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12 de enero de 2017

LAS PRIMERAS VACACIONES DE REBOCATO


       LAS PRIMERAS VACACIONES DE REBOCATO


        Contando, Rebocato, con 6 años y 7 meses en canal, y aconteciendo el nacimiento de su tercera sobrina (correspondiente, en número de descendencia, al tercer vástago –niña– del matrimonio que formaban la primera hija y el primer yerno de nuestro labriego castellanoviejo) se desplazó a una pequeña localidad, de una provincia adyacente a la de donde vio por primera vez la luz del sol, ubicada a unos 100 Km. de distancia de nuestro pueblo castellanoviejo, e iba acompañado por su madre, dos tíos y el hijo pequeño de estos que calzaba –aparte de los zapatitos pertinentes– dos añitos, los mismos que la sobrina mayor de nuestro amigo, la cual, una vez que la familia visitante llegó a la pequeña localidad, no permitió nunca que su primito  coetáneo le cogiera juguete alguno.

    Rebocato, hasta entonces, no estaba viajado (ni falta que le hacía), apenas había salido de nuestro pueblo castellanoviejo –excepto a laborar en las tierras centeneras de secano, majuelos, pinares y pimpollares del término municipal– si acaso, muy ocasionalmente, al pueblo/ciudad de al lado del suyo con el fin de agenciarse algún par de zapatos, y una única vez fue a la capital de su provincia, para, una vez allí, acercarse hasta un monasterio de clausura de la Orden de San Jerónimo, para ver a un hermano suyo que militaba en un cenobio ubicado en Cuacos de Yuste en la mancomunidad de La Vera en Cáceres y que al ser también –el Monasterio de Yuste– de monjes jerónimos, el hermano (monje y a la vez hermano mayor de Rebocato,  aunque antes de aquel nacieron 3 hermanas –el que la persigue la consigue, barruntamos que pensaría nuestro labriego castellanoviejo–) fue al  Monasterio de su capital de provincia, y así, su familia pudo acercarse a verle allí mismo, sirviéndose para ello del coche de línea, y tirando –nuestro labriego castellanoviejo– de Carnet de Familia Numerosa para conseguir los descuentos pertinentes en los billetes. No era cuestión de hacer el desplazamiento en burras atalajadas con las alforjas nuevas protocolarias de visita a la capital, por la no disposición, por parte de nuestro labriego castellanoviejo, de tantas caballerías y alforjas; por otra parte había que amortizar los retratos del carné de familia numerosa, que eran las únicas fotos que se hacían en casa de nuestro labriego, ya que, ni en bautizos, ni comuniones, se hacía retrato alguno, si acaso en bodas (una foto de los novios y otra de estos con toda la familia) se perdía el tiempo posando. Bastante faena tenia el magnifico fotógrafo de nuestro pueblo castellanoviejo para lograr hacer un retrato decente de la familia de nuestro amigo, ya que, tanto Rebocato, como sus hermanos y hermanas incordiaban lo suyo a la hora de posar, poniendo a prueba los nervios de dicho gran profesional fotógrafo, el cual trataba de hacerles posar lo mejor posible.

     El revisor del coche de línea soportaba en la oreja derecha un lápiz, cuya punta chupaba a la hora de rellenar los billetes de cada viajero. Antes de despachar el billete, plasmaba en él el precio y el trayecto solicitado por cada viajero, ocasional o asiduo,  en el taco oficial de recibos de billetes, y vestía un uniforme provisto de pantalón y chaqueta azul –mucho más azul marino que la que se calzaba  el cabo Rusti, el dueño del perro televisivo que atendía por Rin tin tin– con botones dorados abrochados de forma reglamentaria.

    El revisor alucinó cuando el autobús se inundó de una marabunta de familiares y de rapaces, hijos estos últimos de nuestro labriego castellanoviejo, los cuales, una vez subidos al autobús, andaban desperdigados tratando de buscar asientos libres a lo largo y ancho del autobús y, una vez todos asentados en sus asientos respectivos, cada vez que preguntaba un nombre a uno de los guachos (como le gusta denominar a los guajes, una persona nata de Albacete, amigo de andanzas, muchos años después, de Rebocato, devorando, junto a otros sufridores acompañantes, senderos montaraces por una parte de nuestro litoral) para expender el billete de turno, recibía la misma contestación por parte de cada chico: los mismos dos apellidos acompañados de un nombre distinto, con lo que, él revisor, se quedaba un tanto perplejo pensando que, los mocosos, le estaban tomando el pelo por tantos apellidos coincidentes en tan numeroso grupo de críos.

    Pero volvamos a lo que nos atañe, que es el periplo de Rebocato a la pequeña localidad de una provincia limítrofe, para asistir al bautizo de su tercera sobrina:

      En la plaza mayor de nuestro pueblo castellanoviejo Rebocato, su madre, el matrimonio de tíos de aquel y el hijo pequeño de estos, cogieron el coche de línea que hacía el trayecto Segovia– Aranda de Duero y, una vez llegados, sin novedad, a Aranda de Duero, Rebocato pudo contemplar el río Duero (Douro para nuestros vecinos portugueses), cuyo caudal y negrura de sus aguas le produjo una gran impresión. En su aún corta vida se había visto en otra, y en su cabeza, asomado desde el puente, trataba de retener lo que se presentaba ante sus ojos para, a la vuelta a nuestro pueblo castellanoviejo, poder relatárselo, con todo lujo de detalles, a sus hermanos –más próximos en edad con respecto a él– y a sus amigos.

    Desde Aranda de Duero, Rebocato y familiares acompañantes, se desplazaron por ferrocarril hasta la población de San Esteban de Gormaz, en cuya estación les esperaba un empleado del Coto –por mandato del cuñado de nuestro amigo, el cual era el encargado del Coto del pequeño pueblo al que se dirigian– con una furgoneta DKW tipo F89L, para trasladarles, a todos, hasta la pequeña localidad donde se celebraría el bautizo.

   El Coto era propiedad de unos marqueses (no sabemos si sus habitantes también) los cuales aparecían por aquellas latitudes en el mes de agosto a veranear. Se aposentaban en su palacete y en esas cálidas noches, sacaban su televisor al jardín donde acudían las buenas gentes del pueblo para contemplarla y ver la programación nocturna. Por otra parte, reseñar que durante los años que estuvo el cuñado mayor de Rebocato ejerciendo de Encargado en el Coto, posiblemente, perdió la oportunidad de hacerse rico. En fin, daños colaterales de su aplicada honradez, ya fuera innata, imbuida o bien por temor a arder en el fuego eterno.     

     Una vez arribados al Coto, Rebocato se quedó un tanto despagado ya que, el pueblo, no disponía mas que de una calle con apenas una docena de casas, mal colocadas y peor puestas, a ambos lados de ella, y una iglesia a las afueras, no muy lejana porque las afueras se encontraban allí mismo, es decir, cruzando la calle y sobrepasando la fila de casas existentes que se interponían antes de llegar a ella. Jamás nuestros amigo había visto, y no es que conociera muchos, un pueblo tan reducido.

     Rebocato, una vez que saludó a su hermana mayor, a su cuñado (marido de aquella y Encargado del Coto) y a otra hermana suya (la más pequeña en edad y estatura, aunque mayor que él) que se encontraba todo el año allí ayudando a la hermana mayor para con sus hijos y las tareas domesticas, bajó a confraternizar con  los pocos chicos existentes en el pueblo.

   Los niños lugareños se encontraban enfrente de la vivienda del Encargado, porque habían visto llegar a los visitantes. Rebocato alucinó ante el recibimiento que le otorgaron ya que le trataban como nunca jamás le habían tratado. Acontecía que las gentes del lugar tanto a su cuñado/ Encargado y a la mujer de este y, a su vez. hermana mayor de Rebocato, los lugareños del lugar, les daban el tratamiento de “Don” y de “Doña”, respectivamente.

    En nuestro pueblo castellanoviejo solo se les daba ese tratamiento a las fuerza vivas, es decir: al boticario, al médico de iguala, al veterinario, al cura Párroco (que no Pacorro, hermano intermedio –a pesar de que el Gran Wyoming no había aterrizado aún en la Sexta– de Rebocato) y a los maestros.

    “Menuda pleitesía me rinden por estos lares”, rumiaba, con cierto aire de importancia, contenida hacia sus adentros, nuestro amigo, cuando los chicos del Coto se dirigían a él como cuñado de Don y hermano de Doña. En su vida se había visto en otra. Asimismo, le preguntaban por su papá, el cual se quedó en nuestro pueblo castellanoviejo imbuido en las tareas de recolecta de la cosecha. Ël pensaba: “¿Papá?, pero si para mi siempre ha sido padre y con tratamiento de usted hacia él, eso de papás es de hijos de señoritos del pan pringao..“

    Él estaba, a pesar de su corta edad, cansado de oír a nuestro labriego castellanoviejo, adotrinar (sic) a sus hijos con los dichos de: “gente pobre no necesita criado”, “vosotros os creéis que la vida es Jauja” y “llegareis a dar con la cabeza en un pesebre”, con lo que aquel manifiesto de pleitesía, de los chicos del Coto (que no del Coro)  hacia su persona, le dejaba perplejo, aunque eso sí, pletórico de felicidad interior encubierta. Pero nuestro amigo por no desilusionar a aquellos amables y educados muchachos, callaba y si hablaba de sus padres decía mi papá y mi mamá. Jamás de los jamases, volvió a nombrar de esa manera, tan desnatural para él, a sus progenitores, para él siempre habían sido y serían padre y madre. Ante aquellos amables chicos durante aquellos inolvidables días de asueto total y absoluto, se guardó muy mucho de comentarles a que dedicaba su tiempo libre en nuestro pueblo castellanoviejo.

     Rebocato estuvo en el Coto una semana y alucinó (posiblemente entonces esa palabra ni existía y caso de hacerlo no se utilizaba en aquel momento y lugar, al menos en el entorno de Rebocato) por un tubo ya que eran sus primeras vacaciones de verdad, o sea, sin tener que dedicarse a echar de comer y beber a los múltiples bichos que pululaban por las cuadras, cortijos, gallineros y corrales de la casa de nuestro labriego, ni colaborar en las tareas campestres, tan lúdicas todas ellas. Hasta que nuestro labriego castellanoviejo no colgó el azadón, el arado, la tralla, los gavilanes, etc. y dejó aparcada y prejubilada a la yunta de machos en las cuadras, Rebocato no volvió a disfrutar de unas vacaciones reglamentarias lúdicas.

     Y el alucine vino, sobre todo, porque nuestro amigo vio por vez primera el progreso (en aquel tiempo estábamos, en este país, “disfrutando” con los 24 años de paz y ciencia) en forma de dos cosechadoras cosechando trigo en las tierras de secano del Coto y una de ellas, la mas grande, era conducida por su cuñado, lo que vino a demostrar que es bueno ser Encargado, al igual que, guardando las distancias, el ser Rey, caso de que no te guillotinen, claro.

    Esa cosechadora grande era de color rojo y la otra más pequeña de color gualda. Una pena, pensaba Rebocato, si hubiera una tercera cosechadora de color rojo, podrían estar las tres cosechando juntas  y caso de estar en perfecta formación paralela entre ellas, representarían a la enseña nacional. Claro, que para no herir susceptibilidades, con los tiempos políticos que corremos actualmente con las diferentes enseñas autonómicas que nos enriquece, también añadiendo, a las dos ya existentes, 7 cosechadoras más (3 rojas y cuatro amarillas) e intercalándolas de forma aparente, bien podría formarse la Senyera, bandera que representaba a la antigua Corona de Aragón y actualmente a varias Comunidades Autónomas nuestras. Ahora bien, para los partidarios del anexar en dicha bandera la Estrella Roja de cinco puntas (Estelada en Catalunya, estrelada en la Comunidad Valenciana y en Aragón –vamos a obviar a la estreleira de Galicia ya que no viene aquí mucho a cuento a causa de los colores de la enseña galega con respecto a las cuatribarradas de las otras tres–) podría ponerse en el tractor –que circulaba detrás de las cosechadoras para recoger los sacos de grano cosechados que tiraban los operarios subidos en los laterales de las cosechadoras– con la estrella de marras –provista de cinco puntas y coloreada de rojo– la cual es un símbolo ideológico y religioso que se usa en banderas, emblemas, logotipos, etc. con designios desiguales. No hubiera quedado mal la formación.

     Pero, claro, el formar la Senyera en aquel tiempo y lugar, aparte de estar prohibido, se nos antoja un trabajo harto difícil ya que para ello se necesitarían un total de 5 cosechadoras amarillas y 4 rojas, y nos iríamos de presupuesto y en el Coto no habría suficientes operarios con permisos de conducir para manejar (como diría un sudamericano) las 9 cosechadoras y el tractor de detrás de ellas  con la estrella roja debidamente pintada en el techo de su cabina. Es caro y difícil el tratar de contentar a todo el mundo: “a independentistas guais” de nuestro litoral y a “nacionalistas casposos” de nuestra Meseta.



            
                             Pie de foto.-  Los adelantos en aquel entonces.


   Pero “todo tiene su fin”, tal como cantaban, por los años 70 del siglo pasado, el grupo musical “Módulos”, es decir, Rebocato barruntaba, según rezaba la cancioncita que: “Siento que ya llega la hora que dentro de un momento te alejarás al fin….”, lo que significaba abandonar el asueto  y la holganza del Coto y volver a la cruda realidad de tareas varias en nuestro pueblo castellanoviejo.

  Tocó tornar a nuestro pueblo castellanoviejo y un día de agosto, por la mañana pronto, un empleado del Coto en la DKW tipo F89L de marras les acercó a la estación de tren de San Esteban a Rebocato, su madre, sus tíos y al primo pequeño. Una vez llegados a la casa de nuestro labriego castellanoviejo, por la tarde este soltó: “Rebocato a trillar a la era”. Ya dando vueltas a la parva, montado en el trillo tirado por los briosos corceles Terevinto y Cutepla, nuestro amigo pensaba para sus adentros: ¿será posible que con apenas cien kilómetros de separación haya tanta diferencia en adelantos entre el Coto y mi pueblo?. Vuelve a centrarse en la parva ya que al cruzarse con el trillo, que dirige el hermano que le precede en edad, tirado por la yunta que forman la burra Blanca y la burra Negra, casi se montan los triíllos y nuestro labriego castellanoviejo castigaba la infracción de tráfico cuadrúpedo sacudiendo con el mango de la horca en la mollera del conductor del trillo causante del siniestro, porque al montarse uno sobre el otro las piedras de pedernal de debajo del trillo  se estropeaban al rascar la madera del otro trillo montado.

     Rebocato no volvió a tener más vacaciones de holganza –exceptuando otra semana que por un auto corte de hoz justo en la unión de su pie izquierdo con su pierna izquierda, a resultas del cual apenas podía caminar con el fin de que no se le saltaran las tres lañas aplicadas a pelo por el médico de iguala– hasta que se incorporó al mercado laboral remunerado y con Seguridad Social incluida, ya con unos 18 años y medio dedicados a su deambular por la Meseta, entre la capital de España –donde trataba de formarse y pulirse– y nuestro pueblo castellano viejo ayudando en las tareas de casa y en las del campo.

    Pasarían al menos 10 años para que Rebocato viera los adelantos, en forma de tractores y cosechadoras, en nuestro pueblo castellanoviejo, al llevarse a cabo la concentración parcelaria en las tierras de secano del término municipal. Entonces a su cuñado –ya exencargado del Coto y reciclado en monitor del PPO ejerciendo, desde hacía unos años, en muchos pueblos de La Meseta– le llegó el turno de formar a sus paisanos labriegos en teoría mecánica básica de tractores y, a su vez, enseñarles a conducir.

       Costó, pero el futuro ya estaba allí. Rebocato recordando la  falta de puntualidad, de la que se hizo merecedor, en el desempeño de sus funciones, el Cuerpo de los Cuadrilleros de la Santa Hermandad, pensó para sus adentros: “A buenas horas mangas verdes”.


           HistoriasdeRebocato@enero-2017

3 de diciembre de 2016

REBOCATO EN HELSINKI



                       
                                     REBOCATO EN HELSINKI

    Rebocato y su contraria (a partir de ahora su “contra” con el fin de abreviar la parrafada, ya que, luego, algún que otro lector se queja por su extensión) anduvieron por Helsinki y, de paso, visitando otras capitales de las Repúblicas Bálticas, en agosto del año del Señor correspondiente a 2007. El motivo era el de celebrar los fastos de sus radiantes 25 años de desposorio, que ya es decir, más que nada por lo de la nada desdeñable cifra de potenciales ayuntamientos mutuos, y que coste, que no nos referimos a las Casas Consistoriales ubicadas: en nuestro muy noble y leal pueblo castellanoviejo y en otros pueblos de los alrededores.

      Aconteció que unos conocidos de nuestro amigo y de su contra, 15 días antes de que estos fueran a cencerrear por aquellos distantes lares, y a resultas de que les dijeron que, por aquellos lugares, pasaron un frío considerable (a causa de ello se tuvieron que comprar, durante su estancia allí, hasta cazadoras para no quedarse arrecidos), pues que Rebocato y señora fueron bien pertrechados de camisas y camisetas de manga larga, junto a jerseys y cazadoras para abrigarse.

       Una vez nuestro amigo y sufridora en tierras bálticas, aconteció que, al igual que a sus conocidos argonautas que les precedieron, también tuvieron que comprarse ropa, cosa que hicieron cuando llegaron a Tallín –después de visitar Helsinki– ya que, en aquella ciudad, resultaba mucho más barata. Pero en lugar de ropa de abrigo, tuvieron que agenciársela en forma de camisetas de manga corta por los calores que les asolaban por aquellos parajes en aquel tiempo.




                Pie de foto.- Camino a Tallin. Vista desde el hydrofoil

     A causa de todo esto, y con el escaso tiempo transcurrido desde que estuvieron por allí sus conocidos, barruntaba Rebocato, que esos electrónicos fineses controlan el clima a su antojo con el fin de que los turistas que les visiten, en función de la ropa que acarreen hasta allí, le dan a la manija de su máquina de alterar la climatología local para que, los visitantes, tengan que comprar ropajes varios y hasta pieles de reno de por allí, si fuera menester.

     El día fijado para el periplo, Rebocato y su contra salieron, desde el aeropuerto de Barajas, en vuelo regular –tirando a bueno– con la compañía Lufthansa hasta Frankfurt, donde se encuentra uno de los aeropuertos mas grandes de Europa. Nuestra pareja lo comprobó sufriéndolo en sus carnes debido a que, el avión, les dejó en la otra punta del aeropuerto con respecto a la zona donde tenían que tomar el vuelo de enlace de la compañía SAS con destino final a Helsinki.

     A lo largo de todo ese trayecto tuvieron que arrastrar sus maletas sobre ruedas, a toda pastilla, echando el bofe y corriendo que se mataban porque llegaban tarde al embarque del vuelo de enlace, con el hándicap añadido de que, a aquellas gentes de las Alemanias, ya unidas (por aquí, en Spain, la tendencia es a segregarse, nuestra idiosincrasia de ir contracorriente. Ya se sabe, el “nacionalismo” –sea del color que sea– es el narcisismo de las pequeñas diferencias), no se les entiende ni “atao” –como cantaba el Carlos Cano en su canción “El Salustiano”– y Rebocato rumiaba para sus adentros: “¿pero que coños pinta un cristianoviejo, creyente o no, por estas latitudes luteranas?”). El hermano que precede en edad a Rebocato, ya les advirtió, al dejarles en Barajas, sobre el descomunal aeropuerto alemán, y les aconsejó que de camino a la puerta de embarque asignada para el trasbordo, que fuera preguntando, de vez en cuando, a las personas trajeadas que están de forma aparente sentados en sillas a lo largo de las instalaciones del aeropuerto, simplemente mostrándoles el billete de embarque.

    Una vez aterrizados en el aeropuerto de Helsinki–Vantaa les esperaba –con el fin de acompañar, a Rebocato, a su contra y al resto del grupo de turistas, hasta el hotel de la capital– un guía madrileño de unos 55 años, con pinta de bohemio, melena –un tanto canosa ella– al viento, barbas largas,  rezumando una estupidez supina y con pocos ganas de desempeñar sus funciones profesionales, como pudieron comprobar la mayoría de los integrantes del grupo de Rebocato en los 10 días de visita a las capitales de las repúblicas bálticas (Helsinki, Tallín, Riga y Vilna –que no Vilma del Pedro Picapiedra–),

     Nada mas llegar al hotel en Helsinki sobre las 22:00h. y con la cocina cerrada desde hacia mas de 2 horas, les dieron una cena fría y, prácticamente, todos los integrantes del grupo de visitantes, al finalizar la pitanza, se fueron a la piltra.

     No obstante, Rebocato y señora, preguntaron en recepción que donde había copas y lerele cercano, y una amable recepcionista, que entendía el castellano, les mostró un plano del centro de la ciudad, en el cual les marcó un par de Pubs –relativamente cercanos al hotel donde se hospedaban– hacia donde la pareja se encaminó, con paso firme y decidido, tan felices ellos.

    Arribaron a uno de los Pubs donde, detrás de la barra, reinaba un camarero jovencito que llevaba un tupe a lo Tintin y se marcaba, también, un parecido bastante aproximado al héroe del cómic.

    Se dirigieron a la barra y la contra de nuestro amigo no se complicó mucho la vida a la hora de pedir su consumición, solicitó una Coca-Cola que se la atizaron de medio litro y punto. No obstante, Rebocato, lo tuvo bastante más complicado debido a que le apetecía trasegar cerveza (a pesar de que, en pleno vuelo, le dieron de comer y de beber todo lo que quiso y más), y en el mostrador del garito afloraban al menos siete grifos, para dispensar siete marcas (que no las conocía ni su padre, ya que nuestro labriego castellanoviejo era, más bien, de vino –en bota, porrón o jarro según la ocasión y el momento–) de cerveza diferentes. Como Rebocato de inglés andaba, entonces, un tanto pez (más o menos como ahora. Él dice que para andar por el mundo con saber cuatro frases para saludar, despedirse y agradecimientos y, la mas importante y necesaria para sobrevivir lejos de casa que es: “Big beer”, es más que suficiente para subsistir, en términos generales) se decantó por que le decantaran la birra tratando de eligir uno de los grifos al azar, jugando al “Pito, pito, gorgorito, donde vas tú tan bonito……”, así que se tapo los ojos con la mano izquierda, entonó la cancioncita y con el dedo índice de la mano derecha iba tocando secuencialmente, los 7 grifos distribuidores de cerveza, de atrás hacia delante y vuelta hacia atrás –mientras su contra murmuraba por lo bajini: “Ya estás haciendo el tonto”– hasta que acabó la canción y el dedo se paró en el frío grifo de una cerveza turbia que, como comprobó poco después –nuestro amigo– sabia a rayos, pero que le iba a hacer él, se la tuvo que trasegar al coleto una vez servida, pues no era cuestión de andar tirando los euros a lo tonto ya que, por aquellos lares, el alcohol no te lo regalan precisamente.

    Después de pagar en metálico cogieron ambos sus consumiciones y se sentaron alrededor de una de las mesas, que estaba ubicada al lado de las cristaleras del pub con vistas a la calle. Dentro del local, en otras mesas, charraban y bebían otros clientes supuestamente autóctonos, los cuales, a los ojos de Rebocato, parecían buenas  gentes –treintañeras y cuarentañeras de ambos sexos– que departían animosamente entre ellos y de una forma bastante ruidosa, a la vez que  consumían  chupitos y jarras de cerveza por doquier, abonando los pagos con tarjeta electrónica. Rebocato se preguntaba que qué hacia toda esa panda, a esas horas, en un lunes laboral y víspera de martes de curro como le aseguraron en el hotel a la vuelta unos andaluces, dejando por los suelos la, tan traída y llevada, seriedad nórdica. Luego la fama la tenemos los jaraneros del sur de Europa. En fin, en todos sitios cuecen habas

     Por las cristaleras del Pub que daban a la calle, Rebocato y su contra, vieron pasar, haciendo eses, a un tipo trajeado de mediana edad  (con pinta de ser Coordinador, Jefe o, en su defecto, Gerente de la Nokia) viniendo a dar con los huesos (los suyos, aclararlo porque podían ser los de echar al perol del cocido al día siguiente, caso de que por allí, los luteranos, hagan cocido de garbanzos como los buenos cristianosviejos de por aquí) en el suelo.

    Ante la indiferencia de la clientela del bar, sentados en las mesas del local con vistas a la calle, por la caída del viandante (bien por exceso de cocimiento –que no conocimiento– etílico, bien porque ni les iba ni venia la caída del trajeado), Rebocato, un tanto indeciso por si el caído era protestante, se levantó de su silla y con paso, un tanto titubeante y sin dar muestras de ser un bragado castellanoviejo en defensa de causas perdidas quijotescas, se dirigió a la barra donde estaba el camarero y le berreó: “Tintín, Tintin  (todo ello, dicho sea de paso sin retintín, ni Rin tin tin el perro del cabo Rusty –huérfano de padres a causa de un ataque de los indios–) Please, a doctor ” (testo mentado en un inglés bastante inteligible al sentir de Rebocato y que, además, tuvo la suerte de que doctor se escribiera en inglés al igual que en castellano, aunque la pronunciación sea otro cantar), a la vez que le marcaba con el dedo índice derecho, –aún frío de tocar los grifos para elegir cerveza al azar– al caído (y no por Dios ni por España, precisamente) en la calle peatonal.

     Tintín salió de detrás de la barra, se asomó por la cristalera a la calle y a continuación se encaminó, por la puerta del pub, hacia la acera. Una vez en ella y estando junto al caído, le cogió por las axilas y le puso en pie, a la vez que le daba unas palmaditas en la chepa que casi le devuelven a tierra de nuevo. El caído, ya levantado.  siguió su camino, aunque no en línea recta, sino, más bien, un tanto irresoluto y sin rumbo fijo, según comprobaban Rebocato y su contra en sus andares.

    Una vez acabadas las consumiciones, nuestra pareja salió del bar de copas llenos de luteranos, a pesar de ser lunes, y enfilaron camino a su hotel. Durante el trayecto observó Rebocato que por las calles había menos luz que en nuestro pueblo castellano viejo hace 50 años (leed la entrada de este Blog: :”Las ánimas benditas del Purgatorio”), es decir, una farola luciendo cada 100 metros, o más, y antes de llegar se encontraron al caído-levantado, zigzagueando tan campante por la acera, aunque con cierta dificultad para mantener la verticalidad y el equilibrio, contando además, con el hándicap añadido de no poder abrazarse de farola en farola, de vez en cuando, dada la distancia existente entre ellas.

    Nuestra pareja Llegó al hotel sin nada más de sustancia que mentar, excepto que en la terraza del hotel se encontraron, sentados alredor de una mesa, cuatro españoles del sur, dando una tabarra considerable en forma de voces, cantes y arrastres, a causa de estar echando una partida al tute perrero, o lo que fuere aquella timba y que estaban, dijeron, empleados de forma temporal en Helsinki. Rebocato ante el espectáculo pensaba: “Por muy compatriotas míos que seáis, y no porque procedáis de Al–Ándalus, que a gusto se quedarán los sufridos y bebedores, en potencia, luteranos cuando tornéis a la nuestra península Ibérica, con la murga que estáis dando a estas horas tan intempestivas, majos”.

     Pero como lo cortés no quita lo valiente, Rebocato se entretuvo un rato charlando con ellos mientras su contra, de forma disimulada, bostezaba de cansancio (hay que decir que la noche anterior, horas antes de dirigirse al aeropuerto de Barajas, estuvieron de jarana en nuestro pueblo castellanoviejo hasta altas horas de la madrugada, jarreando de lo lindo –dado los calores agosteros– con familiares y amigos de Rebocato, viviendo la vida a tragos, no fuera a ser que al día siguiente se cayeran los aviones en los que iban a surcar los cielos para llegar al Báltico) y acto seguido nuestra pareja se retiró a sus aposentos, con un cierto regomello porque ignoraban como podía haber acabado la noche el perjudicado trajeado de las eses y caídas.

   Ya en la habitación del hotel, observó Rebocato que, en el interior del cajón de su mesilla de al lado de la cama, yacía una Biblia Luterana pero, con el fin de no caer en la tentación, por respeto a su contraria y, lo que pudiera ser mucho más grave: lo mismo si se entera el Papa Francisco nos lo excomulga por tratar de amancebarse con una luterana, al final no se atrevió a leer la contraportada del supuesto Libro Sagrado porque se acordó del siguiente chiste:

      Un hombre de negocios albergado en un Hotel de 5 estrellas ubicado en una capital báltica, se encuentra, después de una dura jornada  de reuniones de trabajo, un tanto aburrido, por lo que decide echarle una mirada a la Biblia que hay sobre la mesilla de noche de su habitación.

    Al rato, parece animarse, descuelga el teléfono. y pregunta:
- ¿Recepción?
–Sí, buenas tardes, dígame.
- Buenas tardes, señorita. ¿Tienen horarios de aviones?
- Pues no señor, lo lamento.
- No importa, gracias. Por cierto, ¡qué voz tan sugestiva tiene usted!, Me pregunto a qué hora termina su turno laboral..."

     El hombre sigue con toda su cháchara y persuade a la recepcionista para que vaya a su habitación. La recepcionista sube y, lógicamente, terminan ambos en la cama. Mas tarde, ya ahítos a causa del coito, mientras disfrutan del cigarrillo, la recepcionista, suelta:
- ¡Quién me iba a decir a mi que iba a terminar en la cama contigo!. Si apenas nos conocemos..
- Pues yo si que lo sabía
- ¡Que lo sabías! Y… ¿Cómo?
- Muy sencillo: está escrito en la Biblia
- ¿En la Biblia? ¡Qué me cuentas! ¿En qué capítulo? ¿En qué versículo?
- No, no, aquí en la contraportada escrito a mano reza:
"A la recepcionista le gusta coger"

    PD.- Reseñar que, obviamente el hombre de negocios del chiste sería de un país sudamericano, por lo de “coger”.

   El hotel “Helsinki city west” actualmente llamado “Holiday inn Helsinki city west” donde se encontraban alojados Rebocato y señora, era de cuatro estrellas, es decir, nuestro amigo llegó a la conclusión de que no solo hay Biblias Luteranas en hoteles de cinco estrellas por aquellos lares.

   Al día siguiente, nuestros amigos y su grupo (no el sanguíneo, que también, sino el de personas del viaje de marras) hicieron una excursión facultativa en autobús y una guapa guía finesa (rubia como la cerveza y ojos de azul claro como el cielo en un día claro, claro –reseñar que el guía oficial, madrileño/bohemio, se quedó en el hotel, durmiendo la mona de la noche anterior, al sentir de Rebocato) les anunció que había estado de guía por “toda” España (ante la pregunta de Rebocato, de que si incluida Catalunya, –otro chiste malo que no ayuda a limar asperezas con el “Procés Constituent a Catalunya”, en aquel tiempo no tan en efervescencia como actualmente– ella contestó que le faltaba por visitar Euskadi) y que en Finlandia tenían un problema, y “gordo”, con el alcohol. Rebocato dijo que él creía que el alcohol no engordaba, y la guapa guía rubia finlandesa, pensando que no le había entendido bien cambió lo de “gordo” por “grave”.

    No obstante, todo es justificable ¿qué coños haces por aquellas latitudes, desde octubre a mayo, con el sol que si aparece es más pequeño que la moneda de un penique de antes del Bretxi?.

    De todas formas Rebocato atendía con mucha a las explicaciones de la guapa guía finesa  y no se creyó en demasía, lo del trasiego exagerado de alcohol que supuestamente llevaban a cabo aquellas buenas gentes del lugar, como tampoco lo que añadió posteriormente, la guía, de que en Finlandia hay casi 200.000 lagos, pero, en fin, por allí son tan modestos….

   Vamos a recordar que se define a Finlandia como “el país de los 1.000 lagos”. A resultas de esto, barrunta Rebocato que, presumiblemente, cuando hicieron inventario los fineses, o quien, o quienes fueran, solo sabían contar hasta 1.000, o bien se cansaron de contar tanto lago, y ya lo dice el dicho: “tirar de falsa modestia es caer en la vanidad”, tal como hacía nuestro gran ciclista Indurain, cuando campeonaba, en los julios de antaño, dando el verano a los gabachos chauvinistas. Lo que no sé explica Rebocato es como han podido llegar a contar el total de los lagos, con el tiempo de perros –Karjalankarhukoiras o Perros de osos de Carelia que hace, por aquellos lares, la mayoría de los días del año. 

    Una vez finalizada la visita a Helsinki, Rebocato al abandonar la habitación del hotel para dirigirse cruzando el mar Báltico en hydrofoil hasta Tallin, estando esperando, ya con las maletas hechas, al ascensor, con una excusa le dijo a su contra que volvía a la habitación porque había olvidado no sabía que. Una vez en ella no pudo por menos que abrir el cajón de la mesilla, cogió la Biblia Luterana de Martín Lutero –el de las  95 tesis– y abriéndola miró la tapa de la contraportada.    


        HistoriasdeRebocato@noviembre-2016

13 de noviembre de 2016

La "ABUE" MUCAMA


                            

                          LA “ABUE” MUCAMA

    Muchos años atrás la abue –antes de ejercer, como Dios manda o mandaba, a modo de suegra de Rebocato– aparte de atender su domicilio familiar como una mujer de las de antes (dicho sea esto sin ánimo de exaltar los ánimos de las féminas de hoy en día que, las pobres, también llevan lo suyo con tanto machista suelto y encima con el agravante de que, alguna de ellas, tiene que estar unida a alguno de ellos como consorte), tenía que ir dos horas al día, dos días a la semana, a una casa particular de una urbanización cercana a su misma localidad para realizar labores domésticas.

     Cierto día, la abue, pegando la hebra con una vecina de su bloque de vecinos, le comentó que si se enteraba de alguien que necesitara una asistenta que se lo avisara con el fin de así poder  aumentar el peculio familiar.

     Trascurridas un par de semanas desde la citada conversación, la vecina le comunicó a la abue que, en el centro oficial donde ella hacía labores de limpieza, una chica joven y funcionaria, que desempeñaba allí mismo sus funciones administrativas, le dijo que necesitaba una mujer para la limpieza de su piso, planchar la ropa y preparar la comida. La abue dijo que le podía interesar el trabajo y concertó, a través de la vecina de marras, una entrevista con la joven para ajustar el tiempo a dedicar a la faena y las condiciones económicas. En la fecha acordada la abue habló con la joven funcionaria y ambas llegaron a un acuerdo tanto de horario, como monetario.

     Pasó el tiempo y todo transcurría placidamente y en perfecta armonía entre ellas: la abue acudía todos las mañanas, a la vivienda de la chica joven donde estaba contratada para cumplir sus funciones en régimen laboral de dos horas diarias de lunes a viernes –ambos inclusive–, y la chica de marras, mientras tanto, realizaba su jornada intensiva en su respectivo centro de trabajo. 

     La abue disponía, obviamente, de llaves para acceder al portal de la comunidad de vecinos y al piso donde tenia que ejercer las labores de: limpieza, planchar la ropa y hacer la comida para la joven dueña.

      Se rompía un tanto la monotonía diaria a consecuencia de que dos días a la semana –no necesariamente siempre los mismos– la joven chica, la noche anterior, dejaba en la cocina de su casa una nota escrita a mano, en la que instaba a la abue a que le preparara comida, al día siguiente, para dos personas en lugar de solo para ella, como solía ser lo habitual. La abue no sabía, ni –a pesar de la tan traída y llevada curiosidad femenina, dicho sea de paso, sin reminiscencias misóginas, ni machistas– preguntó nunca jamás, por la supuesta persona que iba a compartir con la joven, esos dos días semanales, la doble ración de puchero o lo que se terciase preparar como menú.­

    Se sucedieron los meses hasta que una mañana la joven dueña comunicó a la abue  –a continuación de una conversación mantenida entre ambas–  que se sentía en la obligación de tener que despedirla y que no le preguntara el por qué, o los motivos de ello ya que no podía darle explicación alguna al respecto.

    La abue, persona honrada y trabajadora donde las hubiera (hoy en día también se le suponen esas dos virtudes, a pesar del inexorable paso del tiempo que algo nos suele cambiar respecto a nuestra forma de ser y de actuar), al recibir la noticia se quedó de piedra. Tal era su estado de estupefacción, que estuvo a punto de dar con sus huesos en tierra (más bien en el parqué del comedor). Empezó a rebobinar echando la vista atrás tratando de adivinar la causa del despido y no encontraba explicación alguna.

     Cuando comenzó a salir de su asombro indagó, ya casi con lágrimas en los ojos, a su joven dueña tratando de atisbar algún augurio en esta que le devolviera a la realidad y que todo había sido un mal entendido. Pero no, no hubo manera de sacar la más mínima explicación al respecto que justificara la cruda realidad y, para más INRI, la joven permanecía callada y con cara de circunstancias, sin dar el más mínimo detalle de la causa del despido, es más, al contrario, de pronto empezó a deshacerse en elogios y agradecimiento a la labor desempeñada por la abue en su casa a lo largo de esos meses; pero seguía cerrada en banda, sin soltar prenda respecto a dar justificación alguna sobre la toma de tan drástica y dramática decisión que, consecuentemente, le produjo a la abue un regomello de padre y muy señor mío.

      La abue, aún en estado de shock, se despidió como pudo de su joven dueña y salió del piso como una autómata, cavilando hacia sus adentros tratando de dar con la causa que justificase el finiquito recibido.

    Al llegar la abue a su finca de vecinos no pudo por menos que tocar el timbre de la puerta del piso de la vecina que le recomendó a su ya exdueña, con el fin de explicarle lo sucedido.

       –Estoy destrozada – soltó de sopetón la abue nada más abrir la puerta la vecina.

      –¿Pues qué te ha pasado? –dijo la vecina con el ceño fruncido y gesto preocupado.

      –Pues que, la chica funcionaria que trabaja en el edifico donde tú haces la limpieza, me ha despedido –masculló la abue.

       –No me digas y ¿a santo de qué? –indagó la vecina.

    –Pues eso quisiera saber yo –dijo la abue, y prosiguió –No tengo ni pajolera idea.

    –¿Y eso ha sido así por las buenas y sin mediar palabra previamente? –añadió la vecina.

   –Hoy, mi dueña, ha regresado antes a casa del trabajo porque no se encontraba muy católica y como hemos estado un rato de cháchara, le he dicho que yo trabajaba en otra casa, algunos días por la tarde, en la vivienda de una urbanización de alto abolengo cercana a esta ciudad, en la cual residía un hombre funcionario, el cual vino trasladado, para trabajar aquí en un centro oficial hace un par de años y que su mujer e hijos se quedaron en la capital, donde residen, y que él va a verlos una vez al mes. Ella me ha preguntado que como se llamaba el hombre y se lo he dicho; al rato se ha ido un momento a su habitación y a la vuelta me ha comunicado lo del despido. Y viniendo hacia aquí he pensado que lo mismo le faltaba alguna joya distraída de su dormitorio y que por eso me ha echado –Remató la abue.

       –¿Y cómo se llama el susodicho? – Indagó la vecina.

      – Pues…tal y tal Pascual –contestó la abue

     –La has liado parda, maja, como muy bien sabes yo hago la limpieza en el centro oficial donde trabaja la joven. El señor, de la casa donde vas tú a limpiar por las tardes, es un alto cargo que vino trasladado de la capital hasta ese mismo centro oficial, quedándose su mujer e hijos allí distantes, y la comidilla del personal del centro oficial es que tu joven dueña y el cargo están bastante liados y no por el exceso de trabajo precisamente. –Concluyó la sufrida vecina.

     Caso cerrado. La abue con el resultado final de la conversación se quedó mucho más sosegada. Se despidió de su vecina y emprendió, escaleras arriba, la subida hacia su piso. Ya se encontraba sin atisbo alguno de regomeyo (regomello), porque pensaba que su despido no había sido a causa de su falta de profesionalidad, ni por quedar bajo sospecha de posible hurto de joyas, lo que hubiera sido mucho más grave para su sentir personal.


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