismo si la hogaza se caía accidentalmente al suelo había que recogerla rápidamente y, antes de ponerla sobre la mesa, besarla (a la hogaza, no a la mesa) eso sí, sin aprovechar la coyuntura para darle un mordisco a uno  de los canteros.

      Recapitulando, Rebocato que vio, hasta los 5 o 6 años de edad, hacer el pan a la mujer de nuestro labriego castellanoviejo en la cocina de su casa, recuerda todo aquello como un zafarrancho de combate descomunal que ya quisieran para sí todos los piratas juntos de las películas: “Piratas del Caribe”.



        HistoriasdeRebocato@junio-2017