Buscar este blog

14 de noviembre de 2014

REBOCATO EN EL TALGO "TORRE DEL ORO"

  

      AVATARES DE REBOCATO EN EL "TORRE DEL ORO"

        H ete aquí que en un viaje que realizó nuestro amigo Rebocato, con su contraria, desde una capital de provincias levantina hasta la ciudad que fue capital de los Omeyas en Al-Andalus (Andalucía para los no bilingües), les aconteció algún que otro caso curioso durante el trayecto del viaje en el tren Talgo Torre del Oro (y olé) en el que efectuaban el desplazamiento.

    Resultó que, ya dentro de los límites de la provincia de Jaén, en la estación de Linares-Baeza, subieron al tren varias personas. Uno de los nuevos pasajeros se instaló en uno de los cuatro asientos enfrentados dos a dos, tal como están dispuestos en las dos hileras de asientos tanto al principio, como al final de las filas en los vagones del tren.

    Rebocato y señora encontrábanse sentados un par de asientos mas adelante de donde se sentó el susodicho pasajero y, este, quedó ubicado con visión  directa hacia ellos.

     El hombre, ya pasaba de los 65 años de edad –según confesaría, más tarde, al propio Rebocato– era de mediana estatura, con pelo un tanto cano y rizoso, y cuando se puso de perfil para dejar sus pertenencias en las bandejas superiores de portaequipajes a Rebocato le recordó a un amigo tabernero (no tomarlo en sentido peyorativo, lo de tabernero, ya que, hasta el propio Lucio –Casa Lucio en Madrid– el de los huevos rotos –no es que tuviera un accidente fatal el hombre, nos referimos a uno de sus platos– gusta de llamarse tabernero) de nuestro pueblo castellenoviejo.

     Su persona llamaba poderosamente la atención y causó sensación entre los ocupantes del vagón debido a que iba vestido con unos pantalones negros de cuero, una camisa de manga larga de color azul falangista, unos zapatos tan puntiagudos cual babuchas de califa y, lo que más efecto causaba, una gorra de plato, semejante a las de la armada, con una banderita española pegada en todo lo alto del plato, como se pudo comprobar cuando se descubrió la cabeza. Además llevaba en una de sus manos, apilados, un gorro de fieltro y otro de paja, ambos de escaso vuelo. En la otra mano portaba una cartera de cuero marrón como las de antaño, de las de ir a la escuela y una bolsa de plástico que contenía un bocadillo, fruta y bebida, como pudo observarse, más tarde, llegada la hora de matar el ansia de hambre y sed de nuestro hombre.


 Pie de foto: Tal que así era la gorra que se calzaba nuestro hombre de los pantalones de cuero negro


     El viajero dispuso con mucho mimo y ceremonia, en la correspondiente bandeja portaequipajes ubicada más arriba de los asientos, sus dos sombreros y la llamativa gorra de plato, espaciados y en hilera con el fin, barruntamos, de que se orearan. Asimismo, hizo lo propio con la cartera y la bolsa de plástico, de tal forma que ocupó todo el espacio físico destinado a ubicar los equipajes de los futuros viajeros de esos 4 asientos.

       Acto seguido se sentó y se puso a hablar con las 4 mujeres que ocupaban los cuatro asientos, también enfrentados dos a dos, ubicados a su derecha con el pasillo de por medio, Les comentaba que se había olvidado en casa las pastillas controladoras de la tensión arterial y que por lo tanto tendría que estar paseando constantemente. Las mujeres, un tanto indolentes, dieron muestras de obviarle, con lo que el hombre al rato y quizás al no recibir interactividad por parte de ellas, se levantó de su asiento (en los asientos de enfrente a él permanecía sentado un joven que dormitaba o se hacia el dormido) y salió del vagón.

    Los dos asientos de delante (sin enfrentar) de los que ocupaban Rebocato y señora estaban ocupados por un matrimonio de unos 70 años en canal, con un deje propio de las personas que habitan las tierras andaluzas que en ese momento cruzaba el caballo de hierro, como definían al tren los ancestros (de cualquiera de sus escasos actuales descendientes) que dejaron vivos, en la posterior llamada USA, los anglosajones arrasadores de todos los nativos de Norteamérica, pero la leyenda negra es española. Por comparar, unas ocupaciones territoriales con otras, por poner un ejemplo: en Mexico el 80% de la población es mestiza. Los anglosajones, mayormente, son contrarios a las mezclas con otras razas, los latinos son otra cosa.

       Nuestro hombre regresó a su vagón pasada una media hora, se dirigió a su asiento, cogió de la bandeja portaequipajes su bolsa de plástico y sacó de ella: un bocadillo envuelto en papel de aluminio, una botella de agua, una servilleta de hilo a cuadros azules y blancos, y sentose en su asiento para dar buena cuenta de las viandas.

      Tendido enfrente suyo seguía el joven que yacía en uno de los asientos enfrentados a los de aquel y con los pies descalzos apoyados en el asiento de al lado donde se sentaba nuestro hombre del pantalón de cuero negro.

     Concluido el frugal ágape, nuestro hombre, empezó a amodorrase hasta que quedo en la fase REM (nada que ver, como saben nuestros lectores, con la conocida banda de rock de gringolandia).
Despertose nuestro hombre unos 30 minutos después y principió a caminar de nuevo recorriendo los diferentes vagones del tren, por lo de aquello de controlar la dichosa tensión arterial, barruntaba Rebocato.

    Rebocato comentó a su mujer que tenia necesidad de hablar con el hombre de los pantalones de cuero negro antes de llegar al destino del viaje, cosa que no le hizo mucha gracia a su contraria, ya que, esta, había harto observado que el hombre de marras andaba con ansias de entablar conversación fluida y harto luenga con los distintos compañeros de viaje y, además, ella, como que no estaba dispuesta a tirarse el resto del trayecto con el hombre de pie en el pasillo al lado de sus asientos pegándoles la hebra y “amenizándoles” el resto del viaje con una tabarra considerable, no por ello malintencionada ni falta de sustancia, aunque posiblemente interminable y cansina.

     Rebocato se levantó de su asiento y salió al pasillo avanzando a través del vagón y deteniéndose  en el pasillo de separación entre vagones, observando a través de las puertas de entrada que en el vagón de más adelante, nuestro hombre departía amistosamente con una pareja de jóvenes del genero masculino. Después de mirar un rato –cual vieja al visillo del José Mota caracterizado– volvió Rebocato a su asiento y le dio novedades a su mujer, manifestándole esta, que se sentara, que dejara de hacer el tonto y que se olvidara de nuestro hombre, el cual, al rato, regresó de nuevo a su vagón y bajando su cartera marrón de cuero del portaequipajes, sacó de ella un libro de llamativo color amarillo con letras negras y rojas en la portada. Al llegar a la altura del matrimonio que estaba sentado delante de Rebocato y señora, blandiendo el libro les dijo al matrimonio, de deje andaluz, que lo había escrito él, y que se lo iba a enseñar y explicar el fondo (lo de la forma, de toda obra literaria que se preste, es decir, la manera de escribirla, no lo mencionó) a los jóvenes con los que había hablado, sitos en el vagón colindante al de ellos.

    Rebocato retomó la lectura de su periódico aunque sin centrarse en demasía en ello, ya que andaba más pendiente de la conversación, de nuestro escritor declarado, con el matrimonio de deje andaluz y, a su vez, el mirar disimuladamente de soslayo tratando de adivinar el titulo del libro amarillo, así como el nombre del autor.

      A pesar de que el hombre de los pantalones negros de cuero no paraba de abrir y cerrar el libro, y de gesticular con él como tratando de espantar las fingidas moscas inexistentes, Rebocato por fin memorizó el titulo del libro así como el nombre de su autor y lo apuntó en el periódico para después traspasarlo a las notas del móvil. Cosa tan inútil como tonta porque el periódico, ya leído, se lo dejó en el tren con el fin de que lo aprovechara otra persona, y el móvil  se le averió unas semanas después y se lo formatearon, perdiéndose toda la información de las notas almacenadas, y el nombre del escritor memorizado en la cabeza de Rebocato, también, sin necesidad de formatearla aunque, posiblemente, falta está de eso.

     El tren se detiene en otra estación (con tanta estación y paradas eso ya parecía el vía crucis que de monaguillo recorría Rebocato, crucifijo en mano, con otros monaguillos y con el cura párroco, interiormente alrededor de la iglesia de nuestro pueblo castellanoviejo) y nuestro hombre, apunta, que iba a enseñar su libro a dos jóvenes del vagón de al lado, cuando observa que estos se están ya apeando del tren.

    Rebocato, simulando que sigue leyendo, se ríe para sus adentros porque piensa, maliciosamente y posiblemente equivocado, que los jóvenes ante el temor de que nuestro hombre vuelva a la carga con libro incluido, pues que se bajan en esa estación y esperarán al próximo tren con el fin de evitar la supuesta cantinela del escritor.

     El hombre sigue impertérrito con su charla con el matrimonio delantero de deje andaluz, mientras Rebocato anda reprimiéndose las ganas de meter baza en la diatriba, pero recuerda la advertencia anterior de su contraria y opta por levantarse del asiento y encaminarse al vagón bar-restaurante a tomarse una birra hasta que escampe.

   Cuando vuelve Rebocato a su vagón observa que el escritor está debidamente sentado en su asiento de origen tratando de romper el hielo, de nuevo sin éxito, con las cuatro mujeres de los asientos ubicados a su derecha. Al rato el matrimonio, ya un tanto mayor y deje andaluz, empieza a maniobrar para bajar sus maletas de la bandeja portaequipajes y Rebocato se dispone a ayudarlos, y se las baja colocándolas en los asientos vacíos de al lado, para que no atollen el pasillo del vagón, pues aún falta tiempo para que la pareja llegue a su estación de destino.

      Entonces, una vez debidamente sentados, de nuevo, todos en sus asientos respectivos, el hombre delantero de deje andaluz, en señal de agradecimiento a Rebocato por la ayuda prestada para con la bajada de los equipajes, volviendo la cabeza comienza a explicarle que está jubilado desde hace varios años y que estuvo laborando muchos años en una cooperativas de aceite de oliva en la provincia de Córdoba. El hombre habla y habla sin parar empleando una jeringonza que Rebocato y señora entienden a duras penas. Sacan conclusiones sobre que si el aceite de oliva se vende en la cooperativa a precio bajo, que si lo compran los italianos, que si estos lo mezclan con otros aceites, y que lo envasan y venden a precios carísimos, y, lo más grave, como si fuera de procedencia italiana.

    A todo esto el escritor no pierde ripio desde su asiento y al final se levanta con su libro en mano y se queda de pie, en el pasillo del vagón, al lado de los tertulianos (en realidad es un monologo del ex cooperativista "aceitunero altivo", que recitaría el malogrado poeta Miguel Hernández) y de vez en cuando, el escritor tratando de meter baza, critica a los italianos por lo del aceite.

     Transcurre el tiempo con nuestros personajes chachareando y el tren llega a la estación de destino del matrimonio de deje andaluz, se despiden estos de la tropa y se apean, con sus maletas, tan campantes.

     Queda una media hora para llegar a Córdoba y Rebocato está dispuesto a dar palique al escritor a pesar de las advertencias de su contraria. Le pregunta al escritor por su libro y aquel se lo muestra entusiasta abriéndolo por una página al azar. Rebocato trata de asir el libro y lo toca pero el dueño no lo suelta y aquel desiste del intento de aferrarlo.

     Los caracteres y dibujos del libro están escritos, en origen, a mano con rotulador de color negro, y su autor empieza a hablar del contenido de  su obra que se basa en lo que él ha descubierto sobre los primeros moradores, de los que tenemos reseñas, de la península ibérica a saber: iberos, celtas, tartesios, fenicios, griegos, etc. así como de las inscripciones en piedra con símbolos de aquella época realizadas, de aquella manera, por aquellos supuestos ancestros nuestros.

     Habla de los íberos y Atapuerca. Nombra a Gargori,  entonces Rebocato le pregunta que si ha leído Gárgoris y Habidis (un libro con el que "el veleta" del Sánchez Dragó tuvo su momento de gloria recién iniciados los años 80 del siglo XX) el escritor continúa, impertérrito, con los símbolos y traducciones reseñadas en su libro, y Rebocato le dice que si el Gárgoris tenia algo que ver con la miel y las abejas, él, ahora si le contesta que era un rey español apicultor.

  Como el escritor no para de largar y largar (que conste que, al corto entender de Rebocato, el hombre está bien empapado en el asunto aunque presenta un cuadro clínico que le recuerda al de don Alonso Quijano con sus excesos de lectura de las novelas de caballería, es decir –sin ánimo de burla–, un tanto pasado de rosca, exceso de celo y con algo de cerrazón en sus divagaciones) Rebocato le anuncia que tiene que haber dedicado mucho tiempo al estudio de los grabados iberos, visitando lugares y museos, así como que, si para descifrarlos si se ha encontrado algo parecido a la Piedra de Rosetta (esta, con sus tres escrituras diferentes que facilitó el entendimiento de los jeroglíficos de Egipto, ubicada en el Museo Británico de Londres y que Rebocato da fe de ello, en su visita, tiempo después, a dicho Museo en marzo de 2.016).


     El escritor responde que como se prejubiló en la empresa donde trabajaba, que ha tenido, y tiene, actualmente como jubilado, mucho tiempo libre; también le habla sobre la piedra íbera de Sinarcas; así como que ha estudiado la escultura de la Dama de Baza y que la bandera actual de España (sin el escudo, claro está) ya aparece pintada en el respaldo del trono donde está sentada la dama de marras.

      Rebocato le replica que ni en trono ni casta que lo fundó, que el empiece de la bandera rojigualda  tiene su origen en los pabellones de los barcos de la marina mercante y de guerra del Carlos III Rey de España (antes Carlos I como duque de Parma, Carlos VII como rey de Nápoles y Carlos V como rey de Sicilia). Y añade que, es bueno ser rey, y que si se ha reinado en diferentes sitios mejor que mejor para el curriculum, como actualmente ocurre con los estudiantes de hoy en día acumulando Masteres que paga papá.

    El escritor del pantalón de cuero negro ojea su libro y en una página muestra a nuestro desconfiado Rebocato un dibujo en el que aparece la Dama de Baza sentada y con el respaldo mencionado un tanto retocado de rojo y gualda a imagen y semejanza de nuestra bandera nacional, que no nacionalista, aunque algunos la tomen también como tal.



Pie de foto: La Dama de Baza y, según nuestro escritor de los pantalones de cuero negro, la bandera de España adornando el respaldo del asiento

     Rebocato le confía que a saber si la Dama de Baza será autentica, que lo mismo ocurre lo que con la Dama de Elche que está rodeada de polémica debido a como se encontró, aprovechando la estancia en aquel tiempo y lugar del descubrimiento (y no nos referimos al de America) de un arqueólogo franchute que autentificó el hallazgo, compró la figura, se la llevó a Francia y después de estar más de 40 años expuesta en el Louvre, el gobierno de Vichy nos la devolvió, a Dios gracias, sana y salva. Añade que los franchutes también estudiaron la Bicha de Balazote (primero la llamaron biche –cierva en francés– y luego los españoles castellanizaron el nombre a bicha).

    El escritor no entra al trapo de autenticidades o no, y continua con su relato enseñando paginas del libro y hablando del rey Goldiba y sus ataques a los fenicios; del rey Onibasso; de la batalla de Ildún (Castellón) año 700 a.C.; del rey de Hispania llamado Gárgori el fuerte, terror de los celtas y domeñador de abejas.

    Rebocato le pregunta si sabe algo de Midrático el cual, según  su padre (nuestro labriego castellanoviejo), fue, antaño, un rey muy importante del sur de la Hispania, Iberia, o vaya usted a saber como le decían entonces.

    El escritor aduce desconocerlo y sigue mostrando páginas del libro y habla de Argantonio rey de los Tartessos; del rey Baso y su estrategia de ataque; de los petroglifos ibéricos; de la piedra íbera de Sinarcas (de nuevo), etc.

    Rebocato, aguantando el chaparrón y pensando en el posterior rapapolvo, que se le avecina por parte de su pareja, hace un intento de desviar la conversación con visos de zanjar el tema; hace tiempo que observa en la muñeca derecha de su interlocutor, pseudo monologuista, una pulsera de plata de cadena gruesa  (muy de moda en España mediada la década de los 70 del siglo pasado, incluso a Rebocato le regalaron una, con su nombre grabado, dos de sus hermanas – la 2ª y la 5ª–, que aún conserva –cadena y hermanas–) con chapa incluida en la que lleva grabado el nombre  de Rubén, entonces en un mínimo receso que hace el escritor con el fin de recuperar el resuello con tanta plática, le dice que si él es el autor del libro; ante la afirmación del preguntado, Rebocato le inquiere: ¿Si el nombre que aparece en la portada de su libro es Ignacio porqué en su pulsera pone Rubén?

   Ante la impertinencia de Rebocato el escritor se sonroja un tanto y tiémblale la mano que sujeta el libro amarillo y se le nota incomodo, cual exministro Acebes después de preguntarle, a este, el juez si conocía al arquitecto que reformó la sede central del partido de la gaviota azul y que fue pagada, en parte, con dinero negro, y al negarlo –al igual que san Pedro a nuestro Señor Jesucristo, cuando estaba aquel calentándose, junto a soldados y otras gentes, en la lumbre del patio de la casa de Caifás– enseñole el señor juez una fotografía en la que aparecía Acebes saludando efusivamente al arquitecto y entonces, dijeron los presentes, surgió la indecisión y el nerviosismo en el ex ministro.

     El escritor se recompone y le contesta a Rebocato: “Me la dio un chico”.

   Rebocato sigue jugando con fuego y le indaga sobre quien destruyó Medina Azahara (para posteriormente convertirse en cantera de lujo para los edificios de la ciudad de Córdoba) la ciudad palatina, y que si fueron los almorávides o los almohades  –bereberes– (tan andaluces y musulmanes como los omeyas), y el contesta que fue un terremoto, sin más, dejando a Rebocato con un palmo de narices.

      Continua la charla y ya cerca de Córdoba Rebocato baja su equipaje de la repisa portaequipajes y el escritor se dirige a su asiento y recoge sus dos sombreros, su cartera de cuero marrón, su bolsa de plástico y su gorra de plato que se la calza en la cabeza, quedando, al sentir de Rebocato,  más majo que un San Luis.

     Una vez en el pasillo entre vagones equipaje en mano, Rebocato, ya con menos gente con posibilidad de oírles (durante la conversación anterior entre ambos, la gente, barruntamos por la ausencia en el vagón de otras conversaciones, estaba entretenida escuchando al par de dos), le dice al escritor: “Yo estoy prejubilado y he trabajado durante 36 años en la multinacional tal de telecomunicaciones”.

     El escritor le contesta, con cierto regocijo, que él también había trabajado en la misma multinacional tal.

    Bajados al andén el escritor les comenta a Rebocato y señora que tiene que estar esperándole una sobrina suya para recogerle y que va con la gorra puesta para que se le vea desde lejos.

     Ya los tres fuera de la estación la sobrina no aparece, y Rebocato y su dueña se despiden amablemente del excompañero de aquel y se dirigen hacia el centro de la ciudad camino de su cercano hotel reservado donde pernoctarán unos días.

      La parienta de Rebocato comenta estar un poco preocupada porque no ha aparecido la sobrina del escritor y su santo le dice que, posiblemente, la sobrina al verle en compañía de ellos y con la gorra puesta que no se habría atrevido, por vergüenza ajena, a acercarse hasta que no estuviera solo su tío y no el trío.



     La Virgen de los Faroles y otras….. ¿vírgenes?:


       
    Aparte del famoso Cristo de los Faroles, también, existe en Córdoba la Virgen de los Faroles.




Pie de foto: La Virgen de los Faroles sin las 7 u 8, potenciales vírgenes, retratadas por Rebocato por voluntad propia de ellas y de él.

      La primera noche de visita  en Córdoba, baja Rebocato de la Calleja de las Flores y enfilando la calle Velazquez Bosco se dirige hacia el muro norte del Patio de los Naranjos de la Mezquita, mientras su contraria se queda haciendo la enésima foto a la entrada de la calleja. Al llegar, aquel, a la Mezquita se topa con el altar de la Virgen de los Faroles expuesta en la fachada y allí se encuentran unas 7 u 8 chicas (es un decir pues calzan edades variopintas en el arco comprendido desde los 30 a los 40 años y con una algarabía de tres pares de narices, como de estar celebrando despedida de soltera, o separada) y una de ellas le ofrece a Rebocato una cámara fotográfica con el fin de que les haga una foto, al grupo de féminas, debajo de la Virgen.

       Ya todas ubicadas Rebocato enfoca el objetivo y apunta:
       ¿“Qué saco, a la Virgen o a todas…”?

      Una de ellas responde: “Tu veras si aquí hay alguna virgen”

     Rebocato contesta: “Obviamente, no me voy a poner ahora a indagar sobre el estado de cada cual”.

      Dicho esto hace una fotografía global con la Virgen de arriba y con las de abajo (Rebocato piensa para sus adentros, sobre los estados de las chicas del grupo, y como reza su cartilla militar “Valor: se le supone”, lo mismo aplica, él, a la supuesta virginidad de las féminas retratadas).
     El retratista hace una segunda foto, por seguridad, como procede en estos casos.

   La chica, dueña de la cámara, se le acerca de nuevo sonriente y recoge su máquina, mientras Rebocato de reojo observa que su santa  se acerca a sus espaldas, no obstante, desafiando los daños colaterales posteriores suelta al grupo:

      –“Que la Virgen os ampare y que os conceda muchos hijos con el fin de que sepáis lo que vale un peine”.

     Risas a discreción y el grupo se aleja.

     Llega la mujer del solicitado fotógrafo ocasional y le inquiere a este:

     –¿”De que se reían las retratadas”? (ella al dirigirse hacia la Mezquita ha visto la inmortalización del grupo y los flases provocados por su compañero).

    Rebocato le dice:

    –“Nada un chiste que me han contado sobre la virginidad”.

    Y recibe como aviso: “Tú siempre tan gracioso con quien no debes”.


         Dos personajes perennes en el Talgo Torre del Oro:

     Reseñar que el tren Talgo “Torre del Oro” con salida de inicio de recorrido en la estación de Francia (Barcelona) y final en la estación de Santa Justa (Sevilla), hace varias paradas a lo largo del trayecto por Catalunya, Comunidad Valenciana, Castilla la Mancha y Andalucía.

     Tanto a la ida como a la vuelta hace una parada técnica en la estación de Alcazar de San Juan (Ciudad Real).

    En Alcazar de San Juan suele subir al tren, entre otras, una persona (Rebocato y señora lo comprobaron, en el Talgo Torre del Oro, tanto a la ida como a la vuelta de su viaje a Sevilla en junio-2014 y a Córdoba octubre-2014) posiblemente, barruntamos, que contratada por RENFE para amenizar al personal, con el fin de que la espera se les haga más amena. Dicha persona de una edad de unos 50 años, suelta, más o menos, la siguiente parrafada:

   –“Buenos días señores y señoras, yo era trabajador autónomo con un socio en un negocio que tuvimos que cerrar. Tengo dos hijos pequeños y mi situación económica es muy precaria. No cobro el paro. No dispongo de ayuda económica alguna. Es muy vergonzoso el mendigar pero no tengo otro remedio, robar no quiero, por lo tanto les pido una pequeña ayuda, o un zumo, yogur o lo que tengan a bien el darme”.

    Dicho esto recorre el vagón con una bolsa de plástico, va recogiendo lo que la gente buenamente le da y se larga al siguiente vagón a repetir lo mismo. Por los comentarios que hace la gente que viaja más a menudo en esa línea, parece ser que el hombre, que no se pone en duda su situación de precariedad, ha hecho, al menos en ese tren, su lugar de trabajo y profesión, incluso un hombre apunta: "Si todas las personas de este país que estén en una situación igual o similar a la suya hicieran lo mismo, el tren se quedaría en Alcazar de San Juan para siempre jamás". En fin, es lo que hay.

    También, comprobaron Rebocato y señora, en esos dos viajes, que en esa estación sube otro hombre con voz un tanto recatada por su sonoridad (apenas se le oye) ofreciendo a la venta navajas de Albacete y décimos de la Lotería Nacional. Pero de esta persona, que parece ser un bendito, hay que estar muy pendiente porque si no apenas te enteras de que pasa a tu lado. No molesta. Ni le echa cara y bemoles el hombre, lo que le sobra al otro.


           De vuelta a casa y sin ser Navidad:

    A la vuelta de nuestra pareja de Córdoba ya subidos en el tren observan que, este, va bastante lleno y con gente mayor y con muchas maletas, de tal forma que los portaequipajes superiores están casi llenos y los habitáculos para maletas grandes al principio de cada vagón están abarrotados.

    Rebocato ayuda a una mujer y a un matrimonio de edad, cercanas a su asiento, a subir los equipajes a las bandejas superiores.

   Al llegar a Alcazar de San Juan, Rebocato harto de subir maletas a lo largo del trayecto, se levanta del asiento y se coloca, aparte, en el pasillo entre vagones. Ve a la gente que va subiendo al tren y cuando cree que no va a entrar nadie más se asoma a la puerta y observa que se acerca por el anden un matrimonio mayor, con problemas de movilidad y sin ligereza. Para mas INRI, la mujer lleva colgado del brazo un bolso  grande y en una mano una jaula larga y estrecha con pajaritos, disimulada con bolsas de plásticos y papel de periódico; en la otra mano lleva una caja de transporte para perros con un perrillo, o perro faldero, dentro; el marido acarrea en una mano una caja de cartón atada con cuerdas, y con la otra arrastra, a duras penas, un maletón de tamaño considerable, el más grande visto jamás por Rebocato en una estación de tren, ni los baúles de la Piquer, oiga. Al ver, el del maletón, asomado a la puerta del vagón a Rebocato, le inquiere con deje andaluz:

     –“Oiga, a ver si puede usted echarnos una mano con el equipaje y ayudar a subir a mi señora. Hoy por mi, mañana por ti (sic), estamos para ayudarnos los unos a los otros”.

    Rebocato desciende al andén  coge el bolso de la mujer, que la pobre debe de andar por los ciento y pico kilos, y la jaula, y los coloca en el pasillo entre vagones, vuelve a bajar y coge la jaula del perro, con este dentro, y la sube al vagón, desciende de nuevo y ayuda a la señora a subir, el marido sin soltar su equipaje dice:

     –“Tenga cuidado con mi mujer que está algo delicada y puede meter el pie entre el vagón y el andén”.

    Una vez la mujer arriba, baja Rebocato de nuevo al andén, quiere coger la maleta al hombre pero este le dice sin soltarla:

    –“Yo subo al tren, tiro del asa de la maleta y tú la agarras de abajo, empujas, y la subimos de un tirón”.

    Dicho y no hecho, ya que Rebocato al coger la maleta por la parte de abajo y tratar de levantarla se queda en el intento (recalcar, sin ánimo de querer dárselas de machote, que Rebocato con 15 años de vellón, en nuestro pueblo castellanoviejo, ya subía sacos a su espalda, rellenos con fanega y media de trigo desde el carro aparcado a la puerta de la casa de nuestro labriego castellanoviejo hasta el sobrado de la vivienda).

    Rebocato le pregunta al hombre de la maleta cruje-espaldas:

    –¿”Pero hombre de Dios, que lleva usted dentro de la maleta, lingotes de oro”?

    La verdad es que la maleta al moverla no denota que tenga espacios libres, es toda compactibilidad, nada se convulsiona dentro de ella, parece rellena de hormigón.

    El dueño obvia la pregunta de su ayudante ocasional y le anima:

   –“¡Ea, hombre!, que tú estás fuerte vamos pa´rriba”.

    Rebocato afianza sus pies fuertemente en el andén y agarrando la maleta con ambas manos por la parte de abajo, sacando fuerzas de flaqueza y con el dueño tirando de ella hacia arriba logran, a duras penas, subirla al vagón.

    Rebocato, ya ha tenido bastante y medio desrengado, huye de los agradecimientos del matrimonio, no recuerda, ni tan siquiera, el haberlos oídos, cree que ya ha cumplido, con creces, por hoy en su labor de llevar a cabo obras altruistas; sigue andén hacia atrás y se sube por la otra entrada de su vagón, entre vagones observa el colapso que está ocasionando el matrimonio del maletón con sus cuerpos, con la caja de cartón amarrada con cuerdas, con el bolso, con los pajaritos enjaulados y con el perrito y su caja. El caos es total con ellos dos y todos los trastos suyos en medio del pasillo y sin posibilidad de colocar el maletón en sitio adecuado alguno con lo que al final, este, se queda donde lo subieron, en el mismo pasillo entre vagones; no hay peligro de robo, los amigos de lo ajeno no llegarían muy lejos con él, debido a su peso.

    El tren va a iniciar su salida, según anuncia la megafonía y accede al tren, por la puerta del pasillo donde está Rebocato observando el atasco, una señora cerca de la setentena y de apariencia, tanto por el color de su piel como por la vestimenta y abalorios que calza, de ser de etnia gitana. La mujer dice buenos días y Rebocato le contesta. Ella se asoma por el cristal de la puerta al interior del vagón y comenta:

     –“Vaya lío y está todo lleno, no tengo sitio”.

    Rebocato le dice: ¿“Pero a que vagón va usted”?.

    Ella contesta: “Al ocho”.

   –“Pues es este”, le responde su interlocutor, que a su vez añade: ¿”Tiene usted el billete a mano”?.

    Ella duda un momento, pero al final saca de su bolso el billete de tren y comenta:

     –“Es que hay muchos números en el billete”.

    Rebocato colige que la mujer no sabe leer, coge el billete lo observa y ve que el número de asiento corresponde al ubicado a la izquierda del suyo separado por el pasillo. Esperan a que escampe y el hormiguero se asiente y después Rebocato acompaña a la señora a su sitio, le sube la maleta en un hueco que encuentra en los portaequipajes y se sientan ambos.

     Rebocato se cree librado del mal trago de ver y oír al pedigüeño (este con argumentos y poderosas razones para ejercer como tal, estamos en un país libre) ya que el tren ha arrancado, pero…., su gozo en un pozo, al rato irrumpe en su vagón el ex autónomo con su diatriba, y cuando acaba la plática, y pasa la bolsa, al llegar a la altura donde está sentado Rebocato, este observa que la señora gitana le pone un euro en la mano al pedidor, que sigue siendo autónomo y sin cotizar. El necesitado ex autónomo se va al siguiente vagón con su cantinela.

     Ya el tren y viajeros adentrados en la provincia de Albacete una mujer mayor, que viaja sola, se levanta y se dispone a bajar su equipaje de la bandeja superior de los asientos, Rebocato va un tanto traspuesto pero su mujer, con un hábil y delicado –según ella- toque de su codo en los riñones de aquel, le baja de los brazos de Morfeo y le comunica que ayude a bajar la maleta a la señora. Rebocato consiente y procede y, además, carga la maleta y acompaña a la dueña de esta hasta el pasillo entre vagones de acceso a las puertas de salida y espera a que pare el tren en la estación con el fin de ayudarle a bajar los trastos al andén.

    Al final resulta que no es la estación prevista, la mujer se ha equivocado y ha de esperar a que el tren llegue a la siguiente parada y por lo tanto Rebocato, por educación y gallardía, decide quedarse con ella en el pasillo entre vagones, pegando la hebra.

    Entablan conversación fluida y la mujer dice a su voluntario asistente que viene desde Málaga y que ha hecho transbordo en Sevilla para apearse en una estación de tren de la provincia de Albacete. Va a su pueblo por todos la festividad de todos los Santos, está próxima la festividad, y, de paso, para visitar a la familia. Resulta ser de Munera un pueblo del que es también natural, un compañero andante montaraz de Rebocato, que atiende, el amigo (cuando le apetece y conviene, y si no son las 23:00h. que se encama todas las noches a hacer los deberes con su bendita señora propia) por JJ y que cencerrean, ambos, con otros caminantes, un día por semana por esos senderos torcidos de Dios, aunque la mujer comenta, por las señas que le aporta aRebocato (el nombre del susodicho, pero los apellidos los ignora), no conocerle. 

    Días después en una excursión montaraz Rebocato le someterá a examen a su compañero manchego cuasi terrateniente de Munera sobre si conoce a la mujer viajera de su pueblo, le hará las siguientes preguntas:

         -Mujer paisana tuya de más de 70 años.
         -Es viuda.
         -Vive en Málaga desde hace muchos decenios.
         -Se quedó huérfana a los 5 años.
         -Era la menor de siete hermanas.
         -Al fallecer el padre tenían que cavar, ellas, los olivos.

     Pues ni por estas recordará el compañero a la mujer de marras, al final Rebocato ha de tirar de recursos y, como se ha hecho siempre en los pueblos, tendrá que decirle el mote de la familia que le facilitó ella y así acabará el interrogado por ubicarla. Resulta ser una prima lejana (y no porque resida en Málaga, que también) pero hace muchos años que no se ven, aunque, añade el hombre, que no están regañados. Ella sabía que JJ estaba trabajando en Gandia y nó que después, él, se traslado a la capital levantina donde reside Rebocato

      El tren llega a Villarrobledo y la mujer viuda, en el mismo estado civil que cuando se subió al tren, se apea de este. Rebocato le baja la maleta al andén y ambos se desean buen viaje. A ella la esperan familiares para llevarla en coche hasta su pueblo.

    Sin mucha cosa más de mención especial durante el resto del viaje Rebocato y señora acaban por llegar a su destino.


       El barruntar de Rebocato sobre la visita a Córdoba:

     Córdoba, antes sultana y mora, mola. Lo chocante es que no hay una zona definida de mogollón para la juventudbaila como en la mayoría de ciudades y pueblos de Espanya, donde los jóvenes botellonean, gritan y lo dejan todo, guardando las distancias, peor que los bereberes a Medina Azahara en su día.

      Se rezuma un ambiente tranquilo y agradable en todas las plazas y bares, no se escucha una palabra más alta que la otra. No hay manadas de gente fumando, bebiendo y berreando a la puerta de los bares de copas, como si para disfrutar hubiera que vocear mucho y recio y soltar cosas sin sustancia con el único fin de molestar al vecindario en demasía. En prácticamente todos los garitos céntricos de la ciudad hay un ambiente distendido y espacio libre.

        En fin, como dicen que dijo Dalí: “El problema de la juventud de hoy es que  ya no forma uno parte de ella”.

       Respecto a Medina Azahara, que durante siglos –hasta las excavaciones de inicios del siglo XX– se pensaba que era “Córdoba la vieja”, decir que Rebocato lo que vio mejor conservado fue un horno de cocer y un par de letrinas, se conoce que los almohades (o quienes fueran los destructores reales) dejaron un par de servicios (no sabemos si de hombres, de mujeres o unisex) sin destruir para uso de los futuros espoliadores de la ciudad áulica.


        Y para finalizar el relato de peñazo considerable......



   Pie de foto:  Letrina en Medina Azahara, parece ser que ya usaban bidé.
 


         Conclusión sobre esta fotografia:

        La gente fotografía cualquier cosa hoy en día. Vivir para ver.
        Al decir de Rebocato: “La tontuna humana no tiene límites”


        Hasta otra, majos.

              HistoriasdeRebocato@noviembre-2014

23 de octubre de 2014

LOS MADRILEÑOS EN EL PUEBLO




LOS MADRILEÑOS VERANEANDO EN EL PUEBLO

Dice una canción popular:

 

Madrizz creía, creía,

 que los de Segovia no éramos así, 

pero cuando vino Madrizz a Segovia 

vaya desengaño que llevó Madrizzz”.

 

Nota del autorSi los rapazuelos castellanoviejos trataban, de la forma que se explica más abajo, a los hijos  visitantes – nacidos en Madrid – y vástagos de los familiares del pueblo que, en su día, emigraron a la capital del ahora Reino, no me extraña que se desengañara Madrid. 

 

    Mediada la década de los años cincuenta y sobre todo en las de los años sesenta y setenta, del ya tan lejano siglo XX, en nuestro pueblo castellanoviejo, como en tantos otros por aquella época, era costumbre, huyendo del mucho laborar y del poco ganar (básicamente para subsistir) en aquellos lares, el que los destripaterrones emigraran (hasta a nuestro amigo Rebocato le llegó, afortunadamente, el turno de emigrar interiormente, primero a estudiar y regreso en vacaciones al pueblo para ayudar a los quehaceres campestres familiares; más tarde currando y siguiendo estudiando) a la capital, es decir a Madrizz, desertando del arado y del azadón, herramientas, entre otras existentes en la casa de nuestro labriego al igual muy poco gratas, aunque bastante tradicionales pero malas socias de labor, con el fin de currar mucho menos y de conseguir bastante más peculio, donde va a parar, que en el pueblo.

 

    Luego, al llegar el verano, los emigrantes interiores volvían unos días de vacaciones al pueblo en agosto. Cuando los hijos, ya nacidos en Madrid, de estos emigrados tenían cumplidos unos añitos y con las vacaciones escolares en marcha, los  padres les llevaban al pueblo y les dejaban con los abuelos para que pasaran el verano y , de paso, que adquirieran color campestre con el aire sano y el sol de justicia que caía durante el estío por la meseta castellana.

    El choque de estos endebles, descoloridos y delicados muchachos de la capital, al entrar en contacto con los chicos autóctonos del pueblo, era brutal. Para empezar carecían de la pillería de los chicos campestres bregados, entre ellos, en las mil y una batallas cotidianas propias de aquellos duros tiempos del ámbito rural. Por otra parte ya era un hándicap el que los capitalinos tuvieran problemas al pronunciar la “LL” (expresaban, por ejemplo en palabras del sector avícola, “poyo” en lugar de pollo, “gayo” en lugar de gallo, etc.) lo cual era objeto de burla y befa por parte de la jarca de desarrapados  pueblerinos. Daba igual el que la mayoría de los niños visitantes fueran familia directa de muchos de la perenne chiquillería aborigen del pueblo; cuando se prestaban, aquellos, a participar en los juegos de la chavalería campesina no había compasión alguna para con los perdedores forasteros. 

 

    Los juegos de entonces de los chicos eran variopintos y bastante bestiales, se ejercitaban prácticamente a pelo, es decir, muchos de ellos sin artilugio alguno del que valerse o en que apoyarse; a enumerar: El escondite (escondítele), tres navíos en el mar, la dola, la mula, las mañas corridas, zapatilla por detrás, la gallina ciega, el burro, cinco dedos, los hincos, las pozas, el peón, las chapas, la hosca, etc., etc. En la mayoría de estas recreaciones al que le tocaba palmar se llevaba una considerable tunda, propinada por el resto de participantes durante el acto del juego, con la que se iba calentito a casa.

 

    Estos chicos foráneos y aún sin malear (la verdad es que no espabilaban mucho ni progresaban adecuadamente de un verano para otro), casi siempre estaban dispuestos a jugar con sus colegas del pueblo a esos juegos ancestrales (dada su dureza y bestialidad debieron de introducirlos los bárbaros del norte) con los que se entretenían a diario en sus ratos de asueto, los cuales no eran muchos sobre todo en verano, ya que al ser un pueblo meramente agrícola todos, desde abuelos hasta los nietos, habían de arrimar el hombro en las tareas de recolección de la cosecha. Sin embargo al caer el sol y volver de las tierras de labor, o de la era, a las respectivas casas del pueblo castellanoviejo siempre se encontraba un rato para jugar, sobre todo después de cenar y antes de acostarse, mientras las personas mayores del vecindario tomaban el fresco y charlaban contemplando las estrellas a las puertas de las casas.

 

    Lo normal, dada la candidez y falta de picardía para esos lances del juego de los muchachos de la capital, tenia como consecuencia que estos casi siempre palmaran y que, al cabo de cierto tiempo del transcurso del juego, se aburrieran y que trataran de escabullirse y abandonar el juego, cosa que no permitía la prole lugareña sin que el causante del desplante recibiera el castigo pertinente que era lo que más entretenía y lo que provocaba más mofa y escarnio, a expensas del perdedor, en la mencionada prole.

 

    Existían unas reglas básicas para los que participaban en los juegos, y la principal, y quizás la más cruel, era que una vez que uno se prestaba al juego, si perdía, no podía irse, así sin más, hasta que todos los jugadores dieran el juego por finalizado. En el caso de que el perdedor quisiera abandonar tenia que pasar por el trance de cumplir el castigo pertinente que se le impusiera, como mandaban los cánones vigentes e imperantes en nuestro pueblo castellanoviejo.

 

     Uno de los castigos a aplicar era “la pajilla” (que no malpiensen los de ciudad desviando la atención hacía el aliviarse en plan onanista, no es el caso), se sujetaba al sujeto perdedor, que ya aburrido de palmar quería evadirse del juego e irse a casa, y se le colocaba una paja seca de cereal sobre la frente y con una piedra pequeña, o bien con un trozo de teja o similar, se procedía a aplicarle pequeños golpecitos en la frente sobre la paja hasta que esta se partía, con lo que se daba el castigo por finalizado y el condenado se iba para la casa de sus abuelos jimplando desconsoladamente, eso sí, oyendo las risas y aguantando el regodeo de los niños lugareños y compañeros de juego.

 

    Otra cosa era la era, ahí ya cambiaba el tema al haber personas mayores colaborando en la faena de la trilla. 

      El montarse y sentarse en el trillo tirado por machos, por bueyes o por burros y dar unas vueltas a la parva era bastante entretenido (a falta de parques temáticos o de atracciones) y hasta flipante, si me apuras, para los chicos de la ciudad e incluso para los del pueblo, si era durante un rato, claro; ahora bien, la cosa cambiaba cuando se revolvía con las horcas la parva –con el fin de facilitar la trilla–, entonces los chicos de Madrid se bajaban raudos y veloces del trillo con el fin de no recibir el tamo que se levantaba al remover la mies y ocupaban su puesto en el trillo alguno de los vástagos (hijo o hija) del labrador dueño de la parva. Los de Madrid huían a buscar cobijo a la sombra de la hacina y a pimplar agua clara del botijo, y a esperar que la polvareda cesara para retornar de nuevo al trillo, caso de apetecerles.

 

     Otra ventaja de ser de Madrid por lo que respectaba a la hora de trillar en la era, era que no te daba tu primogenitor con el mango de la horca en la cabeza aunque los machos siguieran la misma secuencia (mismo carril a la enésima vuelta) alrededor del montón de la mies ya trillada y amontonada de las parvas de días anteriores; es decir a la yunta enganchada al trillo había que dirigirla con los ramales y hacer cambios de sentido, de vez en cuando, para que el trillo no pasara siempre por el mismo sitio lo que conllevaba a que la parva no se trillara uniformemente, entonces, si no cambiabas de carril,  el padre o algún hermano mayor te atizaba un golpe con la horca en toda la mocha para que hicieras un cambio de sincronismo, sin necesidad de pérdidas de tiempo con palabreríos, que como decía el otro: “Son voces hueras y ociosas que retrasan la faena al tener que dedicarles tiempo”.

      Ya un poco más mayorcitos todos (chicos rurales y madrileños) y dejados atrás los cándidos jueguecitos de la niñez, y en el caso de que en las fiestas mayores del pueblo aparecieran o apareciesen algunos adolescentes madrileños y no estando, estos, habituado a la ingestión de cantidades ingentes de alcohol, se les hacía coger en las peñas de las diferentes cuadrillas unas cogorzas de limonada (sangría) bastante considerables, eso sí, al menos se tenía la deferencia de acompañarles hasta las casas de sus abuelos respectivos y dejarles tirados en el portal con sus vomitonas (ventajas de los añorados tiempos aquellos en que, prácticamente, no se cerraban con llave las puertas de las casas en los pueblos) hasta que eran llevados a la cama por sus antiguos.

 

     Otro manera de pasar el tiempo, a modo de juego, consistía en lanzarse desde el buquerón del pajar y caer en el corral sobre los agujos (agujas de los pinos que hacían la función de lecho diurno para los bichos del corral tales como: las gallinas, los pavos, los conejos, etc.) que amortiguaban las caídas y ejercían de pista de aterrizaje de los osados saltadores.

 

    Metidos en esos bretes de saltos sin red se encontraban una bonita tarde de verano asomados al buquerón de uno de los pajares de la casa de nuestro labriego castellanoviejo, Rebocato, sus hermanos anterior y posterior por fecha de nacimiento respecto a aquel, junto a un primo hermano veraneante de Madrid, este con menos intención de saltar que nuestro amigo  Rebocato, que ya era decir. El hermano más mayor allí presente de Rebocato, salto al corral y a continuación lo hicieron sus otros dos hermanos, no obstante el primo vacilaba, es decir, no lo tenia claro, entonces el hermano (que precedía en edad a Rebocato  y que era un zarria y un revoleara) subió de nuevo al pajar le arreó un empujón al primo y este cayó de mala manera al corral, con tan mala suerte (posiblemente a causa de su inexperiencia y falta de arrojo voluntario) que se dislocó un brazo en la caída y comenzó a berrear de forma bastante poco bizarra para su edad  (unos 10 años en canal, los que tenia su primo el que le empujó, los otros dos primos calzaban 2 y 3 años menos, respectivamente) aunque harta fuerte de pulmón.

    Apenas que principió a gritar el damnificado el empujador saltó de nuevo desde el boquerón al corral y abriendo la puerta de entrada de personal, y de animales en fila india, de las puertas carreteras, despareció como alma que lleva el diablo, con su hermano más pequeño detrás, de tal forma que, cuando, ante la escandalera que formó el primo madrileño con sus alaridos, apareció la madre de los tres hermanos a ver lo que acontecía, allí solo quedaba su lastimado sobrino de Madrid y su hijo Rebocato para dar novedades acusando al revolera del empujador del primo a traición. 

    No piense el lector (caso de que haya alguno despistado ahí delante de la pantalla) que Rebocato era acusica de nacimiento, ni mucho menos, su forma de actuar, en estos casos, era a causa de su miedo latente al infierno (arder durante toda la eternidad en el fuego eterno) inculcado por la educación religiosa imperante en aquel tiempo y lugar. Ya se sabe que se puede pecar de pensamiento, palabra, obra u omisión. Por lo tanto, Rebocato pensaba que si no dices lo que has visto estas pecando (mintiendo en este caso) por omisión (por no contar lo que has visto).

 

    Y mira que al primo de Madrid, tanto Rebocato como los hermanos de este presentes en el pajar, le iniciaron en el rito de saltar al vacío tanto en la teoría como en la práctica y que, además, le conminaron a que antes de lanzarse tenia que pronunciar las palabras mágicas que te protegían de posibles lesiones en la caída, que eran:

–“Que me mate, que me muera, que sea lo que Dios quiera”.

 

    Pero ni por esas, el salto obligado del primo madrileño fue un rotundo fracaso.

 

    El primo madrileño no llegó a perniquebrarse las piernas ni partirse la crisma y se le arregló el brazo –sin necesidad de ir al médico local de iguala, ni colapsar urgencias que no existían por allí– gracias a que la abuela materna, del primo dolorido y, a su vez, de Rebocato y de sus hermanos, sabia solucionar disloques y torceduras de extremidades, cualidad que aprendió de su padre (bisabuelo del primo blandengue dislocado y de Rebocato) ya que, este, de forma innata y sin necesidad de tirar de extraterrestres –Rebocato, años después, cuando se enteró de las cualidades de su desconocido bisabuelo, empezó a creer en ellos–, ni de pasar por universidad alguna, ni de disponer de personas que le iniciaran en el arte de arreglar disloques de huesos, tendones y articulaciones, el hombre componía las patas de las caballerías de la comarca, sin ejercer como veterinario ni nada parecido. A veces cuando volvía de darse la huebra diaria de labrar las tierras centeneras o de cavar lo que fuere menester en el campo, al llegar a casa podía encontrarse con algún que otro macho o burro lesionado, con su dueño esperando a la puerta de su casa o dentro del corral, venido de algún pueblo de los alrededores. El bisabuelo de Rebocato actuaba en consecuencia y el ganado y su dueño volvían a su pueblo con el problema resuelto, tan campantes ellos.

 

    El asunto de la minuta (no como abogado pero si como curial –sin pertenecer a la curia–) era la voluntad, normalmente plasmada en forma de especies o como buenamente podían los asistentes a la consulta, con el fin de agradecer los arreglos de sus caballerías.

 

    Todos estos avatares ocasionados por los choques de culturas entre los chicos de la ciudad y los de los pueblos le causaban a nuestro amigo Rebocato una cierta lástima y un inquieto pesar por los padecimientos de los muchachos foráneos. 

 

En fin: “Era lo que había”.

        -------------------------------------------------------------------------------------------------

 

 Una noche de verano, muchos años después, a unos 3.000 Km. de su pueblo castellanoviejo, Rebocato y acompañantes (su mujer y otra pareja heterosexual) acabaron su consumición se levantaron de la mesa y, al irse, Rebocato le soltó: “Suerte”a un turista inglés, de unos treinta años, que consumía en una mesa adyacente a la de ellos, en la terraza de un bar ubicado en una plaza de Vilna (Vilnius en lituano para los bilingües) y que parecía sufrir, el inglés, un acoso continuado por parte de tres mastodontes lituanos, aparentemente homosexuales de alquiler. El británico le respondió: “Es lo que hay”. Pero esa ya es otra historia que se relatará en otra ocasión si procede.

 

HistoriasdeRebocato@octubre-2014

14 de octubre de 2014

EL SANTO ROSARIO

 

             


                EL ROSARIO Y LA MADRE DE REBOCATO

 

 

     El demonio a la oreja te está diciendo: 

     "No vayas al Rosario sigue durmiendo".

     ¡Viva María! ¡Viva el Rosario!

     Viva Santo Domingo que lo ha fundado.

----------------------------------------------------------

 

     -¡Chica..! ¡chica..!

 

    La llamada resonó en la amplia casa de nuestro labriego castellanoviejo, ya pasado este a mejor vida, años ha, y emanaba de una de las dos alcobas anexas a la sala. Desde esa sala se accedía a aquellas y se preservaba la intimidad de los pernoctantes con unos gruesos cortinones colgados en la entrada de cada una de las alcobas. 

 

  La sala era el lugar donde, antaño, se celebraban los grandes  acontecimientos familiares, tales como: bautizos; comuniones; cumpleaños; amonestaciones de bodas; comidas importantes de familia: tales como las de la matanza del cerdo y las de las fiestas mayores del pueblo; recibir las visitas, sobre todo en verano, de familiares de la capital; celebraciones todas que, dicho sea de paso, no eran muy asaces a lo largo del año a causa de la precaria economía familiar y de la puesta en escena de la consabida austeridad castellanovieja de antaño y tornada ahora, con renovados brios, con la pertinaz crisis económica (antes, pertinaz sequía) que nos atosiga tan galantemente en estos tiempos.

 

     La llamada no tardó en escucharse en la alcoba de al lado, de donde se levantó de la cama una mujer, la cual  accedió a la sala y entró en la alcoba adyacente a la suya.


    -¿Qué quiere? -le preguntó, medio adormilada, a su suegra que era la que emitió la llamada, y que ya había entrado en los noventa (años de edad, no en la década del siglo pasado) y yacía enferma en cama.


     - Dame un rosario.

     - ¿Un rosario, a estas horas de la madrugada? -le inquirió la nuera

     - Sí, un rosario, quiero rezarlo ahora.

     La mujer volvió a la alcoba donde se encontraba su marido, conocido como Rebocato, durmiendo placidamente en el lecho recientemente abandonado por ella, y le masculló:

      -Tu madre quiere un rosario.

  -¿Un rosario? ¿Estás segura? -dijo el hombre de mediana edad revolviéndose entre las mantas.

     -Sí, eso dice -le contestó su contraria contrariada.

 

    El esposo, un tanto indolente debido a la somnolencia, bajó de la cama, salió de su alcoba, se adentró en la sala y entró, apartando los gruesos cortinones, en la alcoba anexa donde se encontraba su madre acostada en el catre (es un decir, en realidad yacía en la clásica cama alta castellanovieja de barrotes metálicos con remates dorados, jergón con muelles  de los de antes y colchón forrado con lona rojiblanca, relleno de lana esquilada a mano procedente de oveja churra, la cual se lavaba y se vareaba –la lana, no a la oveja aunque, esta, también recibía en el rebaño lo suyo cuando se terciaba- cada fin de verano, después de toda la cosecha puesta a buen recaudo en los sobraos, desvanes y pajares, a la vez que se enjalbegaban las paredes interiores de la casa hechas de adobe y enlucidas con cal. También se aprovechaba para orear los armarios y baúles roperos).

 

     -Madre, ¿qué quiere un rosario? -la preguntó.

     -Sí voy a rezarlo -respondió ella.

     -¿Ahora? -la indagó el hijo.

     -Si ahora -contestó la madre.

  -¿Y de donde saco yo un rosario? -la interrogó de nuevo el hijo (acordándose, de paso, de santo Domingo de Guzmán nato de Caleruela -Burgos-, e instituidor del Santo Rosario, por orden de la Virgen María, aparecida, que le enseñó a recitarlo).

      -Por ahí, en el trinchero de la sala, habrá más de veinte -zanjó la madre.

 

    Rebocato, condescendiente y con ademán un tanto cansino, se dirigió al trinchero de la sala y, hurgando en los cajones vio, en uno de estos, un par de cajas conteniendo rosarios. Trincó una de ellas que era de forma redonda y de plástico rígido  transparente, en cuya tapa aparecía, atrapada entre dos plásticos, una estampa de la Virgen de Fátima, y se la llevó a su madre. 

 

     Esta, al recibirlo, le espetó: 

     -¿Y para que quiero yo un rosario ahora? 

    El hijo, armándose de paciencia, la respondió:

    -Mire aquí se lo dejo encima de su mesilla cuando quiera rezarlo estire la mano y lo coge, yo me vuelvo a la cama.

 

     Dicho esto regresó a su tálamo y comentó con su mujer lo acaecido. 


Pie de foto.- Tal que así era el rosario con el que rezó, cientos de veces, Rebocato, tanto en la Iglesia parroquial ante el público cundo era monaguillo, como en su casa, en familia.

   Al rato, poco antes de quedarse dormido o ya, cuasi, de nuevo, en los brazos de Morfeo, a Rebocato le pareció oír un sonido como de la caída de un pequeño objeto al suelo, pero no le dio mayor importancia, quizás estaba soñando.

 

   Un par de horas después, el hombre, sintió la necesidad de miccionar (mear o sacar la chorra al fresco -en el argot de antaño castellanoviejo- en la cuadra, en el corral, o en el campo,) se levantó y, obviando el cuarto de baño, con el fin de rememorar viejos tiempos, se encaminó a las cuadras de la casa ya vacías y, otrora, habitadas por bestias variopintas.

 

    Al salir de su alcoba se asomó a la de su madre y aparentemente, esta, por la respiración fuerte y acompasada que emitia, manifestaba que dormía placidamente. Luego, cruzando la sala, se dirigió a la puerta de salida de aquella, la cual permanecía abierta, y cruzando el umbral, enfiló adentrándose en la penumbra del portal, con el fin de acceder, al fondo y a la izquierda, a las cuadras. 

 

     Una vez en el portal, fue a encender la luz, buscando a tientas la llave (interruptor) que se encontraba un tanto alejada de la puerta de entrada a la sala. De pronto, oyó un chasquido producido al pisar algo con su pie izquierdo. Cual no sería su sorpresa, al encender la luz y contemplar lo que había pisado, allí mismo estaba la Virgen de Fátima. Era la segunda vez, a lo largo de su vida, que se le aparecía la virgen a Rebocato.

 

   Dirigió su mirada hacia el suelo del portal y vio la tapa redonda de la caja del rosario que había facilitado a su madre. La estampa de la Virgen yacía en el suelo entre trozos de plástico arpados por el pisotón. 

 

    ¿Cómo había llegado la tapa hasta el portal? Su madre no podía levantarse sola de la cama (hacia meses que estaba impedida en ella) y la esposa de Rebocato tampoco se había movido de la suya después de la entrega del rosario por parte de su querido esposo. 

 

    Tal vez el beato Santo Domingo nos sacaría de dudas, al menos de los laísmos.

 

PD.Primera aparición mariana: unos años antes, Rebocato, en compañía de unos amigos en tierras mediterráneas orientales de la península, visitó el santuario de la Virgen de la Balma (nombre céltico de cueva). El  pseudo ermitaño que vigilaba el lugar y que regentaba el pseudo-bar, ante el comentario de aquellos de que se les había aparecido una virgen barbuda y pelirroja (en realidad era un amigo barbudo de Rebocato) en uno de los recodos de la cueva y que les conminó voz en grito: “Pecadores arrodillaos y arrepentíos”, comentó: “La Virgen solo se le aparece a los tontos y a los pastores; nunca a boticarios, ni a sacamuelas, ni a notarios. Pero esa ya es otra historia que se relatará en otro momento, si procede.

 

 

           HistoriasdeRebocato@octubre-2014