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8 de abril de 2017

LA BOINA

                    

                                    LA BOINA
                       "Debajo de la boina de cada cateto hay un filósofo escondido". 
                      (Miguel Gila).


   INTRODUCCIÓN:
    A primera vista si observamos una boina se nos antoja que es una prenda un tanto harto simple y sencilla, sin embargo, su confección, demanda una cierta complejidad a lo largo de su proceso de fabricación. La boina se elabora en una sola pieza y sin costura alguna, la materia prima utilizada es  tejido de lana 100 % natural.
   En el año 1859 se fundó en Tolosa (Guipúzcoa) la Fábrica de Boinas Elósegui y, mas tarde, en 1892, se inauguró en Balmaseda (Vizcaya) la Fábrica de Boinas La Encartada, la cual cesó la fabricación en 1992 pero en el mismo lugar inauguraron el museo: “Boinas La Encartada Fabrika Museoa”.   En dicho museo de industria textil están los antiguos sistemas de lavado de la lana, el cardado e hilatura, el tejido de la boina, su remallado y posterior batanado. 

    Rebocato, años ha, vio un documental en la 2 de TVE y alucinó por un tubo observando todo el proceso de fabricación de las boinas. Recalcar que el rabo de la boina forma parte de la misma pieza del conjunto de la boina en si, es decir, no está cosido ni pegado a ella.
   La boina fue durante muchos años un icono  de los hombres dedicados al labrantío, hasta el inicio de la gran diáspora castellana ocurrida, mayormente, en las década de los años 60 y 70 del siglo pasado, en la que, miles de familias de labradores emigraron a las grandes ciudades en busca de una vida mejor. Mal futuro se le vislumbraba a la boina en la ciudad, ya que se le veía como un símbolo del campesino lerdo, cutre y cenutrio.


Pie de video.- El Patxi Andión y su Canción “Y me parece a mi” del LP: “Viaje de ida” (1976) que Rebocato compró ese mismo año en formato casete. La canción refleja el choque del labrador, venido del pueblo y del campo, con respecto a su nuevo hábitat: la ciudad. Independientemente de la evocación bucólica que trata de rezumar, a lo largo de esta canción, el amigo Patxi, a este, Rebocato le pondría una temporada a cavar grama a golpe de azadón y a tirar de hoz de sol a sol en la Meseta durante el mes de julio, y luego a ver si le quedaban ganas de componer lo mismo: cantar loas sobre la “feliz” vida natural en el campo en detrimento de la “sufrida” vida en la ciudad.

   LOS DOS GENERALES: El proboina y el anti–boina
   Sabemos que en este país, a lo largo del siglo XIX  desde 1833 a 1876 (con intermitencias), tuvimos tres guerras civiles, disfrazadas bajo el nombre de Guerras Carlistas.    
   Dichas guerras se produjeron porque al derogar la Ley Sálica  el rey Fernando VII “El Deseado” (posiblemente, el peor rey que haya habido nunca jamás en este país, aunque, pensándolo bien, puede denotar ciertas simpatías feministas al dejar sin efecto la Ley de marras) con el fin de que reinara su hija (futura Isabel II de costumbres disolutas), en detrimento de su hermano (el del rey, no el de Isabel) Carlos María Isidro de Borbón. Se organizaron (a falta de los aficionados de los clásicos Barça-Madrizz venideros) dos bandos: los liberales (no confundir con los liberales “guays” de nuevo cuño de hoy en día) que apoyaban a Isabel, y los carlistas (ultraabsolutistas calzadores del lema: Dios, Patria, Rey –hoy en día los herederos carlistas catalanes y vascos se han reconvertidos a indes, y han cambiado dicho lema por el de: "Dios, Patria, República") que apoyaban al infante don Carlos hermano de <el rey felón para unos, o el Deseado para otros>.
   Ya organizado el partido –perdón, el tinglado fraticida– aparece el general carlista Zumalacárregui –el “Tío Tomás” para sus tropas– (lo que viene a demostrar que ya empezábamos a imitar por aquí en el siglo XIX, las costumbres norteamericanas, por lo de tratar de plagiar a los yanquis por lo del “Tío Sam” cuyo nombre personifica a los EE.UU.) que portando boina roja o blanca, de esa forma, puso la boina de moda en este País –antes de la venidera boina negra– a través de sus huestes carlistas; entonces apareció en escena el general liberal Espartero dispuesto a cargarse, no solo a los carlistas, sino también a las propias boinas de estos y simpatizantes de ellos y ellas.
    En 1838, en plena primera Guerra Carlista, Don Joaquín Baldomero Fernández-Espartero Álvarez de Toro, lanza un bando, en el que se prohíbe la boina, basándose en los muchos males que provoca su uso, mas que nada –barruntaría Espartero–  que como la boina era distintivo del enemigo ejercito carlista, su uso tendía a la confusión y alarma entre la población. Por lo tanto, se prohibía su usanza a toda clase de personas y estados, así militares como paisanos. La cosa no iba en broma el no acatar el decreto suponía: primero una multa, y si se reincidía, hasta pena de cárcel para los infractores.
   Con decreto o no, el uso habitual de la boina empezó a cuajar durante el siglo XIX (algunos dicen que ya se utilizaba en la Edad Media) cuando los labradores y pastores de Vascongadas, Navarra y Castilla comenzaros a cubrirse la cabeza con ellas (cuajando más la boina negra que la roja, lo cual sería por disimular la roña que se acumulaba en ella a lo largo del tiempo y uso) con el fin de preservarse de la rasca en invierno (reseñar que la mayor perdida de calor del cuerpo se produce a través de la cabeza, cuya superficie representa un 10% del total de piel del organismo) y del implacable sol en verano. De estas regiones, pasó a extenderse, su uso, prácticamente, por todas los zonas rurales de la Península.
   Mientras los vascos usan la chapela (boina de altos vuelos, pues, y ahivalahostia) y se la colocan sin apenas introducírsela en la cabeza (ignoramos como no se les vuela en los días de viento sañudo), en algunas zonas de Castilla se la calzaban hasta las orejas. Recordad al famoso personaje El Cepa –un hombre de cortas entendederas pero que la lió parda en el pueblo de Tresjuncos–, y la polémica que levantó en su día entre las fuerzas vivas imperantes en este país –y que imperan aún, no nos emocionemos– la dramática, denunciante y tardía película de Pilar Miró titulada “El crimen de Cuenca” (1979). Con el inefable ministro de cultura entonces reinante, un tal Ricardo de la Cierva. La película estuvo prohibida hasta 1981  cuando el Tribunal Supremo dio, por fin, el visto bueno para su proyección en las salas de este bendito País S.A.


Pie de fotografía.- Hete aquí a El Cepa" interpretado por el actor castellonense Guillermo Montesinos –la contraria de Rebocato coincidió trabajando, un tiempo, en una empresa con un hermano del Guillermo, y el propio Rebocato vio al actor en algún pub de los años 80 en Castellón– ) calzando boina mas majo que un San Luis. Decir al respecto que, cuando lo del crimen apócrifo, Cuenca pertenecía a la región de Castilla La Nueva y que en Castilla La Vieja la boina no se encasquetaba de esa forma –amenazando con tapar el unicejo– tan redundante en la quijotera.
   PD.- Zumalacrregui no sobrevivió a la I Guerra Carlista pero el uso de la boina se extendió por los ejércitos de todo el mundo a partir de la II Guerra Mundial, siendo los pioneros los tanquistas (que no tanguistas) alemanes. Al final iba a tener razón Zumalacárregui al resultar la boina un tocado cómodo y práctico para el soldado en campaña. Ignoramos si así, de esa guisa, mataban más.

   LA BOINA EN NUESTRO PUEBLO CASTELLANOVIEJO:
   Dábale vueltas a la suya cabeza Rebocato, para tratar de recordar que, antaño, en nuestro pueblo castellanoviejo cuando eras mozo adquirías el privilegio de emplazarte boina en la mollera, aunque cuando llegó a la edad de merecer el derecho de calzar boina, él, ya no residía en el pueblo, permanentemente, y la utilización de aquella estaba en visos de irse al garete, finiquitando así una tradición carpetovetónica, llevada a la práctica –a lo largo del tiempo– por todos los hombres que pululaban por aquellos lares, la cual consistía en ponérsela por montera, la boina, no la tradición, que también en este caso.
   Con el transcurrir de los años –Rebocato ya emigrado a la capital con el fin de tratar de pulirse, cosa que no llegó a lograr del todo– cuando volvía a nuestro pueblo castellanoviejo con sus vacaciones lectivas en el zurrón, iba notando que, excepto las personas, ya de cierta edad, que llevaban luciendo boina perenne desde mozos, la juventudbailajotas de entonces no estaba por la labor de continuar con la usanza de seguir colocándose dicha indumentaria arropacabezas. Actualmente, y muy al sentir de Rebocato, este tocado ha caído plenamente en desuso en las molleras de los lugareños de nuestro pueblo castellanoviejo. Ya no parece que derives por Castilla La Vieja (hoy en día contaminada como Castilla y León, sin acceso al mar (por la pérdida de Santander) y desmembrada de los efluvios etílicos de La Rioja, aunque siempre nos quedará el Ribera del Duero, y al ver la falta de esos tocados, incluso en las cabeza de los, siempre, sabios ancianos, da mucha pena. Actualmente la boina está en claro desuso y su utilización más apabullante es en los cuerpos policiales y militares, con lo que vuelve a recuperar sus casi orígenes bélicos.
    Antaño, en nuestro pueblo castellanoviejo, daba gusto; era volver de la mili y los mozos se afianzaban –algunos, quizás, antes– la boina sobre la morra respectiva de cada cual y, además, alcanzaban el privilegio de poder fumar delante de su propio padre, en este último caso ya cumplido el servicio militar para con la patria. Pero, como los tiempos de cambio se avecinaban a pasos agigantados hasta nuestro labriego castellanoviejo permitió, a finales de los años 70 del siglo pasado hasta el año 92 en el que pasó ¿a mejor vida?, que alguno de sus nietos, mas mayores, fumaran delante de él sin haber cumplido el Servicio Militar y, lo más grave, hasta alguna nieta osaba fumar en su presencia sin recato alguno. Es lo que tiene el proceso del progreso. La guerra generacional perdida por los mayores y sin disparar tiro alguno.
   Al pensar de Rebocato, la boina era, años ha, el mejor remedio para enmascarar la alopecia, solo sabias que prójimos la padecían cuando descabalgaban las boinas de sus cabezas dentro de la Iglesia, bien oyendo la Santa Misa, bien  rezando el Santo Rosario y la Novena, bien en procesiones. También hacían lo propio –portándola en su mano– dentro de los locales oficiales de servicios públicos (ayuntamientos, escuelas, etc.) y al hablar con autoridades civiles y/o religiosas. En las manifestaciones autorizadas de adhesión y apoyo al Caudillo no era obligatorio el despojarse de la boina y si eran rojas (valga la paradoja), mejor que mejor. En las no autorizadas era conveniente acudir sin ella, por razones obvias que no viene a cuento explicar.
   La única excepción en nuestro pueblo castellanoviejo de no descubrirse, era la de un Caballero Cubierto, el cual logró ese privilegio por ser amigo personal del entonces reinante rey Alfonso XIII. Dicho Caballero Cubierto no tenia la obligación de descubrirse la testa ni tan siquiera en presencia del Monarca, ni al entrar en locales oficiales ni públicos, con la excepción de tener que hacerlo, caso de adentrarse,  en la Iglesia, ya que para estos menesteres era, o es necesario, una Bula Papal y no nos consta que nuestro personaje, paisano de Rebocato, estuviera en posesión de ella.
   En décadas anteriores, muchos artistas, bohemios, intelectuales e incluso guerrilleros usaban boina, léase: Pío Baroja, Unamuno, Manuel Azaña, Josep Pla, Miguel Delibes, Pablo Neruda, el Che, etc., por mentar algunos. Que pena que se haya perdido su uso, mucha culpa de ello hay que achacárselo al Esteso y al Pajares –humoristas de mediopelo- ya que no paraban de aparecer a lo largo de los años 70 y 80, del siglo pasado, en la tele provistos de: boina calada hasta las cejas, traje de pana gorda y garrote en mano; parodiando, de mala manera, a las buenas y sanas gentes del ámbito rural de nuestros pueblos de entonces. Otro que ayudó a la sensación de ridículo de llevar boina  era el gran Gila, el cual, a pesar de ejercer un humor mucho mas inteligente y a años luz de la pareja mencionada anteriormente, pero, como aparecía en pantalla también con boina, se le asociaba con el aldeano imperante en nuestro ámbito rural.
      En nuestro pueblo castellanoviejo la boina reinante sobre la molondra de los parroquianos era sagrada: nadie osaba quitársela a persona alguna de la chola, porque, en dicho caso, te la liaba buena el afrentado y descubierto de cabeza involuntario. Lo de capar la boina (cortar el rabo de la boina) eran palabras mayores, a Rebocato no le consta que persona alguna, en nuestro pueblo castellanoviejo, sufriera tamaña afrenta.
   En nuestro pueblo castellanoviejo los que utilizaban boina tenían una para los días de diario (con bastante solera, y que en lugar de negras, por su continuado uso, lavados y erosión meteorológica se volvían de color pardo) y otra para los domingos y festivos que lucían para acudir a misa y posteriormente a la taberna, donde no era obligatorio el quitársela.
   Según cada usuario, existian/ existen diferentes formas de colocarse la boina de marras sobre la cabeza, a gusto del parroquiano de turno: bien inclinándola hacia la izquierda, bien hacia la derecha, bien hacia atrás o bien hacia adelante. El rabo de la boina es el timón a la hora de asentarla sobre la cabeza con el fin de no revolver el pelo, caso de que el portador de boina disponga de él, es decir, de que no padezca alopecia.
   Ya metidos en la década  de los 70 del siglo pasado, con la concentración parcelaria llevada a cabo en el término municipal de nuestro pueblo castellanoviejo, llegaron los adelantos, es decir, la mecanización del campo con la pertinente maquinaria agrícola que desplazó a las yuntas de machos y bueyes, burros, trillos, arados romanos, arados de vertedera, trallas, aguijadas para guiar a la yunta de bueyes, carros de ruedas de llantas o de goma, gavilanes, azadones, hoces, cazoletas, cribas, horcas. horquillas, rastros, bieldos, rastrillas, celemines, medias (de medir áridos), eras para trillar,  aparejos y mantas para la burra, canastos; y resto de aperos de labranza que, dicho sea de paso, Rebocato disfrutó lo suyo con ellos, y con ello llegó también el abandono paulatino, por parte de las gentes del ámbito rural del uso de la boina, la cual empezó a ser sustituida, en las cabezas de los labradores más jóvenes, por las gorras de visera de plástico que les regalaban: las casas que fabricaban maquinaria agrícola y abonos, cooperativas, etc., Con el tiempo solo las personas mas mayores persistieron en el uso de la boina, hasta hoy en día en que prácticamente no se la pone nadie, si acaso algunas personas de edad muy avanzada y dentro de su casa porque al salir a la calle se la dejan dentro de la vivienda, influenciados por sus emigrados hijos.

UNA HISTORIA DE AMOR: La boina rodadora.
   Era costumbre por los parajes de nuestro pueblo castellanoviejo de antaño que, el novio, ya casadero, alguna noche, entre semana, se acercara un rato a la casa de su única novia formal y seria. Aquel, llamaba a la puerta de entrada a la vivienda, salía la novia a recibirle y mientras los padres y hermanos de ella –caso de tenerlos– se calentaban (caso de necesitarlo) en la lumbre baja de la cocina o en la cocina económica del comedor –las casas que dispusieran, en aquel entonces, de este último adelanto de antaño–, la pareja se quedaba en el portal de la casa pelando la pava, es decir, intercambiando impresiones, haciendo manitas, ji ji, ja ja, y poco más.
   Hace muchos años, contaba a sus hijos, nuestro labriego castellanoviejo, una anécdota, ocurrida por aquellos lugares, en la que un mozo del pueblo –ya vuelto de la mili y con boina calada sobre su mocha– un día pidió consejo a su padre a resultas de que estando flirteando con la novia una noche en el portal de la casa de aquella, trató de meterle mano y ella lo que le metió a él fue un guantazo de la órdiga, que acabó con la boina del mozo fuera de su testa y rodando portal abajo de la casa. 
   El padre del mozo al oír estos acaeceres por boca de su cortejador y atribulado hijo, le advirtió al respecto:
   –Hijo mío, si de soltero te pega ¿de casado que no te hará….?
   Pero como el amor es ciego, obnubila, mayormente, las seseras; y lo puede y perdona todo; a resultas de ello el hijo obvió el consejo de su padre y acabó, tiempo después, casándose con la novia agresora y/o defensora de su intimidad, intuyendo que la agresión  estaba totalmente justificada por la moza con el fin de mantener su decencia impoluta y evitar la posibilidad de acabar mancillada en la penumbra del profundo y frío portal de su propia casa.

EPILOGO:
   A Rebocato le gustaría recuperar el uso de la boina pero cada vez que menta en su casa el comprarse una, su mujer le anuncia: “¿Pero estás tonto o qué?, cómprate una gorra inglesa y déjate de atuendos de abuelos. Yo contigo no salgo a la calle si te pones boina”. 
    Para gorras inglesas de los bucaneros – filibusteros – piratas – corsarios  ingleses está nuestro amigo después de lo del Bretxi.
   En fin, una pena que se pierda una tradición tan ancestral, y con la poca predisposición de apoyo a la causa, del mal llamado sexo débil, hay que arrojar la toalla. ¡La boina ha muerto!. Esperemos, como mal menor, que su desaparición sirva al menos para que las dos Españas no la emprendan, por enésima vez, a gorrazos mutuos. En fin, somos un país, históricamente hablando, de guerras civiles.


        HistoriasdeRebocato@abril-2017

1 de febrero de 2017

REBOCATO MONAGUILLO (2ª Parte)



               REBOCATO MONAGUILLO (PARTE )
                                                                                                                                                                                                                                    (Continuación)



         LA CÉDULA DE COMUNIÓN

       En nuestro pueblo castellnoviejo, una vez al año –cercana ya la Semana Santa– prácticamente, todas las personas de bien del pueblo, se confesaban y comulgaban. Para tener un control de que esto fuera así, la iglesia católica puso en circulación la cédula de confesión y comunión, la cual, si obraba en poder de una persona, confirmaba que esta había pasado por el acto de recibir la Eucaristía al menos una vez al año (que no hace, o no hacía, daño).


     El/la individuo/a al pasar por el confesionario, el cura, después del acto de contrición,  le facilitaba la cédula de marras que acreditaba que, esa persona, había cumplido con el precepto pascual.


           Pie de foto.- Una cédula de marras cualquiera, de un pueblo cualquiera, la cual está rectificada a mano con el fin, barruntamos, de la optimización de recursos. Ignoramos si el comulgado, poseedor de la cédula que le acreditaba como limpio de pecado, si pudo comulgar los años sucesivos con la que se nos avecinó en los años 1936/39 y la posterior <Victoria duradera> de unos ganadores, que no <Paz verdadera> de los otros perdedores, obviamente.



     El/la confesado/a se llevaba la cédula a su casa gratuitamente, ahora bien, como casi todo tiene sus daños colaterales, la cédula dichosa también los tenia, ya que una vez que, casi todo el pueblo había confesado y comulgado como Dios manda, llegaba el día en que el cura convocaba a todos sus monaguillos, entre ellos a nuestro sin par Rebocato, el cual, como comprobaremos mas adelante, iba a probar, en sus escasas carnes acumuladas en su cuerpo, los daños colaterales de la mentada cédula.        
 Los acólitos, cestas de mimbre en mano, pasaban de casa en casa por todo el pueblo llamando a las puertas de cada vecino.

     La comitiva, de monaguillos y el párroco, salía con las cestas de la casa municipal del cura y un monaguillo se adelantaba e iba tocando puerta por puerta de las casas del pueblo y, empujando el portón superior, bramaba en el portal:

      –¡Vaya preparando las cédulas que venimos a recogerlas!

    La dueña de la casa cogía las cédulas de los confesados y comulgados de dicha casa y, a su vez, preparaba media docena de huevos, los cuales se los entregaba a los monaguillos que los metían en una de las cestas y las cédulas se las daba al sacerdote. Reseñar que si alguna vecina soltaba una docena de huevos o más, ni el cura, ni los monaguillos peticionarios le hacían ascos.

     La gente daba los huevos que buenamente podía y, cuando se llenaba una cesta de huevos, un monaguillo la llevaba, con el fin de vaciarla, a la casa del cura, en la cual reinaban la madre y una sobrina de esta y, a su vez, prima de aquel;  las cuales ponían los huevos recolectados, a buen recaudo para al día siguiente venderlos a alguna de las tenderas del pueblo.

     Los monaguillos se iban turnando con las cestas y los avisos, y cuando, esa mañana, le tocó a Rebocato llamar a las puertas de las casas para la recogida de cédulas, con gran resolución y brío se dirigió a la puerta de entrada de una de las viviendas y abriendo el portón superior gritó, voz en grito, hacia el interior de la casa –más que nada por romper la monotonía del ya trillado <Que venimos a por las cédulas>–:


     –¡Que venimos a por los huevos!

    Salió la dueña de la casa y observó como el cura –que venia detrás de Rebocato con el resto de monaguillos portando estos las cestas, los cuales habían oído, todos, el anuncio innovador de nuestro amigo– se acercó a este y le cruzó la cara con un par de guantazos de los que hacen ver las estrellas aunque impere un día de sol radiante, y menos mal que la vecina intervino mostrando una cara de circunstancias y le expuso al cura:

        –No se lo tome a mal, señor cura, cosas de críos.

     Pero ya era tarde, a Rebocato no se le enfrió la cara, en toda la recolecta matutina de lo que ponían las gallináceas de nuestro pueblo castellanoviejo en los nidales de los diferentes gallineros y corrales de las casas respectivas vecinales.

    A Rebocato, a día de hoy, aún no se le ha olvidado aquella experiencia, y cuando oye hablar de cédulas, le viene a la cabeza la palabra <hostias>, tanto materiales: en forma de pan ácimo consagrado, es decir, el Cuerpo de Nuestro Redentor; como físicas: en forma de guantazos, también repartidos –como aquellas– por el entonces cura párroco de nuestro pueblo castellanoviejo.

    Rebocato durante el resto de la petición de cédulas y lo que conllevaba, iba temiendo llegar a la casa de nuestro labriego castellanoviejo, a la vez que, pensando en ello, se encomendaba a los tres santos patronos de los monaguillos (Santo Domingo Savio, Santo Domingo del Val y San Tarcisio, por los que sentía una gran devoción), debido a que, barruntaba, que el cura contaría lo sucedido y entonces nuestro amigo recibiría un suplemento de guantazos, en base a su atrevimiento, por parte de nuestro labriego castellanoviejo. Menos mal que cuando llegaron a la casa nuestro labriego no estaba en ese momento en ella, y su mujer, al oír el caso por boca del párroco, le dio una reprimenda a Rebocato y la cosa quedó en eso. Para zanjar el asunto, la mujer, aparte de entregar –junto con las cédulas– una docena de huevos, sacó una bandeja con rosquillas de Pascua para deleite del cura y monaguillos, los cuales dieron buena cuenta de ellas (de las rosquillas únicamente, claro está).

  Acabada la recolecta, ya con todas las cédulas y huevos –donados graciosamente por las parroquianas respectivas, y en supuesta gracia de Dios de todos los moradores de las casas– a buen recaudo en la casa parroquial, los monaguillos, ese día, se dispusieron a comer en casa del cura, y el menú consistía en lo que nuestros lectores estarán pensando: huevos fritos, pan candeal de hogaza, agua fresca del depósito municipal y como postre: naranjas.


         LA SEMANA SANTA

     En Semana Santa los feligreses de nuestro pueblo castellanoviejo estaban todo el santo día, excepto a la hora de dormir,  en el recinto de la iglesia.

Se iniciaban los actos con la entrada, de los feligreses variopintos, en la iglesia el Jueves Santo por la tarde, para asistir a los Santos Oficios en los que se conmemoraba la Última Cena de Jesucristo y Apóstoles; lavatorio de pies; tumbada del cura todo lo que era  de largo en el suelo, etc.

    Con el fin de que la celebración de los actos religiosos llegaran al máximo número de parroquianos posibles, se esperaba la llegada del coche de línea a la plaza mayor del pueblo y así los vecinos emigrados a la capital –en busca de una vida más llevadera lejos de los adelgazantes aperos de labranza y de los educadores cintazos, mosconazos y soplamocos, merecidos la mayoría de las veces– pudieran deleitarse, como el resto de moradores no emigrados, con las culturales amenas y gratificantes ceremonias impartidas de forma altruista por el cura.

   Por la noche moría El Mesías y hasta la mañana del Domingo de Resurrección varios grupos de mujeres se turnaban para estar todas las santas noches rezando en la iglesia, emitiendo jaculatorias y otros salmos ante el altar mayor pletórico  de velas y cirios, y unas siluetas de madera de judíos pintados (sacados para la ocasión) a ambos lados del altar. Los Glorias de los padrenuestros y rosarios se omitían hasta dicho  Domingo, asimismo las imágenes de las capillas se tapaban con telas, preferentemente moradas (posiblemente, hoy en día, ese color no sería políticamente correcto en ese lugar), hasta la Resurrección de El Nazareno. El jueves por la noche a la hora de la muerte de Nuestro Señor se apagaban las luces y velas de la iglesia y con carracas se producía durante unos minutos un ruido infernal, lo cual, a los niños más pequeños allí presentes, les provocaba un pánico atroz y algunos de ellos trataban de salir corriendo, pero claro, con todo a oscuras cualquiera se movía; en cambio los chicos mas creciditos se lo pasaban bomba porque era la ocasión para decir y hacer lo que quisieras dentro de la iglesia. Uno podía aprovechar la coyuntura de las tinieblas, para zumbar la badana a otro compañero cercano, al cual tuvieras ojeriza o que tuvieses alguna que otra cuenta pendiente con él, sobre todo si ese él era mucho mas fuerte que ese uno. Hasta de la muerte de Jesús se aprovechaba algún católico mocoso (dicho esto sin ánimo de tratar de mocosos a los católicos, Dios nos libre) para vengar alguna que otra afrenta callejera pendiente. 

    Contaba a sus retoños nuestro labriego castellanoviejo que cuando él era niño (cosa de que a nuestro amigo le costaba imaginar que eso hubiera sido posible, ya que, cundo este nació aquel ya iba a cumplir 50 años de vellón), en una de las capillas laterales de la iglesia que disponía de un suelo entablado, que cuando se hacia la Ruidera en la noche del Jueves Santo, algún chico aprovechaba la coyuntura (ruido y oscuridad) para clavar con puntas las puntas (valga la redundancia) de los mantones de alguna abuela a las tablas, y cuando cesaba el ruido y volvían las luces, la sorpresa de las abuelas clavadas de mantón era mayúscula, y ello ocasionaba las risas contenidas de los chiquillos que estaban en el ajo.

    El Viernes Santo vuelta a la iglesia de buena mañana para escuchar el Sermón de la Montaña. El día transcurría en el interior de la parroquia con misereres y viacrucis con el cura, monaguillos (entre estos Rebocato) dando vueltas a la iglesia con parada y rezos varios en cada una de las 14 estaciones a enumerar: condena, cruz a cuestas, las tres caídas respectivas, encuentros con la Virgen, Cirineo tratando de ayudar (de él nunca mas se supo, no existían cámaras de vigilancia en el entorno), La Verónica (no nos referimos al lance famoso de la tauromaquia), mujeres lloronas de Jerusalén (no sabemos si profesionales plañideras), despojo de vestiduras, clavado en la cruz, muerte, bajada de la cruz y sepultura.

   Y así hasta el Domingo de Pascua cuando ya se alegraba un poco la cosa con la Resurrección y Gloria del Crucificado, y se iba el acojono de los chavales con tanto encierro y rezos en la iglesia. Menos mal que en nuestro pueblo castellanoviejo en Semana Santa se hacían rosquillas y pan mantecado que alegraban un tanto las penas, sobre todo en los mas pequeños.

    Tal era la actividad de actos eclesiásticos durante esos 4 días, que el cura párroco contrataba a un predicador para que le echara una mano, sobre todo con los sermones y predicaciones desde el púlpito o a pie del altar mayor, respectivamente. Dicho predicador también daba catequesis a los chicos (incluye chicas) del pueblo. Un año el predicador mandó hacer un demonio de trapo y el día de Pascua de Resurrección lo quemó con los chicos (solo al muñeco) en la plaza del pueblo, y después el predicador les invitó a todos a escupir sobre las cenizas del ángel otrora caído y ahora quemado. Lucifer quedó destruido para siempre jamás, pensaban las criaturas habilmente manejadas por el predicador.

      A pesar de todo los niños sobrellevaban la Semana Santa como buenamente podían, unos con fervor,  otros con acongojamiento extremo. Incluso, después de estos avatares, la vida continuaba su curso en nuestro pueblo castellanoviejo.


        ENTIERROS Y CLAMORES

    Al sentir de Rebocato lo más duro en la labor diaria de ejercer como monaguillo, era el asistir a los funerales de los lugareños finiquitados en nuestro pueblo castellanoviejo. Normalmente los monaguillos no iban al camposanto para los enterramientos, salvo en casos muy especiales; no obstante, si que acudían, acompañando al cura, a la casa del muerto con este de cuerpo presente, cuya visión, y el ambiente que rodeaba la puesta en escena, no era muy agradable a los ojos de nuestro amigo, y lo que más le impresionaba eran los llantos, lamentos y aflicciones de alguno de los familiares mas íntimos del desaparecido.

    Llegada la hora de llevar el cuerpo (al que le llegó su hora), introducido en su caja correspondiente, a la iglesia para celebrar el funeral, el cura y dos monaguillos –estos provistos: uno con la gaveta conteniendo agua bendita e hisopo incorporado de serie, y el otro con el incensario y la naveta con el incienso dentro– se encaminaban a la casa donde se encontraba el finado. Aclarar que, los cuerpos de los muertos hasta bien entrados los 90 del siglo pasado, permanecían en sus casas respectivas, donde familiares, amigos, vecinos, algún que otro pelma, etc., les velaban, desde el fallecimiento hasta la hora de llevarlos a la iglesia para comenzar la misa  funeral, y posterior entierro en el cementerio municipal; no como ocurre actualmente en que, para velar al difunto, se le instala en un lugar llamado velatorio, donde acude la gente para desempeñar ese cometido, con lo cual, una vez uno desaparecido, se pierde la intimidad de estar disfrutando de tu propia casa hasta el último momento: con el hándicap de que en el hogar de uno te velaban toda la noche y, actualmente, en los locales de hoy en día destinados a ese fin, llegan las 10 de la noche y despachan a todos los amigos y familiares del que falta, abandonando a este a su suerte hasta la mañana siguiente y sin saber que será de él durante todo ese tiempo.

    Hace no tantos años al exánime –cuyo turno de deceso era dictaminado por las tres viejas hermanas mitológicas que atienden por los nombres de: Cloto que hila, Láquesis que devana y Átropos que corta el hilo de la existencia– en nuestro pueblo castellanoviejo, normalmente, para velarle se le metía en el féretro sin poner la tapa encima y se le instalaba en la sala de la casa, con algún que otro cirio al lado, caso de disponer de ellos, con el fin de dar algo de ambiente cálido a la sala. Alrededor del ataúd se ubicaban sillas por doquier y las personas allí sentadas se disponían a velar. Hablando y rezando. Se rezaba también un rosario al que acudían todas las beatas del pueblo asociadas a alguna que otra pseudocofradía, con apariencia semiclandestina según barruntaba nuestro amigo en el interior de sus cortas entendederas.


    Como hemos mencionado anteriormente, antes de empezar el funeral, el cura acompañado de dos monaguillos se desplazaba desde la iglesia hasta la casa del fallecido. La familia, unos minutos antes de llegar la comitiva, sacaba a aquel manteniéndole dentro del féretro –sin colocar, aún, la tapa de marras– al portal de la casa, de tal forma que con los portones abiertos, desde la calle, el cura, una vez llegado a la casa del fenecido, sin llegar a entrar procedía con la ceremonia desde allí mismo, no era cuestión de recrear en el portal la famosa escena del camarote de los hermanos Marx.

   El cura entonaba unos cánticos, y echando mano de las herramientas de trabajo (pocas callosidades provocaban estas) que le portaban sus monaguillos: humeaba con el incensario hacia el interior del portal donde se encontraba expuesto el cuerpo del visitado por la parca y remataba la faena asperjándole con el hisopo. Acabado el corto rito se procedía a colocar la tapa del féretro para tapar al difunto y en ese momento empezaba el llanto de los familiares mas íntimos, sobre todo el de las mujeres, estas con un sentimiento manifiesto supuestamente real, ya que por aquellos lares no se alquilaban plañideras, entre otras razones porque no existían y caso de que hubieran existido, los cuartos se invertían en cosas menos mundanas y de mucha más necesidad en el día a día familiar.

     Acabada la pequeña ceremonia cura y monaguillos volvían grupas hacia la iglesia, acompañados por los asistentes al acto, algunos de estos con el féretro a cuestas, o bien, montado en el carro mortuorio municipal de cuatro ruedas hinchables y de tracción animal racional, es decir: lo empujaban los hombres voluntariamente, menos mal que nuestro pueblo castellanoviejo es completamente llano excepto alguna que otra ligera cotarra existente, que no cotorra, que también abundaba alguna por el contorno.

   Mientras tanto el sacristán o, en su defecto, los monaguillos, en el campanario, repiqueteaban las campanas de la iglesia con toque de clamor hasta que volvían a la iglesia el cura, los monaguillos, el féretro con su contenido y la caterva de acompañantes.

   Para saber cuando tenían que acabar con el toque de campanas había que asomarse por alguna de las ventanas de la torre del campanario de la iglesia, donde se encontraban ubicadas las campanas a saber: la mayor, la mediana y la pequeña. Cierta vez, por falta de personal ya que solo había en plantilla dos monaguillos y el pseudo sacristán, Rebocato subió solo al campanario a repiquetear a clamor y, de vez en cuando, se asomaba por una de las ventanas del campanario a una de las cinco calles que confluían hasta la iglesia, para ver si llegaba la comitiva con el féretro incluido, resultando que, se asomaba por la ventana a la calle que no correspondía por donde debía venir la comitiva, debido a que el finado no murió en su propia casa (cosa que nuestro amigo ignoraba), sino en la de una de sus hijas que vivía en otra zona del pueblo y el acceso desde esa casa a la iglesia era por la calle norte a la que Rebocato, evidentemente, no se asomó ni por asomo, resultando que el cortejo estaba ya dentro de la iglesia y Rebocato, ignorándolo, permanecía, impasible el ademán, repiqueteando sin cesar, hasta que al final tuvo que subir el otro monaguillo para avisarle con el fin de que parara de una vez con el toque de clamor, ya que, a causa de ello, la iglesia era un clamor. Si no es por el aviso, posiblemente nuestro amigo seguiría allí, impertérrito, repica que te repica.

    Menos esa vez, normalmente, ya todos dentro de la iglesia, cesaba el repiqueteo y se procedía a comenzar el funeral con misa de difuntos y responsos varios incluidos. El cura se liaba a responsear a pie de féretro con el bonete en la mano y todos los hombres de dentro de la iglesia se acercaban y depositaban, mayormente, perras gordas dentro de él. Así varias veces de idas y venidas hasta que se acababan los rezos del responso, posiblemente, más tarde que las pocas perras de los paupérrimos bolsillos de cada vecino presente en el acto.

     Pasó el tiempo, y después de estar unos tres años ejerciendo y no sabemos si por un ligero mosqueo con el cura o por abandonarles a ellos de repente la vocación, los dos monaguillos en activo (uno de ellos Rebocato) decidieron dejar plantado al párroco. Y cosa rara, nuestro labriego castellanoviejo no le dijo ni mu al respecto a Rebocato, ni le llamó a consultas.

    Cuando días después de la renuncia fue Rebocato a confesarse por ser primer viernes de mes, el cura le dijo que qué era eso de haberse despedido a la francesa, aquel como si le hubiera hablado en chino: ¿Cómo?. El cura le respondió: Bueno, dejémoslo, eres muy joven para entenderlo.

    Decir que Rebocato después de la renuncia a los hábitos de ayudar a misa los domingos y fiestas de guardar pensaba: <no he llegado a hacer fortuna en estos tres años, pero lo importante es la salvación eterna y permanecer cerca del intermediario de la iglesia católica que te ayudará a lograrlo>. Por otra parte el Papa Juan XXIII había fallecido un año antes de empezar a ejercer él, y nuestro amigo barruntaba que con el Pablo VI el escalafón tardaría años en moverse de nuevo, por lo tanto su posible ascenso en la jerarquía se le antojaba una misión harto difícil. De cara al incierto futuro que se avecinaba, habría que buscarse otra salida profesional con el fin de perder de vista a los bichos (animalitos, no padres y hermanos) de casa y a los entretenidos, y a la vez implacables en su uso cotidiano, aperos de labranza.


             HistoriasdeRebocato@febrero-2017

25 de enero de 2017

REBOCATO MONAGUILLO (1ª Parte )




              REBOCATO MONAGUILLO (PARTE )     
    
      Muchos años ha, nuestro amigo Rebocato se encontró en la disyuntiva de elegir entre el cobrar por parte de nuestro labriego castellanoviejo, o cobrar por el cura, es decir, si los domingos y fiestas de guardar no asistía al Oficio de la Santa Misa, bien a la Misa Pequeña (Misa rezada, en la que solo se encendían dos velas en el altar mayor y no se utilizaba el incensario), bien a la Misa Mayor (Misa Cantada en la que se encendían cuatro velas en el altar mayor y se usaba el incensario, en el cual se introducía una pastilla de carbón encendida y se le alimentaba con el incienso contenido en la naveta y servido, hacia el interior de aquel, con una cucharilla, lo que provocaba una pequeña humareda aromática), nuestro labriego le atizaba unos cuantos mosconazos, como mal menor. Debido a esto, Rebocato, optó por ejercer de monaguillo en la parroquia y, de esta manera, asistir a ayudar a misa con lo cual recibía por salario –por parte del cura– una peseta los domingos y festivos, y una perra gorda los días laborables de lunes a sábado, ambos inclusive.


       Como el sueldo no era muy boyante que digamos, un día a uno de los monaguillos se le ocurrió la idea de distraer algunas perras gordas de la cesta de la petición de dinero que se hacía a los feligreses durante la celebración de la misa.  Cada día pasaba la cesta un monaguillo y entre todos decidieron que al acabar con la petición, dejar la cesta dentro de la sacristía ya que, allí estaba alejada de la vista de todo el mundo (aunque no  los ojos de Dios que todo lo ve), hasta de la del cura que continuaba oficiando impávidamente, y así poder apoderarse de algunas monedas sin testigo alguno.

       Durante un tiempo nuestros audaces monaguillos estuvieron mangando perras gordas impunemente, hasta que un día, el sacerdote, que ya andaba con la mosca tras la oreja dado que la recaudación cada día era más mermante, les ordenó a sus acólitos que al finalizar la petición, la cestilla de las monedas la dejaran a la vista, a un lado del altar mayor donde se estaba oficiando la misa, con lo que la trama se vino abajo aunque sin juicio alguno (ignoramos si el Bárcenas y otros muchos políticos nuestros actuales ejercieron de monaguillos en su día) para los pseudo obispillos apandadores.

       El Convenio de los monaguillos con el Cura incluía, también, el asistir a los rosarios y novenas todos los días de la semana, con lo cual, en ello consumía Rebocato el poco tiempo libre que le quedaba a lo largo del día, después de asistir a la escuela pública, echar de comer a los bichos de las cuadras y corrales, hacer deberes, etc.

    Vamos, que el día aunque le cundía a nuestro amigo, no disponía de excesivo tiempo libre que dedicar al ocio y a la holganza. Está escrito: < el ocio es la fuente de todos los  vicios >.



          Pie de foto.-   Tal que así era el traje de monaguillo –sin tanta puntilla ni lazo alguno– que utilizó Rebocato cuando ayudaba a misa en domingos y fiestas de guardar. El traje de la foto debe de ser el de un acólito de catedral, al menos.



     Una de las cosas que le llamaba la atención a Rebocato  eran los excesivos viajes que hacía el párroco al obispado de la capital de provincia algunos días laborables después de la misa. El  eclesiástico disponía de un Seat 600, lo cual no era moco de pavo ya que, en aquel entonces, en nuestro pueblo castellanoviejo, solo existía otro automóvil: el del practicante. Ni el boticario disponía de uno, ni tan siquiera el bondadoso médico cojitranco de iguala que simplemente disponía de una bicicleta para sus visitas a los pacientes postrados en sus lechos de dolor, lo cual era un agravio comparativo con respecto al practicante.

    El cura se las apañaba, no sabemos como, para meter sus casi dos metros de cuerpo –sotana de 33 botones como la edad de Cristo, incluida y posiblemente arremangada para maniobrar mejor con los pedales– dentro del pequeño auto y se encaminaba conduciendo hacia la capital. Muchos años después, ya fenecido el clérigo, se descubrió el enigma del por qué de muchos de sus viajes.


             AYUDAR A LA SANTA MISA

       Cuando nuestro amigo empezó a ejercer de acólito ya tenía uso de razón  (en aquel tiempo se alcanzaba a los 7 años de edad, cuando se tomaba la primera comunión, hoy en día se ignora con que edad se consigue tal uso) y tuvo la suerte, durante unos meses, de ayudar a misa cuando, esta, se celebraba en latín y de espaldas a los feligreses, es decir, cura y monaguillos ofreciendo el culo –en el buen sentido de la palabra– a los pacientes practicantes; y luego, hasta que colgó los hábitos –tres años después– de cara al público y en castellano o español, que es lo mismo. Obviamente en la iglesia de nuestro pueblo castellanoviejo hubo que desplazar la mesa rectángular del altar mayor separándola un par de metros del muro principal de la iglesia donde se encontraban ubicados, también, el gran retablo barroco y el sagrario.

    Rebocato a diario entraba a la escuela pública (no existía otra) a las 09:00h, pero, antes de las 08:00h (hora en la que comenzaba la misa en días laborables) tenia que estar en la iglesia con el sacristán y los otros monaguillos (caso de que hubiera más de dos se iban turnando entre ellos los días de diario para ayudar a misa). El sacristán abría con una llave, de tamaño considerable, la puerta de entrada a la parroquia y una vez dentro, con otra llave, de tamaño nada desdeñable, abría la sacristía. Los monaguillos se metían en ella y, mientras esperaban la llegado del párroco, para matar el rato aprovechaban para dar un tiento a la botella de vino a consagrar, posteriormente, durante la celebración del Santo Oficio para convertirlo en sangre de Cristo.

     Cuando llegaba el párroco y entraba en la sacristía los monaguillos, ya dentro de ella, clamaban al unísono con el aliento apestando a vino moscatel sin consagrar:

      –Buenos días tenga usted, ¿qué tal ha descansado usted?.

      A lo que el sacerdote contestaba:
     –Bien gracias a Dios, ¿y vosotros?.

      Y el coro improvisado y amoscatelado respondía:
     –Bien gracias a Dios.

    Acto seguido el reverendo abría uno de los enormes cajones de la cajonera (que era grande de cojones, como diría un mulero de los de antes) en la cual se guardaban los manteles del altar y las vestiduras sagradas. Sacaba su ropa de oficiar y con la  ayuda de los monaguillos comenzaba a revestirse con el siguiente orden correlativo de ropajes:

     –Amito.
     –Alba.
     –Cíngulo.
     –Estola.
    –Casulla. (Según el tipo de misa a celebrar se elegía una de un color o de otro)
     –Manípulo.

      Una vez, el cura, totalmente revestido –quedando más majo que un San Luis– salían los monaguillos de la sacristía precedidos por él. El párroco con el cáliz en las manos (el copón bendito, con las sagradas formas de pan ácimo en su interior, quedaba bajo llave en el Sagrario hasta el momento de la consagración). El oficiante se colocaba en el centro del altar mayor y dos de los monaguillos en los extremos respectivos de aquel.

    Las misas en las mañanas de crudo invierno mesetario eran duras de narices, debido a que la iglesia de la única calefacción que disponía –aparte del escaso calor humano desprendido por los enjutos y arrugados cuerpos de las viejas beatas presentes en las mañanas de misa de diario– era la de las dos velas del altar mayor y, obviamente, no aportaban calor suficiente para caldear el recinto sagrado. Ya se sabe: para alcanzar la salvación eterna hay que sufrir.


     Tampoco ayudaba mucho la ropa particular (los hábitos –ropajes– de monaguillo solo se les daba utilidad en domingos y fiestas de guardar) con la que iba perpetrado Rebocato (similar a la de los otros monaguillos) y el desayuno diario consistía en unas simples sopas de ajo la mayoría de las veces, eso sí, luego, en la escuela, repartían un vaso de leche en polvo por cabeza, donado graciosamente por el tío Sam (hoy en día Trump, al igual que nos ha quitado la Web en castellano de la Casa Blanca –presentimos que Mariano en la página, caso de que exista, de la Moncloa no habrá incluido idioma alguno de las otras lenguas vernáculas de nuestro Estado– barruntamos que nos la hubiera dejado de suministrar, al igual que el queso para merendar). El azúcar se lo llevaba cada uno procedente de su casa, dentro de una caja de cerillas –actualmente esto sería venenoso para los niños–, y muchos ni eso, se la bebían a palo seco, aunque ingiriéndola de esa manera sabía a demonios.

    Ya con el altar desplazado para oficiar la misa de cara al publico y llegado el momento de la Consagración, todo el mundo echaba rodilla a tierra, los monaguillos hacían lo propio quedando tapados por el altar y sus manteles colgantes. Una mañana en el momento de la Consagración, Rebocato y el otro monaguillos, los dos de rodillas y colocados, detrás del altar, a ambos lados del cura, y sin ser vistos por los feligreses, flexionaban el dedo corazón apoyándolo contra la yema del dedo opuesto (el pulgar, del cual dicen que nos ha hecho evolucionar respecto al resto de primates) formando un circulo con ambos, y escupian un salivazo sobre la uña del dedo corazón doblado y echándose ambos monaguillos con el tronco hacia atrás, con el fin de salvar el cuerpo del alto cura, soltaban el dedo corazón y se lanzaban, uno al otro, los salivazos depositados en sus dedos. El párroco observo, de refilón, la jugada y en el mismo momento de levantar la sagrada hostia, en un acto de habilidad divina, soltó una patada lateral sobre Rebocato, el cual cayo de lado y su cabeza (la cual siempre ha sido de un volumen bastante considerable) quedó visible (como la de Holofernes cortada por Judith, aunque sin sangre) en el lateral del altar de cara a los parroquianos, los cuales pensarían que le había dado un vahído al pobre muchacho.

    En esa ocasión el cura no se esperó a finalizar la Consagración para repartir la hostia. No hubo comentarios ni castigos posteriores, la cosa quedó ahí, como las acciones extradeportivas de los futbolistas: <en el campo de juego>.



             EL SANTO ROSARIO

       Con el fin de que no se herniara nuestro cura párroco, en la iglesia el rosario lo rezaba en voz alta un monaguillo, el cual, se plantaba de píe y con rosario católico de cuentas en mano, a píe del altar mayor y cara a la concurrencia. Desde allí comenzaba con los misterios: gozosos, dolorosos o gloriosos –los luminosos de los jueves, fue un invento posterior del Juan Pablo II en 2002– según tocara con respecto al día de la semana. Después de acabado el rosario se pasaba a la letanía, para lo cual el monaguillo disponía de un pasquín  en el que estaba reflejaba toda ella al completo. De tanto repetirla, al final, los monaguillos acababan por memorizarla y la recitaban de carrerilla, con el <ruega por nosotros> intercalado y cantado por el público entre Señores, Cristos, Espíritus Santos, Dioses, Virgenes, Madres, objetos sagrados, Corderos, etc. que recitaba el monaguillo.

      Después intervenía el cura para rezar la novena y, una vez acabada esta, las buenas gentes del pueblo se retiraban a sus casas respectivas para echar de comer al ganado mayor, ellos; y preparar la cena, ellas, que consistía, las más de las veces, en una sopa y pescado azul.

    Transcurrido un duro día de trabajo, después de la cena, nuestro labriego castellanoviejo aún tenía agallas de empezar –caso de no haberlo podido hacer antes– a preguntar lecciones, dictar dictados, leer párrafos, poner cuentas y problemas a toda su tropa que no anduviera en seminarios, hermanos de la salle, milicias, o metidos en otros fregados, más o menos formativos, lejos del ámbito familiar.

   Antes de irse los hijos más pequeños a acostar nuestro labriego castellanoviejo les echaba la bendición pertinente para que estuvieran protegidos por el Dios único y verdadero, durante su caída involuntaria en los brazos de un tal dios mitológico griego  que atiende por el nombre de Morfeo.


               BODAS Y BAUTIZOS

    Para los monaguillos el momento mas crucial y productivo de la celebración de estos dos sacramentos era cuando finalizaban ya que, antes de salir de la iglesia los participantes directos en estos eventos sacramentales, abordaban al padrino del sacramento celebrado para demandarle la propina, la cual consistía en unas perras gordas, mezcladas con alguna moneda de dos reales y, si por casualidad, se colaba, entre esas monedas, alguna rubia (peseta) ya era gloria bendita.

    La verdad es que, en aquel entonces, las dádivas en estos actos no eran muy halagüeñas que digamos, ignoramos como les irá a los monaguillos actuales.

    Al final de la ceremonia del bautizo cuando salía el bautizado de la iglesia con los familiares mas directos y padrinos, la chiquillería de nuestro pueblo castellanoviejo esperaba extramuros del recinto sagrado y al ver salir a la comitiva entonaban, voz en grito, el:

    Señor padrino.
    Que no se lo gaste en vino.
    Que se lo gaste en confituras.
    Que si no se le muere la criatura.

   En ese momento el padrino lanzaba algunos caramelos y bolas de anís y algunas perras gordas (monedas de antaño, no caninas de entonces y de ahora).

    Los mocosos, seguían a la comitiva hasta la casa de los padres del recién librado del pecado original a base de: letanía, exorcismo, sal, unción, bendición, renuncia y profesión de fe, bautizo con agua bendita, imposición de vestido blanco y entrega de cirio.

     Una vez que entraba la comitiva en casa y con los chicos del pueblo castellanoviejo en la calle, los padrinos y familiares del bautizado comenzaban a tirar caramelos y perras gordas a los rapaces los cuales corrían como locos para coger lo lanzado al aire y se peleaban disputándose las confituras y monedas de calderilla. 


              LAS ROGATIVAS

   Siempre recordará Rebocato los magníficos trigales que se daban en nuestro pueblo castellanoviejo, a causa, no solo por la dura y encomiable labor llevada a cabo por los experimentados labradores que se daban por aquellos lares, sino, mayormente, al sentir de nuestro amigo, por las rogativas que se hacían en primavera.

    La rogativa era una procesión que partía desde la iglesia de nuestro pueblo castellanoviejo hasta las tierras de labor donde ya, los trigales, cebadales y centenales, se levantaban más de una cuarta sobre los surcos de las tierras pertinentes, sabia y pacientemente labradas, sembradas, abonadas y escardadas por los labriegos del entorno, poniendo en práctica unas experiencias adquiridas a lo largo de los siglos.

     La comitiva iba encabezada por el párroco y con Rebocato y otro acólito a ambos lados de aquel. El cura iba entonando la letanía (primero en latín y a causa de los cambios litúrgicos –meses después de empezar a ejercer Rebocato– en Castellano) y la plebe, que venia detrás, contestaba, primeramente, con el: <Ora pro nobis> o, posteriormente ya con el Castellano imperante en la iglesia, con el: <Ruega por nosotros>.

    Llegados a las tierras de cereal, aún verde y en crecimiento hasta su siega o pedrisco de por medio, el cura trincaba el hisopo de la gaveta –llena de agua bendita que llevaba uno de los monaguillos– y asperjaba los cereales, con lo que los trigales, cebadales y centenales crecían recios como ellos solos. Rebocato no salía muy satisfecho de estos, digamos, conjuros, debido a que pensaba que entre mas recia y tupida estuviera la mies, más costaría después tirar de hoz para segarla, es decir,  a mas mies mas haces, y a mas haces más horas que dedicar a trillar, aventar y posterior metida del grano y la paja en el sobrado, desván y pajares de la casa. No obstante el seguía el protocolo con fervorosa fe, porque, ante todo, se sentía un autentico profesional desempeñando sus funciones como monaguillo. Criatura.

PD.- En el horno (y no nos referimos al inframundo del averno) está la segunda parte de <Rebocato monaguillo>. Dicen que segundas partes nunca fueron buenas, pero para romper la norma ahí están, por ejemplo, la 2ª parte de El Quijote o las tres películas de El Padrino, guardando las distancias con estos panfletos, claro está.
Próximamente en las pantallas de nuestros tantos y tontos cachivaches electrónicos de los que disponemos, caso de entrar en el Blog de Rebocato, podrá visionarse.


                                                                                                                             (Continuará)


                    HistoriasdeRebocato@enero-2017