Buscar este blog

25 de noviembre de 2015

TIRANDO DE HOZ

                                         LA SIEGA

            1.- EL PAJÓN Y SAN ROQUE

        Rebocato, después de un fatigoso día de siega y ya retornado a casa de nuestro labriego, con el sol puesto y anocheciendo, recibió, junto a su hermano que le precedía en edad (al cual su madre –cuando a este le daba el repente y al grito de ”mato, mato” trataba de agredir a alguno de sus hermanos, y con razón, por alguna broma o perrería que le habían hecho– le decía a la vez que trataba de contenerle: “estás venao”), la orden de nuestro labriego castellanoviejo de que fueran, ambos, a la laguna próxima a mojar el pajón.

      El pajón era un haz formado con pajas de centeno a las cuales, el verano anterior en la era, se les había sometido a un proceso llamado “hacer bálago”, es decir, se despojaban a las manojos de pajas de sus camisas respectivas, peinándolas con un bieldo metálico y, además, las cabezas de las pajas se sacudían contra las tablas de un trillo para dejarlas libres de grano, con el fin de evitar que las ratas de las cuadras de casa se las comieran, porque en ese caso, al descabezarse el pajón, las pajas ya no servían para atar los haces de la cosecha venidera, ni de ninguna otra.

       Una vez elaborados los pajones, se almacenaban en la casa de nuestro labriego castellanoviejo subiéndolos a los cabrios transversales que se presentaban debidamente apoyados en las vigas de la portada del corral, donde esperaban estoicamente hasta su utilización para atar los haces de la siega del año siguiente.

         El hermano de Rebocato subió ágilmente por la escalera de mano hasta encaramarse en los cabrios de la portada y, no sin cierto peligro y esfuerzo, dado el raquítico cuerpo que gastaba, aunque, eso sí, todo puro nervio, consiguió tirar hacia abajo uno de los pajones. Ya en el suelo, pajón y muchacho, este, cogió un cándalo largo de pino resinero y atravesó el pajón, de parte a parte, en la zona antes del vencejo que estaba próximo a las cabezas. Acto seguido haciendo una seña a Rebocato, agarraron cada uno un lado del palo levantaron la cabeza del pajón y, con la parte de atrás de este arrastrando, salieron del corral por las puertas carreteras para dirigirse, camino adelante, a la pequeña laguna cercana, denominada por aquellos lares como laguna de San Roque ya que se encontraba ubicada detrás de la ermita del mencionado Santo. A dicho Santo se le representa enseñando su pierna llagada –unas veces la izquierda, otras la derecha, según la imagen de cada parroquia– y acompañado por un perro, siempre con bollo de pan en boca que conseguía el animal para alimentar al Santo.
       San Roque libraba a las gentes creyentes de la peste negra o bubónica (que no borbónica) la cual se llevó por delante a un tercio (y no, precisamente de cerveza) de la población europea a mediados del siglo XIV.

       Ya definen al mencionado Santo las coplas (vaya usted a saber si son ciertas o apócrifas) inmortalizadas por el grupo de folclore segoviano "Nuevo Mester de Juglaría", con una ligera sospecha de pederasta, dado que no está precisada la edad de la niña animada a arrimarse a la viña del Santo. Dice la cantada copla:

“Arrímate a mi viña que soy San Roque, / que si viene la peste que no te toque. / Que no te toque, niña, que no te toque. / Arrímate a mi viña que soy San Roque”.

      Contaba a sus hijos nuestro labriego castellanoviejo que, cierta vez llegó a cierto pueblo cercano un predicador contratado para sermonear en la iglesia en la festividad de San Roque. El alcalde convino con el orador que por cada vez que durante el sermón pronunciara el nombre del Santo recibiría un real. Una vez subido el predicador el pulpito empezó a disertar, más o menos, en estos términos:

       “Carísimos hermanos, San Roque era un gran santo. San Roque era un buen hombre. San Roque era un magnifico sanador. San Roque era tan bueno y sencillo que hasta las ranas de la laguna se pasan el día diciendo: Roque, Roque, Roque, Roque…..”

        Y así continuo con el Roque.. Roque.. Roque.., hasta que el alcalde echando cuentas, ya que, cada vez que oía salir la palabra Roque de la boca del predicador, hacia una muesca en una madera “tipo tarja”, y barruntando que, con tanto Roque, peligraba el peculio/ pecunio municipal del municipio, se levantó y dirigiéndose al pícaro orador le hizo señas para que diera el sermón por concluido.

         Pero volvamos al asunto del pajón:

      Rebocato y su hermano enfilaron el camino hacia la laguna cercana, arrastrando el pajón, el cual, pesaba casi más que entre los cuerpos de ambos juntos, y una vez llegados a ella se descalzaron de su playeras, cuyos pies jamás habían pisado arena de playa alguna, e introdujeron el pajón en el agua, Rebocato se subió encima de él mientras su hermano empujaba a ambos hacia el bodón de la laguna. Un rato después de la plácida travesía acuática, se apeó Rebocato del pajón y dándole la vuelta a este se subió su hermano encima de él, ahora, le tocaba a nuestro amigo empujar. Una vez bien remojadas las pajas, los dos hermanos emprendieron la salida del agua tirando del pajón hasta tierra firme.

      Ya varados (Pajón, Rebocato y hermano) en la orilla de la laguna se observaron estos dos últimos, las piernas con el fin de quitarse las posibles sangujas que se les hubieran podido adherir a ellas durante el remojo, y calzándose las playeras volvieron con él pajón a casa, arrastrándolo tirando, los dos de nuevo, de cada lado del palo que lo atravesaba de forma aparente. La vuelta a casa se hacía un tanto más dura debido al incremento de peso del pajón a causa del agua absorbida por sus pajas.

         Cuando llegaron al corral de la casa subieron, a duras penas,  el pajón al carro y lo taparon con unos alforjones viejos y con una manta de aparejar las burras, con el fin de que mantuviera la humedad y así, a la mañana siguiente, las pajas tuvieran la flexibilidad necesaria hasta la hora de atar los haces, los cuales se formaban engavillando las gavillas después de la siega.

        Acto seguido Rebocato y hermano cruzando el corral y la cuadra de los machos, accedieron al interior de la vivienda en si, y cruzando, su largo portal, salieron por los portones delanteros a la calle, en concreto a la plaza rodeada de casas con el majestuoso depósito de agua en el centro de aquella, donde jugarian un rato al futbol con algún que otro primo carnal (aunque, también, poco entrados en carnes) y otros amigos, todos ellos vecinos de la plaza y aledaños.

        Después de un duro día de siega y ante la carencia de gimnasios en la localidad, de alguna manera había que relajarse, haciendo ejercicio físico, hasta la hora en que las madres de toda la jarca del barrio, secuencialmente, dieran el aviso de: “A cenar..”.

      Una vez todos los chicos bien sudados y ahítos del polvo levantado por las correrías, de toda la tropa desarrapada, detrás del balón de goma, y sin paso por ducha alguna que no fuera tirando de hoz (segar dos surcos de mies a la vez, que decían en nuestro pueblo castellanoviejo), se dirigían felices y contentos a sus casas respectivas para manducar un plato de sopa y algún que otro trozo de chicharro, o de algunas que otras sardinas o, en su defecto, boquerones.

       Ya sentados toda la familia de Rebocato –él incluido en el lote– alrededor de la mesa, nuestro labriego castellanoviejo, con vara larga de verguera a su diestra con el fin de usarla caso de discrepancia, de alguno de los de su prole, sobre las vituallas servidas sobre la mesa, se despojaba de su boina entonaba el: “Demos gracias a Dios por los alimentos recibidos”, rezaba el Padrenuestro con Avemaría y Gloria incluidos, acompañado, en el rezo, por todos los comensales y una vez acabada la oración, se calzaba de nuevo la boina procediéndose a dar buena cuenta de las viandas.

        Posteriormente a la cena salían un rato al fresco, a la puerta de casa, las personas mayores para pegar la hebra con los vecinos respectivos, que a su vez fueran receptivos a la plática, y los chicos jugaban al escondite sin alejarse en demasía por si aparecían los sacamantecas. Otras noches, estando a la fresca, nuestro labriego castellanoviejo daba clases de astronomía a sus hijos enseñándoles las estrellas del firmamento: la Osa mayor, la Osa menor, la Estrella Polar, el Camino de Santiago (Vía Láctea), etc. . Se apreciaba todo perfectamente en el firmamento y a ello ayudaba la poca contaminación luminosa debido a que el alumbrado público de nuestro pueblo catellanoviejo, antaño, consistía en unas lámparas eléctricas de unas 15 bujías y se manifestaban de manera bastante rala por el entramado de calles.

      Como muy tarde, a las 12 de la noche era el momento de recogerse, es decir, el reloj de la torre de la Iglesia daba las doce campanadas y era el indicador para entrar en casa, dirigirse a la cama y proceder a caer en los brazos de Morfeo, cosa que no tardaba en acontecer dada la dura actividad desempeñada, por los menguados y castigados cuerpos a lo largo de la jornada.

       Rebocato en aquellos tiempos, cuando era niño, antes de dormir se encomendaba a la Divina Providencia y entonaba para sus adentros:

“Cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos me la acompañan, dos a la cabecera otros dos a los pies, mañana por la mañana amanezcamos todos con bien”.
“Con Dios me acuesto, con Dios me levanto, con la Virgen María y el Espíritu Santo”.

       A continuación rezaba un padrenuestro y se dormía como un bendito.


2.-UN DÍA DE SIEGA.

     De madrugada nuestro labriego castellanoviejo era el primero en ahuecar el ala. Nada más poner pie en tierra, bajándose de su cama sita en una de las dos alcobas de la sala de abajo, gritaba: “¡Chicos…! a levantar”. El mensaje subía a través de las tablas y cabrios del techo, llegando hasta las dos alcobas de la sala del piso de arriba –que estaban justo encima de la sala y alcobas de la planta baja– donde dormían sus hijos, estos, recibida la orden se desperezaban, se vestían y saliendo de la sala al sobrado se dirigían escaleras abajo. Llegados al portal continuaban hasta el comedor para proceder a consumir un frugal desayuno.

        En cierta ocasión, ya levantados todos los hijos, menos uno de ellos –en concreto el que ocupaba el lugar de nacimiento justamente en medio de los 13 y que era apodado por sus hermanos como “Trancas” debido a su tardío despertar cuando era llamado para segar o para otros menesteres–, este se hacía el remolón y nuestro labriego castellanoviejo insistía con la diana desde la sala de abajo dirigiéndose al llamado, ahora, con el propio nombre de pila de este, y el llamado contestaba: “ya va….”. Así varias veces llamando y contestando los respectivos, y Trancas no salía de la cama. Al final nuestro labriego castellanoviejo subió escaleras arriba y llegando a la cama donde se encontraba Trancas le atizo dos mosconazos que contribuyeron para que su hijo saltara de la cama raudo y veloz, cogiendo en un abrir y cerrar de ojos su ropa y calzado, enfilando por las escaleras como alma que lleva el diablo y sin apenas tocar las tablas de los escalones con sus, ahora si, pies ligeros cual homérico Aquiles.

      Ya todos abajo, en el comedor se procedía a desayunar. Después, se sacaban los machos de la cuadra al corral. Se uncían los machos al carro. Se aparejaban las dos burras (la Blanca y la Negra/ Gitana) se abrían las puertas carreteras. Se montaban todos en el carro y las burras y se encaminaban hacía las tierras de siega.

      Nuestro labriego castellanoviejo conducía a los machos sentado en la parte delantera del carro, esparrancado, a su vez, y con las piernas colgando entre la viga que, unida al carro, se prolongaba hasta donde estaba ubicado el yugo, en el cuando iban uncidos los machos Terevinto y Cutepla. Parte de sus hijos se tumbaban atravesados en el carro arropados a mantas que rezumaban olor a bestias y con las cabezas apoyadas en el pajón a forma de almohada, y otros dos hijos, rezongando por la incomodidad al no poder dormir, cabalgaban cada uno en una de las dos burras. Estas no es que fueran necesarias para ir a segar, pero sacándolas de casa se evitaba que estuvieran toda la mañana holgando tontamente en las cuadras, además, por otra parte, podían pastar, debidamente estacadas, algo de hierba en el campo junto a los mulos, mientras sus amos se entretenían tirando de hoz.

      El carro no disponía de sistema de amortiguación alguno y por lo tanto cada vez que pillaban un bache en el camino, un mojón, o atravesaban alguna tierra tronchando los surcos, el traqueteo del carro era mayúsculo y sus ocupantes sufrían las consecuencias en sus raquíticos cuerpos, menos mal que los golpes de la cabeza contra el carro los amortiguaba el pajón mojado en la laguna.

      En aquel tiempo aún no se había realizado la concentración parcelaria en el término de nuestro pueblo castellanoviejo y, por lo tanto, las tierras eran parcelas particulares y dispersas a lo largo y ancho del término municipal, y de escasa superficie, lo que conllevaba que en acabando de segar una tierra había que desplazarse a otra, con la considerable pérdida de tiempo dedicado a los desplazamientos (menos mal que no había que tirar de bonobús). Con estas parcelas, propias o arrendadas, no era rentable la  introducción de maquinaria agrícola, es decir, los adelantos tardarían, aún, unos años en llegar a esos lares concretamente hasta culminarse el proyecto de concentración parcelaria, ya con muchos de los lugareños emigrados a la capital para dedicarse, mayormente, a servir, sobre todo de porteros, en los edificios de viviendas de los barrios obreros, o a otros menesteres que no implicaran la necesidad de disponer de muchos conocimientos técnicos. No eran tiempos, aún, de fríos, nada dicharacheros e impersonales porteros automáticos de hoy en día.

       Los vecinos emigrados de nuestro pueblo castellanoviejo alucinaban en la ciudad debido a que, por limpiar el portal y la escalera vecinal, sacar la basura y controlar sentados en el chiscón del portal, el trasiego de vecinos y visitantes de la finca, el que les remuneraran y, a su vez, los hijos tenían en la ciudad más posibilidades de buscarse la vida que en el pueblo destripando terrones, trabajando como bestias para subsistir y, además, sin tener acceso a la Seguridad Social en el ámbito rural.

         Hablando de emigraciones y maquinarias, en el libro “Viejas historias de Castilla la Vieja” de Miguel Delibes tenemos una referencia. Después de 48 años de ausencia desde que se largó a la capital a estudiar y luego a trabajar al extranjero, regresa, a su pueblo de Castilla la Vieja, el Isidoro y en el  camino se topa con un vecino, pero dejemos que lo cuente el regresado en primera persona:

…..me topé de manos a boca con el Aniano, el Cosario,, y de que el Aniano me puso la vista encima me dijo: “¿Dónde va el estudiante?”. Y yo le dije: “De regreso al pueblo”. Y él me dijo: “¿Por tiempo?”. Y yo le dije: “Ni lo sé”. Y él me dijo entonces: “Ya la echaste larga”. Y yo le dije: “”Pchss, cuarenta y ocho años”. Y él añadió con su servicial docilidad : “Voy a la capital ¿Te se ofrece algo?”. Y yo le dije : “Gracias Aniano”.

       Continúa el Isidoro camino al pueblo y alcanza a un mozo:

        Y así que pareé mi paso al de un mozo que iba en mi misma dirección le dije casi sin voz “¿Qué? ¿Llegaron las máquinas?”. Él me miró  con desconfianza y me dijo: “¿Qué máquinas?” . Yo me ofusqué un tanto y le dije: “¡Qué se yo! La cosechadora, el tractor, el arado de discos…”. El mozo rió secamente y me dijo: “Para mercarse  un trasto de esos  habría que vender todo el término”.

      Pero centrémonos en lo que nos atañe que es, en este caso, el continuar con el trayecto de nuestro labriego castellanoviejo –que es el único que permanece en vigilia manejando el carro, que diría un sudamericano– y de sus hijos que tratan de conciliar el sueño con la cabeza apoyada en el pajón, todos montados en el carro, excepto los que cabalgan sobre las burras, camino a la tierra donde ejercerán sus labores de siega del cereal (trigo, cebada o centeno, a elegir).

      Mirando desde dentro del carro hacia los machos, Terevinto iba uncido en la parte derecha y Cutepla en la parte izquierda.

      Cierta vez, yendo a segar de madrugada a una tierra lejana y estando acostado en el carro y con la cabeza encima del pajón a la parte derecha del carro y detrás mismo de las ancas de Terevinto, ubicábase feliz y contento dormitando el hermano inmediatamente superior en edad a Rebocato, y aconteció que a Terevinto le dio por defecar (los machos tienen la habilidad de realizar sus necesidades mayores en movimiento, y apenas avisan de ello, simplemente levantan un tanto la cola y sueltan sus excrementos sin más) cayendo parte de los moñigos –esa vez no de forma sólida sino, más bien, en suelta diarrea– sobre la pequeña cabeza del nombrado hermano de Rebocato, el cual, al recibir la andanada diarreica en su cabeza se despertó sobresaltado y empezó a dar alaridos, despertando al resto de sus hermanos los cuales no pudieron por menos que no poder contener la risa al verle la cabeza de aquella guisa, con el consiguiente incremento de ira del sobresaltado. Aquel episodio dio mucho de sí, pues fue largamente recordado, comentado y celebrado en el tiempo, por los hermanos, y al afectado ya nunca se le ocurrió volverse a tumbar inmediatamente detrás de las ancas de Terevinto.

      Los machos y burros, caso de dormirse el que los dirigía, haciendo un trayecto cuando llegaban a la primera tierra de nuestro labriego castellanoviejo se metían en ella (las bestias no tienen inteligencia, pero sí memoria) y se paraban, por eso había que estar ojo avizor y obligarles con los ramales a continuar la ruta hasta llegar a la tierra a la cual estaba previsto, de antemano, dirigirse.

      Cierta vez un vecino, de nuestro pueblo castellanoviejo, yendo a segar con toda su jarca de hijos, y quedándose todos dormidos en el carro, los bueyes que tiraban de él se metieron a beber agua en una laguna y allí amanecieron.

       En otra ocasión, llegados la tropa de nuestro labriego castellanoviejo a una tierra con el fin de segarla, se dieron cuenta de que se habían dejado las alforjas con las hoces en casa. Para mas INRI, la tierra estaba relativamente cerca del pueblo y daba a un camino principal por el cual transitaba bastante gente que, también, se dirigían a la saludable actividad de la siega. Ese día nuestro labriego castellanoviejo se había quedado en casa con el fin de ordeñar las vacas y habían ido únicamente sus hijos a segar, él iría después a llevar el almuerzo montado en una de sus burras. El hermano numero seis dijo al resto de sus fraternos mas pequeños que él: “me monto en el Terevinto y corro, con él al cuatro pies, hasta casa a por las hoces, vosotros quedaos aquí disimulando y si algún vecino, de los que pasan por el camino, os pregunta que qué hacéis sin empezar a segar, ni se os ocurra decir que las hoces nos las hemos dejado en casa, porque si llegan a enterarse de ello seremos el hazmerreír de todo el pueblo durante una temporada”.

        Hoy en día esto parecerá un detalle sin importancia, pero en aquellos tiempos, tanto el dejarse las hoces en casa yendo a segar, como el arar con la yunta sacando los surcos torcidos, le quitaba categoría al labrador y, caso de ser mozo, implicaba más dificultad a la hora de buscar, este, una buena moza para el casamiento. Esos detalles había que cuidarlos muy mucho.

        Llegados a la tierra para segar, se procedía a desyuncir los machos del carro y se les estacaba –con una soga atada a una de las patas delanteras– para que pastaran en su radio de acción.

      Cuando rompía a amanecer, era un momento en el que el frío se intensificaba, con el agravante de que, Rebocato y compañía, al calzar playeras de lona, estas se solían mojar accidentalmente a causa del rocío de la noche asentado sobre los hierbajos, los cuales había que pisar para acceder al cereal. Los pies permanecían calados hasta que los rayos solares comenzaban a hacer de las suyas.

       Antes de empezar a segar nuestro labriego procedía a afilar las hoces de corte, aunque a veces delegaba en el hijo más mayor de los presentes.

      Las hoces se afilaban con una piedra seca de afilar (de vez en cuando, durante el proceso, se le echaba algún que otro salivazo por parte del afilador) y se comprobaba su buen estado de afilado sosteniendo la hoz, con sumo cuidado, por la parte de la hoja del filo, sobre la superficie de la uña del dedo pulgar, si la hoz se sujetaba en la uña el afilado era óptimo, en caso contrario la hoz resbalaba y había que continuar dándole a la piedra.

      Ya cada cual con su hoz respectiva bien afilada sujeta con la mano derecha y con la cazoleta de madera –protegiendo los dedos meñique, medio y corazón– en la mano izquierda (los dedos índice y pulgar quedaban libres para sujetar el manojo de pajas segadas junto con la zoqueta) se dirigían hasta la tierra para iniciar la siega, nuestro labriego castellanoviejo observaba la mies con el fin de que según como  se presentara la inclinación de las pajas y espigas  así se procedía a segar los surcos,  desde una cabecera de la tierra o desde la otra.



Pie de foto.- Hoz de corte y su respectiva zoqueta de madera que, al sentir de Rebocato cuando era pequeño, debió inventarla un norteafricano ya que parecía una babucha. Por otra parte, a la vista de la hoz de marras de la fotografía, barruntamos que poco ha segado su dueño con ella. La hoz, que gastó Rebocato en su etapa de segador, no se enmohecía y estaba siempre reluciente.

      Se iniciaba la siega colocándose en cabeza de la cuadrilla el padre y los hijos más mayores segando todos a ducha, es decir, con dos surcos a la vez cada uno, los hijos más pequeños segaban a surco (un surco únicamente por cabeza) y se intercalaban dos hijos –segando un surco cada uno– entre los que segaban a ducha.

      El que iniciaba la ducha iba abriendo gavilleros, o sea, según segaba cada tres o cuatro metros dejaba la manada (así se llama a la porción máxima de mies que se puede coger segando, y sin que se caiga paja alguna, hasta depositarla en la siguiente gavilla, con la mano izquierda, la de la cazoleta). Reseñar que, para ganar tiempo, cuando se tenia una puñado importante de mies en la mano izquierda, con los dedos de la mano derecha, sin soltar la hoz, se cogian unas pajas del manojo y se retorcían alrededor de las otras con el fin de que no se cayeran las pajas del manojo al rastrojo y poder así, sin dejar de segar, coger más puñado de mies. Esto aunque parezca difícil se hacía con el fin de dejar las gavillas más separadas y ganar tiempo, tanto al segar como, después de la siega, al engavillar, a la hora de formar los haces para atarlos, el hándicap era que los más pequeños segadores, al tener las manos menos abarcadoras y no saber dar la vuelta a la manada, tenían que andar más hasta las gavillas para depositar los manojos de la mies. Cada cuatro surcos se habría otro gavillero.

      En casa de nuestro labriego castellanoviejo se iniciaba uno en el arte de la siega a corta edad, Rebocato –como el resto de sus hermanos– con unos 5 añitos en canal, y aunque, a esa edad, al llegar al amanecer a las tierras de labor, te dejaban dormir –bien en el ropero, bien en el carro– hasta que calentaba el sol como Dios manda.

      Te principiabas en la siega con una hoz que las llamadas de dientes, esta hoz, a diferencia de las de corte, no se afilaba y decían que no cortaba mucho, por lo tanto no se utilizaba, al segar con ella, zoqueta. Cuando empezabas a instruirte en la siega te mandaban unos metros delante de los que iban segando, y si segabas, con la hoz de dientes, un metro de surco o dos hasta que te alcanzaban, bienvenido era. Al alcanzarte te mandaban unos metros más adelante y así hasta que se llegaba al final de la tierra y volvían todos los segadores hacia atrás para iniciar una nueva tanda de duchas y surcos.  Los que acaban antes, el surco o la ducha, ayudaban al resto a finalizar sus surcos.

       Dependiendo de lo que apretara el sol, normalmente cada tres o cuatros idas y venidas de surcos de siega, se dirigían los segadores al ropero para beber agua, cosa que hacían los hijos, en cambio nuestro labriego castellanoviejo el agua apenas la cataba y lo que hacía era echarse un trago de vino de la bota, con lo que recuperaba los minerales perdidos a través de las glándulas sudoríparas, y al no beber mucha agua apenas sudaba. Rebocato y hermanos, en cambio, sudaban la gota gorda y se implaban de agua. Cuando uno estaba bebiendo de la botija respectiva, los demás empezaban a hacerte bromas con el fin de que te atragantaras y así provocar las risas del resto.

        Una vez segada toda la tierra se procedía a engavillar para formar los haces y atarlos. El trajín de engavillar lo solían efectuar las hijas de nuestro labriego y este y los hijos mas mayores ataban –con las pajas de centeno del pajón– los haces. Los hijos más pequeños iban dando a los atadores manojos de pajas del pajón y así se ganaba tiempo. Otros hijos pequeños iban detrás de las engavilladoras para espigar, es decir, recoger las posibles espigas que quedaran en el rastrojo durante la acción de engavillar. 

      A veces con toda la tierra segada y sin engavillar, ni atar, de improviso, aparecía un pequeño huracán que levantaba las gavillas, lo que acarreaba un incremento del trabajo para recoger las desperdigadas espigas. Una manera de lograr que el huracán se apartara de la tierra, era el hacer la señal de la cruz cruzando los dedos índices de las manos. 

    Ya con todos los haces atados se procedía a hacinarlos, formando hacinas de 10 haces cada una de la forma siguiente: cuatro haces abajo, después tres encima de los 4, luego 2 haces encima de los tres y se culminaba la hacina con un ultimo haz.

     A mediodía se regresaba a casa para comer el cocido y echar, después, la siesta.

    A veces, cuando había que desplazarse a tierras muy alejadas del casco urbano se decía que se iba a segar “para todo el día”, en ese caso los segadores llevaban el almuerzo, la comida y la merienda y no se regresaba a casa hasta el anochecer. Después de comer, se solía echar algo de siesta en algún pinar cercano a la tierra de siega, si te dejaban tranquilo las moscas y tábanos, claro.

     El cocido se componía de un primer plato de sopa (de pan o de fideos); un segundo plato con los garbanzos y algo de repollo rehogado, y después un trozo de tocino cocido, un trozo de chorizo, un trozo de bola y algún hueso de espinazo de cerdo; de postre sandia o melón de la cosecha, caso de que los grajos hubiesen respetado el sandial y el melonar. Ni que decir tiene que los platos no se cambiaban entre plato y plato, cada comensal utilizaba el mismo para toda la comida.

       Finalizada la manduca se echaba la siesta hasta las tres de la tarde. Los hijos más pequeños no solían acostarse y se quedaban incordiando por las cuadras y corrales jugando al escondite o a pistoleros con pistolas improvisadas de palos de pino resinero o negral. Durante los juegos, a esas horas de descanso de los mayores, convenía no hacer mucho ruido ya que al levantarse el  labriego, caso de haber sido despertado por alguna trastada de sus retoños, les ponía un correctivo que solía consistir en algún que otro soplamocos.

     Cierta vez, durante la siesta, encontrábase Rebocato jugando al escondite en el corral, cuadras y pajares con sus dos hermanos, respecto a él: inmediatamente superior, en edad, el uno e inmediatamente inferior, en edad, el otro, y mientras sus hermanos se escondían él contaba 50 apoyado en las puertas carreteras y sin mirar. Cuando iba por 45, de improviso, apareció nuestro labriego, recién levantado de la siesta, y cogiéndole del cogote le preguntó que hasta cuantas tenia que contar, Rebocato le contestó que hasta 50, entonces el labriego, sin soltarle el cogote, continuó contando hasta 50 a la vez que le daba puntapiés en el trasero, eso sí, sin mucho ímpetu, ni tino.

      Con todos subidos en el carro encaminándose al tajo de la siega, durante el trayecto hasta la tierra, Rebocato fue el hazmerreír, por parte de sus hermanos, sobre el incidente del contar las 50 durante el juego del escondite.

     Ya en la tierra se desuncian los machos del carro y se estacaban a estos, así como a las burras, con el fin de que “carearan” mientras sus dueños segaban.

     Sobre las 6 de la tarde se paraba para merendar a la sombra de los tapiales del carro, caso de no haber ningún pinar cercano.

      La merienda solía consistir en: pan candeal de hogaza, un trozo de jamón o de chorizo, un tomate y para rematar el postre de sopas de pan en vino, que se preparaba en la fiambrera una vez consumido su contenido de chorizo y/o jamón. La sopas (en realidad pequeños tacos de pan, bañados en vino y azúcar) se pinchaban para comerlos con un trozo de paja del rastrojo.

    Después del receso de la merienda se continuaba faenando hasta la puesta de sol, que era el momento –después de engavillar, atar y hacinar los haces– de emprender el regreso a casa, ya con los tábanos bullendo en los bajos de las caballerías y sobre las cabezas bajo los sombreros de paja, de Rebocato y hermanos, y de la boina de nuestro labriego castellanoviejo.

     En el carro no faltaban los comentarios y risas, moderados por la vara de la tralla de nuestro labriego, la cual pululaba sobre la cabeza de algún que otro incauto que tensara en demasía, la cuerda de los diálogos.

     Por fin llegada a casa. Mojada de pajón en la laguna. Partido de futbol en la plaza del pozo con porterías improvisadas en las puertas carreteras, de dos casas de vecinos, enfrentadas. Cena. Tomada de fresco a la puerta de casa debajo de la parra y a las doce a acostar. Al día siguiente, para variar, más de lo mismo. Barruntamos que, Trancas, mañana no estará muy predispuesto, ante el requerimiento de nuestro labriego castellanoviejo, para saltar de la cama con excesiva celeridad.



                 HistoriasdeRebocato@noviembre-2015

16 de octubre de 2015

REBOCATO Y LA AMERICANA




      INTRODUCCIÓN

          Querid@s tod@s:

     ¿Quién no se ha visto en el brete de haber ligado (no hablo de borracheras, que también) alguna vez de joven?.

         Rebocato atosiga de nuevo y en esta nueva entrada de su Blog, explica una historia de sus experiencias vividas en la Capital del Reino con una americana de Norteamérica, nata de Dallas, del estado de Texas, allá a mediados de los 70 del siglo pasado. Cuando todos éramos más jóvenes  y, algunos, aún no formábamos parte del estado de Decrepitolandia. Ya ha llovido desde entonces, ya.

          Saludos.


                       LA AMERICANA

        PREFACIO
      Pues hete aquí que Rebocato anduvo saliendo, años ha, en la capital del Reino y a lo largo de medio año, con una americana, y no nos estamos refiriendo a que, nuestro amigo, saliera de casa a la calle con una chaqueta (barruntamos que nunca ha sido mucho de chaquetas, aunque ignoramos si ha ejercido de chaquetero) si no que, durante ese periodo de tiempo, se entretuvo flirteando con una chica pelirroja, pecosa (y tal vez pecaminosa) de Dallas (Texas), que atendía por Alice.
       La verdad es que a Rebocato –según su parecer, otra cosa es lo que especulen los demás– no le gusta darse demasiada importancia en el delicado asunto de su trato con féminas a lo largo de su etapa, llana y dulce, de soltería (nada que ver con su posterior dura etapa de alta montaña de casado –esto último es broma, más que nada para que no peligre la integridad física de nuestro amigo–), pero no cae en la cuenta de que al tirar de falsa modestia puede estar cayendo en la vanidad.
          El flechazo entre nuestro amigo y la venida de ultramar surgió en la discoteca Tofp´s –sita en la calle de Jorge Juan de Madrid–, la cual era frecuentada, entre otros y otras, por jóvenes militares de la base aérea de la no tan lejana localidad madrileña de Torrejón de Ardoz (dicen que un país no es totalmente libre, mientras en su territorio existan tropas extranjeras). Rebocato, entonces, calzaba 18 años en canal y empezaba a despolitizarse de la política del régimen imperante de tantos años de “paz i ciencia”, y a politizarse de otra manera. Él y sus colegas de discotecas y pubs tenían una cierta ojeriza a los yankees debido a que estos ligaban más que ellos.
      Cierto sábado Rebocato confeccionó unas etiquetas rectangulares con papel de folio en los que rotuló la leyenda: “OUT  YANKEES” (aún faltaba poco más de una año para que muriera nuestro Dictador aunque Rebocato lo ignoraba –la fecha del deceso, no al dictador– y que llegara la canción protesta, entre otras la de Carlos Puebla: “Yankee go home”). Por la tarde se llevó, dichas etiquetas, para la discoteca y, una vez dentro de esta, mojándolas las adhirió en el espejo de los servicios de hombres. Fue la primera acción política de Rebocato, aparte de las demostraciones sindicales en las que "felizmente" participó, años atrás, sobre el césped del estadio Santiago Bernabeu el 1º de mayo, en las que actuó acompañado de cientos de gimnastas, desarrollando las tablas de gimnasia con el Dictador en el palco contemplando el evento. Las pegatinas duraron en el espejo lo que tardó en entrar el primer yankee a aliviar sus esfínteres y repeinarse ante el espejo.
      Unos tres años después, Rebocato estando disfrutando de un permiso del Servicio Militar, salió –sobre las 22:00h. de Toft´s– en compañía de un amigo (este, por cierto, en aquel entonces, bastante macarra y pendenciero) y enfilaron ambos, andando, la calle Jorge Juan hacia el Drusgtore, sito en la perpendicular calle Velazquez, para picar algo y continuar, después, la marcha nocturna de Pubs y discotecas. Por la misma acera vieron que de frente a ellos se aproximaban dos militares yankees de paisano. El amigo de Rebocato les dio el alto y sin mediar más palabras golpeó con el puño en el estómago a uno de ellos –ante la estupefacción de Rebocato y del otro americano–. El golpeado hincó sus rodillas en tierra lo que aprovechó el golpeador para lanzarle una patada a la cara, de tal forma que no llego a atinarle, y su zueco que calzaba salió volando hacia arriba y al caer (es lo que tiene la fuerza de la gravedad) lo cogió en el aire el americano no agredido y se lo entregó al español agresor, el cual recogiéndolo le dijo: “gracias”. Se calzó el zueco y con Rebocato continuó el camino dejando a los yankees atrás un tanto confundidos y, además, a uno de ellos dolorido.
       La escena de la agresión fue observada, a cierta distancia, por un tal Charly (hombre de mediana edad y que conocía de sobra al agresor y a Rebocato), que ejercía de portero en la citada discoteca, el cual tomó buena nota y no volvió a dejar entrar a Toft´s al amigo de Rebocato durante un año, al menos.
     Pero no nos vayamos por las ramas y volvamos al asunto de la americana ¿ligada?. En realidad eran dos las americanas ligadas, ya que, un compañero de trabajo del hermano de Rebocato –que le precede en edad a este– iba de discotecas con Rebocato y conocieron juntos, en Toft´s, a las dos americanas de Dallas. 
      No sabemos muy bien el por qué, pero al decir americano lo asociamos, de forma cuasi exclusiva, con una persona natural de USA, cuando americano es cualquier persona del continente americano. Asimismo, cuando decimos norteamericano, también lo relacionamos con un individuo originario de USA, cuando en realidad norteamericanos puros serian los canadienses, alaskanos y groenlandeses.
       Las dos americanas llegaron hasta Madrid, no nos engañemos, no por conocer a Rebocato, sino, principalmente, con el fin de practicar el idioma castellano y de paso hacer algo de turismo en plan de ver piedras –una cosa tonta al sentir de entonces de nuestro amigo Rebocato– es decir, también tenían interés en visitar algunas de nuestras catedrales, a saber: la de Burgos, la de Salamanca y la de León; cosa que cumplieron –lo de ver catedrales– un fin de semana mientras sus dos españolitos respectivos se quedaron en Madrid guardando ausencia.
       Ya sacadas a colación las catedrales, viene a cuento el relatar un suceso que se da como cierta:
    El escritor Juan Eslava Galán en su libro “La primera guerra mundial contada para escépticos” cuenta una anécdota que le ocurrió al polifacético José Luis de Villalonga durante nuestra última Guerra Civil :
   Villalonga ejerció, durante nuestra última Guerra Civil, de conductor de un vehículo para trasladar a un general del ejercito rebelde en los quehaceres rutinarios de este, es decir: dar órdenes a sus subordinados para que maten gente. Cierto día en León conduciendo el coche oficial, y con el general a bordo en los asientos de atrás, al pasar ante la majestuosa catedral gótica y contemplar el rosetón de la fachada principal, por hablar de algo, dijo Villalonga: “Mi general, observe que magnifica cristalera tiene la catedral”. A lo que el general respondió: “Sí, que pedrada tiene”.

EL CINE
       Las dos parejas que formaban las dos americanas mezcladas con los dos españoles, solían quedar los sábados y domingos por la tarde/noche para ir a bailar, de copas o al cine. Las visitas culturales, en plan visitas a monumentos y museos se las hacían ellas mismas entre semana, mientras Rebocato estudiaba y trabajaba y su amigo solo laboraba.
      Reseñar que Rebocato durante sus 13 años residiendo en Madrid el único museo que visitó fue el Museo de Cera sito en la plaza de Colón, y comenzó a entrar en museos, a raíz de largarse de Madrid, en las fechas que regresaba a la capital para visitar a sus familiares.
     A destacar, las siguientes tres películas visionadas por las dos parejas de dos naciones distintas:
1.-Un botín de 500.000 dólares
      Un día vieron en un cine de la Gran Vía madrileña la película de estreno “Un botín de 500.000 dólares”. Al final de la película, Alice se emocionó y soltó algunas lágrimas. Rebocato le preguntó el por qué de ello y ella le contestó que se había emocionado al ver los paisajes que la recordaban a su estado natal americano. 
    Muchos años después Rebocato, recordando la escena de aquellas lágrimas, tiró de Google y comprobó que la película se había rodado en el estado de Montana y que desde allí hasta Dallas existía, y aún existe, la nada desdeñable distancia de unos 2.300 Km., pero en fin, no todos los países van a ser como España que recorriendo unos pocos kilómetros cambias de paisaje, de gastronomía, de idioma (caso de que el autóctono no quiera hablar en la lengua del imperio), de clima (no vamos a decir, también, de novia) etc. y lo mismo en USA recorres miles de kilómetros y todo permanece igual (hace 200 años, incluso, con muchas tribus de indios y manadas de bisontes pululando por las praderas, y que, pasados por las armas, pasaron todos a mejor vida). 
      A la vista de todo esto Rebocato pensó que quizá, las lágrimas derramadas por Alice no eran a causa de sus añorados paisajes de origen tan lejanos de la Gran Vía madrileña, si no por la muerte, al final de la película, del actor, entonces joven y resultón, Jeff Bridges y a que ya lo dice el dicho: “Cojera de perro y llanto de mujer, nada es de creer”.

2.–Un hombre de suerte
       Otra visita al cine fue para ver el curioso y surrealista filme de título: “Un hombre de suerte” el cual se había estrenado en 1973 en algunos países –en España en 1974– y que trataba sobre una crítica al capitalismo a través de los avatares de un joven vendedor de café –en la vida real ejerció, también como tal–, personaje protagonizado por Malcolm MacDowell, ya entonces famoso por su gran interpretación en la incombustible película: “La naranja mecánica” del gran director Stanley Kubrick.  
      Las dos americanas ya habían visto “Un hombre de suerte” en su país y quisieron que la visionaran Rebocato y su amigo en compañía de ellas, aunque no situados en la fila de los mancos del cine, con el fin de centrarse en la película. De esa manera, el par de americanas, pudieron comprobar, a finales de 1974, en vivo y en directo, la censura cinematográfica que imperaba en España por el bien cívico/espiritual de los súbditos del Caudillo, siempre predispuestos a la subversión, al libertinaje y al apareamiento. En fin los tan traídos y llevados cortes de cinta de ciertas escenas de las peliculas en aquellos tiempos.
     Alice lo comentó a la salida del cine: “La película está censurada, faltan escenas, sobre todo de sexo” quedándose los dos españolitos (Rebocato y su amigo) como con cara de tontos y un tanto acomplejados ante la reinante superioridad americana. Estas debates cinéfilos tan transcendentales no le acontecían a Rebocato, años atrás, con las películas de cine ambulante proyectadas sobre la sábana blanca colgada en unas puertas carreteras en la plaza principal de nuestro pueblo castellanoviejo, con sorteo de rifa de botella de anís "La Castellana" y una toalla cuya marca no recordamos.
   Rebocato pudo ver y comprobar –años después, ya en Democracia– por televisión que, efectivamente, en la película de marras faltaban ciertas escenas sobre todo las eróticas.
     Hay una escena –censurada cuando vio la película Rebocato junto a su americana y con la otra pareja que formaban su amigo y la otra americana– en la cual, la Jefa de relaciones publicas –de la empresa envasadora de café– le da a catar, al Malcolm MacDowell, café en una taza, servido de una de las tres cafeteras que aparecen en escena, para que le dé, el, su opinión sobre el sabor. El joven bebe, degustando con el café sostenido en su boca sin tragarlo, después traga el líquido elemento y lanza su dictamen al respecto. Acto seguido la jefa –una mujer aún de buen ver a pesar de su mediana edad– bebe de una de las tazas mantiene, también, el café en la boca, apunta los labios hacia adelante abriendo y cerrándoles cual pajarito con su pico, y acercándolos a la boca del joven le besa en ella y le introduce el café dentro.
     Huelga el decir que los dos se enzarzan y se agachan sin despegar sus labios mutuos y finaliza la escena.
     Al ver Rebocato esta escena de la forma tan original de trasvasar el café, comprendió que su americana había cometido plagio, al menos en los meses que estuvo con él, es decir, las americanas en las discotecas o pubs siempre pedían, para beber, Tía María con vodka, y luego lo que hacían, al beber, era dar un trago largo –Rebocato cuando vio a su chica dar el primer trago y dejar el vaso temblando, pensó: “a esta tía le va el alpiste en demasía, esto pinta bien”– y nada más beber, cada cual besaba a su respectivo y les pasaban parte de la bebida combinada, el resto –no eran tontas– se lo trajinaban ellas. Por no quedar mal los chicos tenían que corresponder haciendo lo mismo con sus cubatas dándoles de abrevar a ellas.
    Rebocato alucinó con la experiencia del trasvase, en su vida se había visto en otra –su amigo, cuatro años mayor que él, después le comentó que ídem de ídem–. Estos mesetarios…..
    Meses después, Rebocato, ya con la americana a buen recaudo en su Texas natal, siguió con la técnica de los trasvases bucales –caso de tragarse alguna rosca– con las chicas que le comprendían. Nunca se atragantó ninguna, ni, al menos aparentemente, dieron muestra alguna de reparo; en fin, las relaciones eróticas –o más allá– entre pareja, al fin y al cabo, es un intercambio de fluidos.

3.–Serpico
     Rebocato ya un tanto harto de ir a ver las películas que imponían las americanas y con el fin de demostrarlas que en España no solo éramos de ver españoladas, si nó que, también, disponíamos de un cierto bagaje cultural cinéfilo, convino con su amigo el que fueran, ambos, con las norteamericanas a un cine de la calle Fuencarral para ver la película Serpico, en la cual el Al Pacino protagoniza a un personaje, real como la vida misma, llamado Frank Serpico y que fue un policía de Nueva York que no se prestó a sobornos y el pobre trató de hacer cumplir la ley a rajatabla y, claro, le fue como le fue, no ya con los mafiosos sino hasta con sus propios compañeros de armas, aunque al final consiguió salvar el pellejo que no era una cuestión baladí.
     En una escena de la película el Serpico pone en su casa música cuyo sonido se oye en el porche y, también, desde la casa de la vecina de al lado, la cual está bastante potable, y el poli bueno le saluda y trata de romper el hielo con el fin de, barruntamos, de beneficiarse a la posible presa (no porque fuera a meterla en prisión, si no por querer llevársela al catre), ella le indaga que de quien es la música que proviene de su casa, contestándole, él, que de Di Stefano; acto seguido Rebocato, su amigo y prácticamente toda la sala irrumpen en carcajadas, las americanas les miran un tanto extrañadas y permanecen impertérritas.
      A la salida del cine Alice interroga a Rebocato a ton de las carcajadas a discreción del personal cinéfilo y aquel piensa: “Esta es la mía” y le contesta que quizás ni ella ni su compatriota estén al tanto del futbol de por estas latitudes (nada que ver con la cosa tonta del americano del balón ovalado de su país, piensa), pero acontece que Alfredo Di Stefano fue un famoso futbolista bonaerense que triunfó en España, que era conocido internacionalmente y posiblemente el jugador más completo de futbol habido nunca jamás, (perdonen los aficionados del Barça) y que, actualment,e ejerce de entrenador, y que de ahí las risas a discreción, ocasionadas porque el Serpico actor al nombrar a Di Stefano estaba tratando de vacilar a su vecina con el fin de caerle en gracia para así conseguir de ella lo que la mayoría de espectadores pensaban”.
    Una vez expuesto esto toma la palabra la americana y le dice a Rebocato, más o menos: “No se trataba de una vacilada de Serpico ante la vecina, y que es verdad que cantaba Di Stefano, pero no tú admirado Alfredo, sino Giuseppe, un tenor siciliano de igual apellido que aquel.
     Rebocato se quedó "atontolinado" y pidiendo en su fuero interno un “tierra trágame”. El pabellón cultural patrio de nuevo por los suelos, otra humillación de USA, peor, en ese momento para nuestro amigo que, las causas posteriores por el hundimiento del Maine –que nos achacaron a los españoles– en el puerto de La Habana y que todo concluyó con el desastre de la pérdida de parte de nuestras colonias (y no de fragancia precisamente) en 1898, las cuales había intentado comprarnos USA y al no vendérselas se las pillaron gratis, como quien dice.
    Muchos años después Rebocato buscó en la red y encontró la canción causante de su ridículo: “E Lucevan le Stelle” con música de Giacomo Puccini e interpretada por el Giuseppe Di Stefano, al cual podrían haberle puesto otro apellido o haberse enrolado en la Cosa Nostra de su lugar de origen y de esa manera Rebocato se hubiera, o hubiese, evitado ese sofocón ante las americanas a la salida del cine en Madrid en la tarde de autos.


Pie de foto.- El Di Stefano chafador que dejó en ridículo a Rebocato. En acto de desagravio los lectores que tengan, al menos, un ápice de patriotismo y vergüenza torera que se abstengan de escucharla.

    Rebocato una vez repuesto del duro golpe recibido por la culta procedente de yankilandia pasó al contraataque,  y mirando a Alice le dijo: “Mucha cultura pero vuestra policía, a la vista de lo sucedido en la película –la cual está basada en hechos reales– deja bastante que desear en lo que a ética, de actuación policial de vuestra policía, se refiere”. Ella reaccionó, un tanto violenta, diciendo que los hechos ocurrieron en Nueva York que se encuentra de Dallas a 1.550 millas (unos 2.500 Km.) y que se tardan en recorrer unas 23 horas en coche, caso de no pinchar”. Y Rebocato ironiza: “Pues el magnicidio (de JFK) no ocurrió a muchos millas de Dallas, que digamos”. Para después rematar: “Y no me negarás que el territorio de Texas pertenecía legítimamente a México y después se incorporó como estado esclavista a EE.UU”. Con esto la americana perdió los estribos y dijo que se largaba a su casa.
    Ese sábado noche Rebocato durmió en su domicilio (en el de él), porque ella, alegando dolor de cabeza, cogió un taxi y dijo largarse al suyo (el de ella). Con este hecho nuestro amigo ya cató la artimaña de la tan traída y llevada jaqueca de las féminas, que suele aparecer –dicen los damnificados– de forma apócrifa cuando no les conviene a ellas: al intentar, la pareja de turno, mantener relaciones intimas con ellas.
    No obstante, al día siguiente, la americana en un gesto que la honró, le confesó a Rebocato que la noche anterior en vez de irse ella a casa se dirigió al encuentro de unos paisanos suyos (de ella) y que fumaron marihuana en una vivienda. Nuestro amigo se puso bastante celoso con esta andanada y la puso a caer de un burro, hasta llegar a conseguir que llorara, la pobre. Rebocato maquinaba para sus adentros lo que pudo acontecer después del consumo de “maría” (él aún no la había catado, a la “maría”, claro). Luego, en la discoteca, Rebocato y Alice, se reconciliaron trasvasándose, mutuamente, la bebida de sus copas respectivas (El Tía María con vodka de ella y el ron con Coca-Cola de él). Sin llegar a caer en la cuenta, ninguno de los dos, que la mezcla de bebidas alcohólicas era, y es, dicen, dañina para la salud.

       ALICE:
    Lejos  estaba de imaginar Rebocato –cuando leyó la novela epistolar que lleva por título: “La tesis de Nancy” del escritor Ramón J. Sender– que un par de años después tendría ocasión de  comprobar con una norteamericana de carne y hueso el choque de culturas que sufrió en sus carnes, según se cuenta en la novela mentada: una joven norteamericana –llamada Nancy–, estudiante de lenguas románicas, y que relata sus experiencias vividas en Alcalá de Guadaira (Sevilla), con las gentes de por allí, mediante cartas escritas que envía a una prima suya residente en Pensilvania.
               ------------------------------------------------------------------
En un pasaje de la novela, Nancy y Mrs. Dawson se hacen un lío con el dialogo que entablan el tabernero y Curro (novio de Nancy):

El tabernero en vez de pagar a Curro el vino que le iba suministrar, le entregó un vale y al ver a Curro, días después, le pregunta:

–¿Vale el vale?
–Sí –dijo Curro–. Pero no vino el vino.

Allí mismo hay dos contertulios en la taberna y uno se queja de que todos los días está en el dentista por problemas con los dientes. Y el otro le dice que como se las arregla para comer, a lo que aquel contesta:

–¿Cómo como?. Como como como.
                  --------------------------------------------------------------------------

    Mala suerte tuvo este escritor aragonés en nuestra última Guerra Civil a causa de que los nacionales mataron a su mujer (denunciada en Zamora por un cuñado suyo que era falangista), a dos hermanos de esta y a un hermano de Ramón J. Sender que fue alcalde de Huesca. Y estos hechos, aunque lo parezcan, no son de novela.

     Dicen que nuestros militares africanistas nunca perdonaron a Ramón J. Sender su simpatía por el anarquismo y, sobre todo, el haber escrito la novela “Imán” que trata sobre nuestras  guerras con Marruecos entre 1921 y 1924. Dicen, al no poder apresarle a él, el ejercito rebelde se ensañó con su familia.

    Pero volvamos al affaire de nuestro amigo con la joven venida de ultramar.
      La americana que salía con Rebocato –más que él con ella, debido a que calzaba 19 experimentados años, contra los 18 cándidos de él– se hacía llamar Alice Macmillan (mantenemos el segundo apellido en el anonimato con el fin preservar la intimidad de la susodicha, caso de seguir viva).
    Una noche cuando se encontraban, ambos, cenando en un mesón del centro de Madrid y estando, él, degustando unos huevos fritos con patatas, ella le declaró que odiaba los huevos fritos (de los crudos no mentó nada) porque, ya mayor de edad, se enteró por su madre, de que sus padres le echaban la píldora antiembarazo, molida, sobre la yema de los huevos del desayuno. También, dejó caer, que su padre era director de una cadena de televisión, y, ella, le inquiría a Rebocato: “Tus padres deben de ser muy ricos para poder mantener a trece hijos”. Ella estaba lejos de adivinar que en aquellos años un hijo, en el ámbito rural de la Meseta Castellanovieja, era una ayuda para las labores cotidianas a desempeñar por toda la familia en el campo, con una inversión –caso de haberla– ínfima, no como actualmente que lo que los padres invierten en sus hijos no lo llegan a amortizar jamás de los jamases.
     Rebocato se reía para sus adentros y nunca llegó a decirle, a ella, que su ancestro había sido un labriego castellanoviejo que ejerció, prácticamente, toda su vida de labrador de secano en la Meseta Castellana. Y no se lo dijo, inocente de él, porque pensaba que lo mismo al saberlo ella, le dejaría plantado y sin novia y luego no podría contarlo en nuestro pueblo castellanoviejo. Mas o menos, guardando las distancias, claro está, como dicen que dijo el torero Luis Miguel Dominguin a la Ava Gadner, cuando después de una noche de desenfreno total y absoluto, y de dormir juntos en la habitación del hotel y con los deberes hechos, a la mañana siguiente se levantó de la cama el Dominguín y empezó a vestirse raudo y veloz, por lo que el animal más bello del mundo le interrogó: “¿Adónde vas?” (no sabemos si estaba deseosa de otro asalto, con perdón). A lo que el torero respondió: “¿Adónde voy a ir?, pues a contarlo”.
    ¿Qué ha sido del macho ibérico, ya cuasi extinguido, en estos tiempos de decadencia hormonal?. ¿Por qué no se le ha protegido cómo Dios manda?.
      Cuando ella recibía su asignación mensual (Alice, no la Ava) en forma de cheque, enviado por sus padres desde USA, se iba con Rebocato a celebrarlo. El pertinaz materialismo de gringolandia, pensaba Rebocato; pero no decía que no al envite del convite, más que nada por no hacerle un feo y luego volviera a las Américas diciendo que los españoles éramos unos “ciezos” (que diría un gaditano).
    Una de las cosas que más la cabreaban a Alice era cuando Rebocato le decía que en Dallas mataron a John F. Kennedy. Un día la americana le llevó a  un Pub de Madrid frecuentado por jóvenes de yankilandia y bajando ambos las escaleras de acceso al garito había un póster colgado en la pared del asesinado presidente americano, Rebocato se lo señaló a ella y ya tuvo hocico para toda la noche, además del hándicap de aguantar a toda la tropa de amigos americanos, que no se les entendían ni atados. Aún estaba Rebocato a un curso de empezar a recibir clases de inglés, que no de ingles.
      En aquel año de 1974 el grupo musical Los Puntos daba una barrila considerable, por las emisoras de las radios nacionales, con la canción: “Esa niña que me mira”. Alice le dijo a Rebocato que esa canción la gustaba mucho. Nuestro amigo se quedó mirándola como pesando que le estaba vacilando, pero no, ella hablaba en serio. Rebocato repasando la letra de la canción –uno se la aprendía, aunque no quisiera, dada su repetitividad diaria de los 40 Principales a través de las ondas hertzianas– y recordó que el conjunto Los Puntos entonaban en la canción: Esa cara de chiquilla, ese cuerpo de mujer….”; y pensaba que, quizás, Alice se identificaba con la letra por su propia fisonomía y su sólida anatomía. O puede que, en sus clases de castellano, le dijeran que para soltarse con el idioma que escuchara a Los Puntos y al José Luis Perales, al igual que cuando estudias inglés te mandan de deberes que oigas canciones de The Beatles o del Bob Dylan (según el grado de progresismo del profesor), o vaya usted a saber que pasaba por la cabeza de la muchacha al oír a Los Puntos,
    La americana un sábado, de madrugada, volviendo a su casa acompañada por Rebocato, le comentó su extrañeza a causa de que aquí en España, por las noches, se podía pasear tranquilamente por las calles sin que nadie te atracara. Unos cuatro años después, y ya en plena Transición política nuestra, Rebocato recordó lo que le comentó, aquella noche ya tan lejana, Alice sobre la delincuencia. Estaba él una noche en pleno Madrid de los Austrias con cuatro amigos de parranda, todos ya con cinco o seis cubatas por cabeza trasegados al coleto de cada cual, y aparecieron tres chicas hablando inglés, una de ellas con un plano del centro de Madrid en mano. Se dirigieron a Rebocato y la del mapa le indagó sobre la ubicación de una calle cercana que no daban con ella. Rebocato con su precario inglés aunque suficiente para defenderse ('Ailoviu', fuking, fuking….etc.) que aprendió en COU, trataba de orientarlas. De pronto entró en escena el amigo de Rebocato de instinto pendenciero “pegayankees”, arrampló con el plano y salió corriendo a la tasca más cercana al grito de: “El último paga”. Mientras otro de los amigos les cantaba a las americanas: “Yankees go home”. 
   La del mapa –ya desposeída de él– al oírlo dijo que eran inglesas, no americanas, entonces Rebocato apuntó: “Pues lo estás arreglando, maja”. Las chicas se largaron y Rebocato les conminó a que esperasen, acto seguido entró en el bar y le quitó el mapa a su amigo el pendenciero, salió corriendo del bar y alcanzándolas se lo entregó a las hijas de la Pérfida Albión o de la Gran Bretaña, a elegir.
       Cierto día Alice les preguntó a Rebocato y al amigo de este que salía con la amiga de aquella, que si habían visto actuar a Paco de Lucia. Los dos se quedaron atónitos y mirándose como preguntándose: ¿Pero que dice esta tía?. Al final el amigo suelta: “Aquí al único Paco famoso que conocemos es al Caudillo”. Las dos americanas se sonrieron, como diciendo en nuestro argot: “Menudo par de dos que nos hemos mercado”. Otra vez el nivel cultural patrio por los suelos. Por aquel entonces Paco de Lucia ya había sacado al mercado varios discos, incluso el de “Fuente y Caudal” (1973) que fue el que le facilitó el salto a la popularidad y dio pie a un nuevo ciclo en su carrera.
      Rebocato se quedó con la copla del tal Paco (el guitarrista, no el golpista) y al año siguiente en 1975, ya hasta en las máquinas de los bares donde se seleccionaban, previo ingreso de monedas, los discos singles, aparecía alguna canción del disco “Fuente y caudal”, sobre todo la de “Entre dos aguas”.
     Pero nuestro amigo, a pesar de seleccionar muchas veces en los bares la canción de marras e incluso llegar a comprar en el Drugstore de la calle madrileña de Fuencarral el LP en vinilo de “Fuente y Caudal” y años después en “Compact Disc” (disco compacto para los no bilingües), ya siempre relacionaría al gran Paco de Lucia como el causante indirecto de provocar otra situación de vergüenza, cuasi nacional, ocasionada en este caso, por dos jóvenes americanas de Dallas, y sufrida, en vivo y en directo, por dos españolitos de a pie.
   Una tarde, estando Alice en la discoteca Cerebro de Magallanes en compañía de Rebocato, y después de dar unos tientos a las copas le confesó lo que le ocurrió una noche, unos meses ante de conocerle a él,  con dos descerebrados. Intimó con uno de ellos en una discoteca y al acabar la sesión él se ofreció con otro amigo de acercarla a la casa de ella en coche. Alice accedió se subió al coche con ellos y la llevaron a un barrio de las afueras donde dentro del coche la violaron. Después la abandonaron y le dijeron que no comentara nada ya que ellos eran de la Organización (en aquellos años aún, en los medios de comunicación social, aún no se la definía como Banda)  Terrorista ETA y caso de denunciarles la matarían.
      Ella se creyó de verdad que eran terroristas y no denunció la agresión. Sin embargo, si que se lo comunicó a su madre, vía telefónica, y esta le dijo que se volviera a USA, pero Alice hizo caso omiso y continuó en España. Su padre cuando recibió la noticia de la agresión rompió a llorar, según le había comentado su madre después a Alice.
    Pues a pesar de esta dura experiencia vivida, aún mantenía su extrañeza por la seguridad imperante en las calles y, lo mas chocante para ella, sobre todo de madrugada.

REBOCATO
    Rebocato en aquel tiempo ya había finalizado los estudios de Maestría Industrial y se encontraba cursando COU en régimen nocturno con el fin de prepararse, sobre todo, en Química Superior en vistas de, al curso siguiente, comenzar Ingeniería Técnica, que se implantaría por primera vez en su centro de estudios, donde ya llevaba 7 años aguantando el tipo y los cuatro primeros de ellos cantando los lunes el "Cara al sol" en perfecta formación de prietas las filas, recias marciales, etc. (aunque esta era otra canción).
     Por el día mataba el tiempo trabajando en mantenimiento y averías en una empresa de aparatos elevadores con una ruta asignada en un tramo del Paseo de la Castellana madrileña. Tenía el cuartel general,  para cambiarse a diario de ropa de paisano con la del trabajo y viceversa,  en el edificio de IBM (Paseo de la Castellana esquina a calle Hermosilla) y laboraba junto a un compañero oficial de 1ª. Rebocato ejercía de ayudante con categoría de oficial de 3º recién estrenada (que conste que el ascenso otorgado a los seis meses del ingreso en la compañía fue por méritos propios y no a causa de ligar con la americana). Ambos atendían a sedes bancarias y edificios oficiales varios, en el tramo comprendido desde la Plaza de Colón hasta el Museo de Escultura al Aire Libre de la Castellana y algunos trechos de calles adyacentes de la zona derecha (recordar que estaban en “La Zona Nacional”) subiendo Castellana arriba.
      Estaban laborando en el Barrio de Salamanca donde veía Rebocato a los niños peras (luego pijos) de Serrano y empezó a imitarles en el vestir, llegando a confundirse con ellos cuando iba a bailar a discotecas de dicho barrio ya sin el mono de dos piezas para vestirse con sus ropas de paisano, a saber: pantalones “Levis Strauss”, polos, camisas y jerseys “Fred Perry”, zapatos castellanos, etc., además usaba colonia marca Víctor (Silvestre o Acqua Di Selva).
    Rebocato los domingos por la tarde iba a la discoteca Víctor que pertenecía al hotel Sanvy de la calle Hermosilla y estaba ubicada en el pasadizo comercial que unía dicha calle con la plaza de Colón.   
    Un domingo, en dicha discoteca, ligó con una chica y al martes siguiente Rebocato entró, portando la maleta de herramientas, con su compañero de trabajo, en la sede central del entonces Banesto (Banco Español de Crédito) que estaba, cruzando la Castellana,  enfrente del edificio de IBM. Saludaron al ordenanza de la entrada y esperaron a los ascensores para subir a la sala de máquinas que estaba ubicada en el terrado del edificio, con el fin de llevar a cabo el mantenimiento. En la última planta estaban los despachos de la Junta Directiva  del banco de marras (Presidente, consejeros, etc.) y, además, las mensajeras que eran chicas jóvenes, pero solo las más guapas estaban destinadas en esa planta, las menos  agraciadas pululaban por el resto de las plantas (una casualidad al sentir de Rebocato, o... ¿es bueno ser alto directivo bancario?). Por dicha planta pululaba, también, un gigantón falangista pistolón al cinto, camuflado con un levitón gris, que hacía las funciones de guardaespaldas y que siempre revisaba la maleta de herramientas que portaba Rebocato. Una vez en la planta noble al salir del ascensor nuestro amigo se encontró con una de las mensajeras de dicha planta, la cual le suelta: “Yo a ti te conozco”. Rebocato se quedó de piedra al ver que la chica era la misma con la que había ligado el domingo anterior en Víctor.
    Ël, la tarde del flirteo, le dijo a la chica que era estudiante, lo cual era cierto, pero se calló lo del trabajo y allí estaba delante de ella, maleta en mano, con pantalón vaquero y la chaqueta del mono y con el pavo subiéndosele a la cara, y a duras penas, llegó a balbucear: “Yo a ti también”.
     Pero esa ya es otra historia que se relatará en otra ocasión si procede. Retornemos a la americana.
    El desasosiego de Rebocato era que, como Alice tenia su residencia en la calle Blanca de Navarra –relativamente cerca de la Castellana–, le pillara, con ropa de trabajo y cartera de herramientas en mano, pululando Castellana arriba, Castellana abajo manteniendo y arreglando ascensores. Hoy en día, aún, no se explica, o quizás si, el porqué de esa aprensión.
     Alice, como hemos dicho, residía en una residencia en la calle Blanca de Navarra cerca de calle Genova –archiconocida, hoy en día, por plantar en esta calle la sede los de la gaviota azul– y de la Plaza de Colón. La residencia consistía en dos grandes pisos, sitos en el rellano de la 3º planta del edificio de una comunidad de vecinos de alto standing.
     Las habitaciones de la residencia eran individuales para señoritas extranjeras, con zonas de uso común como los baños, la cocina y el salón.
      Rebocato  barruntaba que a la portera de la finca no le hacía mucha gracia el que, él, accediera con Alice a la morada de esta con el fin de tratar de ponerse morado. Una noche se quedaron (Alice y Rebocato) en el portal pelando la pava, ella tenia que madrugar –se iba el fin de semana a ver las catedrales por lo tanto Rebocato no subió a la residencia–. Rebocato llevaba un chubasquero tipo canguro (por aquel tiempo empezaron a estar de moda) y ya metidos en faena, el chubasquero hacia ruido por el frotamiento; estando en esos bretes y con el portal a oscuras, de repente salió del chiscón, ubicado al lado del ascensor, la vieja de la portera, para sorpresa de nuestra pareja de tortolitos, que no se explicaba que coños hacia la mujer metida allí a esas horas, que sería la una de la madrugada al menos, y les metió un rapapolvo de padre y muy señor mío: "que si aquella era una casa decente, que en su portal no se hacían esas cosas..." y otras lindezas por el estilo. Sinrazones, por que ya les había visto subir juntos alguna que otra noche a la vivienda de ella, pero el fin, la portera trataba de mantener las apariencias y la decencia en el portal y escalera, su territorio.
    Rebocato, que iba un tanto mamado (de jarro, no de lo otro, y la americana no le iba a la zaga a causa de los ya conocidos combinados de Tía María con vodka, mezclados con cubatas, vía bucal mutuos) en vez de mandarla a paseo, por educación, trató de escabullirse pero la americana de América le sujetó y volvió a besarle a forma de despedida, quedándose la vieja allí delante rezongando y gesticulando. Después, la americana salió con Rebocato a la calle y le dijo que porqué había tratado de irse al salir la portera de su garita, que no estaban haciendo nada ilegal. Rebocato tiempo después comprendió la postura de la americana, pero esa noche ante el sermón recibido, hizo mutis por el foro y se largó a su casa, pensando: a esta mañana me la ponen de patitas en la calle. Alice se metió de nuevo al portal, pero la bruja de la portera había desaparecido dentro del chiscón, posiblemente esa noche alegó jaqueca ante el portero, de ahí las horas extras de vigilia.
     En octubre se fueron las dos americanas a Irlanda durante una semana y a la vuelta les trajeron a sus españolitos unos anillos de plata, el de Rebocato estaba formado por dos espirales juntas en la parte de arriba y su americana le dijo que representaba al amor. Dicho anillo le venia a Rebocato un poco holgado en el dedo corazón de la mano derecha y a causa de ello en un verano lo perdió dos veces: una de ellas en una piscina pública en el pueblo de al lado de nuestro pueblo castellanoviejo. No obstante, buceando, el octavo hermano de Rebocato consiguió rescatarlo del fondo de las aguas cloradas y, posiblemente, con algún porcentaje de orina. La segunda vez no hubo tanta suerte, fue en las fiestas patronales agosteras del mismo pueblo vecino y el suceso fue así:
    Estando nuestro amigo sentado una mañana en las gradas de la parte de arriba arriba de la plaza portátil de toros, sin haberse acostado, un tanto achispado y con sueño al haber estado toda la tarde noche de jarana, se le cayo el anillo entre las tablas cayendo hasta el nivel del suelo debajo de las gradas. Cuando bajó para recobrarlo no consiguió dar con él, bien porque se quedo enterrado en la arena, bien porque se lo llevara alguien antes de que él bajara a recuperarlo.
    Treinta y ocho años después  Rebocato visitó las Irlandas y aunque se fijó en alguna tienda no consiguió ver un anillo similar, debieron de romper el molde después de comprarlo Alice.
    Y, como todo tiene su fin, llegó el día de la despedida por el regreso de Alice a su Texas natal, Rebocato le dijo: “¿Y ahora qué?". Ella sonriendo, con su cara de chiquilla y su cuerpo de mujer contesto: “Todo los momentos vividos son para añadirlos a la experiencia de la vida”. Rebocato en ese instante se acordó de uno de los curas salesianos que les dio clase de religión a su grupo, cuando un día les dijo: “Las mujeres son como las chaquetas hay que ir probando hasta encontrar la que te cae bien”.
      Pero la cosa no quedó ahí. Aquel salesiano era uno de los encargados de la disciplina de la Institución Sindical Virgen de la Paloma, donde cursaba estudios Rebocato y un día les dijo a los integrantes de su clase que mirándolos a la cara llegaba a deducir si uno se masturbaba en demasía o no. Y el salesiano llevó a cabo el muestreo, pasó mesa por mesa escrutando los rostros de los alumnos en busca del grado de onanismo de cada cual y diciendo con voz firme y alta: "Tú mucho". "Tú poco". "Tú nada".
        Como decía el otro: “Increíble pero cierto”
     Hubo, posteriormente, durante un corto periodo de tiempo, algún que otro intercambio de cartas entre la americana y Rebocato, aunque, este se quedó esperando lo que le prometió “su” americana, el que le enviaría alguna de las fotos que se hicieron los cuatro por el centro de Madrid. Nunca llegaron a mano de Rebocato.
      Si alguien va por Dallas que mire en exposiciones de fotos antiguas para ver si están por allí expuestas.

PD.- “Cuando era joven la vida era condenadamente maravillosa”. Como reza la canción “The logical sound” de Supertramp. Una canción para definir lo que es en realidad el sentido de la vida.           



          HistoriasdeRebocato@Octubre-2015